Edgar Brau
DONALD YATES, EL AMIGO INTERIOR
INTRODUCCIÓN
Estos diálogos, que para la ocasión decidí titular Donald Yates, El amigo interior, pertenecen a la séptima conversación del segundo volumen de una obra titulada De lo que dura a lo que pasa, cuya primera parte, consistente en ocho conversaciones con Martina Rolandi Ricci, fue completada en el año 2014. Este segundo volumen fue comenzado en diciembre de ese año e interrumpido, sin razones específicas y hasta sin intenciones precisas de reanudarlo, en junio de 2015, cuando promediaba la séptima conversación. La muerte de Donald Yates, traductor de algunas de mis obras y amigo, y la iniciativa del departamento de Español de la Michigan University (donde él fue director en la década de 1970) de ofrecerle un homenaje mediante la edición de un libro con colaboraciones de aquellos que tuvieron con él algún contacto tanto profesional como humano, me decidieron, sin embargo, a completar aquella inconclusa séptima conversación y a hacerlo bajo la forma de una evocación del gran traductor. Una evocación parcial, lógicamente, como son todas las evocaciones individuales, pero que contribuirá, seguramente, en unión con otras semejantes, a reflejar una porción considerable de la condición humana e intelectual de nuestro amigo.
Confío, asimismo, y ya en un aspecto más personal, en que “trabajos y días” futuros me permitirán recrear y ofrecer —ofrecerme— muchos otros aspectos de esa rica historia surgida y acumulada en más de diez años de amistad y trabajos literarios conjuntos. Y que esa rememoración estará asistida y, por así decir, ampliada a través de algo como un diálogo con el amigo que partió, pues la muerte, según informó un hombre sabio, no nos quita a un ser querido, sino que lo deposita inmensamente en nuestro interior.
E.B., Buenos Aires, 21 de enero de 2018

(Imagen publicada por E. B. en Instagram al cumplirse el sexto aniversario de la muerte de Donald Yates (1930-2017) — Photo Delia Viader — Background music: “Woodstock Boogie” by Canned Heat)
Martina Rolandi Ricci: Bien, mi estimado Edgar Brau, esta vez la interrupción de nuestras conversaciones fue mucho más extensa que las dos anteriores, ocurrida la primera de ellas al morir su madre, en el 2007, y la segunda al morir su gata Genara, en febrero del 2015. Dos años y medio, exactamente, duró en esta ocasión el impasse.
Edgar Brau: Y sin morir nadie.
MRR: Y sin morir nadie… Pero luego, de pronto, alguien muere y se produce lo opuesto: usted decide continuar.
EB: Al menos hasta completar esta séptima conversación. Después se verá. Ah, y antes de que me olvide: le agradezco mucho su generosa disposición para acompañarme en esta reanudación.
Pero sí; quiero continuar. Y decirle ya de entrada que me parece lógico que el estímulo para esto provenga de una muerte tan lamentable. Que sea esta desaparición aquello que me obligue a abandonar la comodidad del silencio. Porque en vida él era así: un instigador del hacer, de lo creativo. Alguien que irradiaba en derredor unos impulsos vitales que iban a nutrir en quienes eran alcanzados la voluntad de existir y la de realizar. Para quienes lo conocimos, y tuviéramos o no actividades literarias, él era una especie de sol fecundante… Y mire, se me ocurre ahora, que acabo de usar esta imagen, que él en realidad no ha muerto, sino que tal como hace cada día el buen sol, solamente se ha puesto; lo de muerto es un error debido a un decaimiento de nuestro ánimo; una mera apariencia. Por supuesto: tendremos que aprender y acostumbrarnos luego a atravesar esa apariencia cada vez que en nuestro pensamiento aparezcan su nombre o su figura.
MRR: Me consta, de hecho, que usted se resiste, o se resistía, a usar la palabra muerte asociada con él.
EB: Me resistía y me sigo resistiendo. Si aquí la usamos será apenas con fines literarios, utilitarios. Pero en cuanto al fondo, a lo verdadero, quizá nunca me resigne a juntar el nombre Donald Yates con esa palabra. Y créame que no se trata de un intento de disfrazar la realidad ni de exageraciones o sentimentalismos… latinos.
MRR: Pienso que basándome en lo que de manera previa hemos conversado al respecto, puedo entender muy bien su posición. Y su necesidad de evocar a su traductor y amigo.
EB: Necesidad, gusto… Acto de justicia, en realidad. Modesto, pero acto de justicia al fin.
MRR: Que comenzó con ese acorde exaltador y expresivo acerca de soles que solamente se esconden y de la apariencia que en el fondo es…
EB: Discúlpeme… ¿Notó la aliteración que acaba de hacer; ese como un ligero crepitar de fuegos en el “soles que solamente se esconden”?… Lo menciono porque Donald tenía la costumbre de mostrarme tal o cual página de alguno de mis libros para preguntarme, con su acento tan simpático, si la aliteración que aparecía allí había sido escrita de manera consciente o casual. “¿Te fijaste en esto, che? ¿Lo hiciste a propósito?” Por supuesto, la mayor parte de las veces se trataba de algo fortuito e incluso de algo en lo que yo no había reparado. Bueno, quería rescatar ese hábito de él. Continúe, por favor.
MRR: Sí. Iba a comentar, tomándome de lo que dijo usted acerca de que habrá que aprender a atravesar esa apariencia en que consiste la desaparición del profesor Yates, que a usted le llevó cierto tiempo ese aprendizaje, si es que lo completó, claro.
EB: En eso estoy, en eso estoy… Al principio ¿sabe? no se trató para mí de ninguna apariencia, sino más bien de algo muy concreto y cuyos efectos fueron acrecentados por lo inesperado del hecho. En esos casos (al menos a mí me sucede), y luego de asimilar la novedad, suele apoderarse de nosotros un vacío que es a un tiempo un malestar, como si algo penetrara en nuestro interior para fortalecer todo aquello con que perdemos el gusto de ciertas zonas de la vida. Por lo general, suele ser un proceso fulminante: la imagen del muerto adelantándose, entre ráfagas más o menos imprecisas de su voz, hasta llenar el ángulo de visión, una imagen sobre la cual y con el mismo vértigo vienen enseguida a integrarse otras imágenes, de las que podemos o no ser partícipes. Después, cuando vemos ya sin ver, cuando penetramos como soñando en esa imagen hecha de los manchones de días pasados, los bordes comienzan a enturbiarse y a exhibir la tumefacción de los papeles humedecidos. Entonces suele ocurrir que recibamos el primer golpe de congoja, limpio, despojado, sin imágenes, algo que nos aturde un poco y que al cabo de cierto tiempo empieza a repetirse, pero ahora entregándonos cada vez unas imágenes más nítidas: los momentos luminosos y compartidos, que, sin embargo, aun cuando evoquen circunstancias dichosas, acrecientan también aquella congoja con la evidencia de su condición de irrepetibles. Nada será ya como fue entonces (y, dicho sea de paso, usted sabe que para mí el “Nunca más” aplicado a algo es el otro nombre del infierno), nada será ya como fue entonces, y no solamente ello, sino que también el hecho de acercarse, de transitar por lugares compartidos con el que se marchó dejará en nuestro ánimo un regusto de cenizas. Fíjese que ya al rato de enterarme de la partida de Donald, imaginar solamente en pisar de nuevo los Estados Unidos me parecía algo carente de sentido. Y no hablo de lugares donde había estado con él, sino de cualquier lugar, en el Este o en el Sur; o donde fuera.
MRR: Algo que, más allá de cuál sea el tipo de sensibilidad que produce en usted ese sentimiento, habla de un cierto carisma por parte de él.
EB: Absolutamente. Era un hombre carismático. Esto comencé a percibirlo ya en nuestros primeros intercambios de cartas, allá por 1993. Como le dije en una conversación anterior, en ese tiempo, al enviarle mi primer libro por consejo del doctor Juan-Jacobo Bajarlía, yo no tenía ningún conocimiento acerca de él. Sin embargo, en su modo de escribir —y no era precisamente un derrochador de palabras— se advertía la presencia de una fuerza interior, de un como vigor existencial, y a partir de eso era quizá posible suponer al hombre real. De hecho, cuando lo vi por primera vez cara a cara, resultó muy parecido a lo que yo había imaginado.
MRR: Bueno, un primer encuentro predestinado y curioso, por cuanto después de un cierto intercambio de correspondencia, usted se topa con él sin tener idea de quién era.
EB: Así fue. En octubre del 95, en la librería anticuaria que yo acababa de abrir en la calle Paraná casi esquina Marcelo T. de Alvear. Como a las… Pero, ¿por qué no transcribimos el relato de ese encuentro y de sus preliminares, que aparece en la primera conversación de esta segunda parte? No es muy extenso, y además quien lea esta séptima conversación no necesariamente leerá la primera.
MRR: Me parece una buena idea. Lo transcribimos entonces.
—”MRR: Y con Donald Yates, ¿cómo fue el contacto?
EB: A través del doctor Bajarlía. Yo sabía que Yates había sido el primero en traducir y editar en inglés a Borges (el famoso Labyrinths, en 1962), y que sus traducciones sobrepasaban en calidad a las del más conocido y un tanto charlatán Thomas Di Giovanni, pero eso era todo; ni siquiera sabía si estaba vivo o dónde vivía. Entonces, meses después de la publicación de mi libro, el doctor Bajarlía me dijo que tenía que enviarle a Yates una antología de cuentos policiales que este le había pedido, y que si yo quería podía agregar un ejemplar de mi obra en el envío; que acaso a Yates le interesaría echarle un vistazo. Agregué el ejemplar, despaché la encomienda, y algo como un mes después recibí una carta de Yates, en la que me decía que le había gustado mi libro y que pensaba, si yo no me oponía, traducir algunos de los cuentos. Por supuesto, no me opuse.
MRR: Sin embargo, no todo fluyó, por decirlo así, con respecto al profesor Yates.
EB: Sí, aquello fue en junio del 93. En agosto él estuvo en Buenos Aires pero nos desencontramos. Después, una agenda bastante densa por su parte (que incluía un viaje de él y su esposa Joanne al Uruguay) hizo imposible un nuevo encuentro. En noviembre de ese año cerré la librería, Cuartito Azul, que estaba en la calle Boulogne-sur-Mer entre Corrientes y Lavalle, y me instalé en Mar del Plata para escribir la novela El comediante. En marzo del 94 volví a abrirla, ahora en Marcelo T. de Alvear y Pueyrredón. Nuevamente por esa “delicadeza” rimbaudiana que mencionamos antes, no le informé a Yates de esa mudanza, de modo que el resto de ese año y parte del siguiente estuvimos incomunicados. A mediados del 95, harto del ruido de autos y de buses y de la poca predisposición para la lectura que tenían las almas que circulaban por esa zona, mudé la librería a la calle Paraná al 1000, y pensando en que acaso él se habría olvidado del asunto, no le escribí para darle mis nuevas señas. Pero una tarde, más o menos en octubre de ese año, entró en la librería un hombre con aspecto de extranjero. Buscó entre los libros policiales, y cuando después me habló y percibí su acento le pregunté de dónde era. “De Estados Unidos”, me respondió. ¿”De qué parte?” “De California” “¿Norte, Sur?” “Norte.” “¿Cuál es su nombre?” “Donald Yates.”
MRR: ¿Él sabía que usted estaba ahí?
EB: No, en absoluto. Fue una casualidad total; y afortunada, dado que tampoco se trataba de un punto muy céntrico. Por desgracia, él regresaba esa misma noche a los Estados Unidos, de modo que apenas pudimos hablar. Pero ahora sí el vínculo quedaba restaurado. Y por obra del azar, es decir, del modo más desinteresado.”—
Hasta aquí su relato.
EB: Ay, cuántos recuerdos vuelven a colorearse… Fueron días dichosos esos días… y no solamente por estar a veinte años de distancia… No, en serio, lo fueron. Pero bueno, hablábamos del carisma de Donald. Como le dije, resultó tener una apariencia cercana a la que yo había imaginado. Se mostraba vigoroso y colmado de esa dinámica optimista y llana que solemos asociar con el hombre americano, al menos el de cierta edad, ese tipo de hombre que aprendió ya de niño que la vida es lucha y lo aceptó sin ningún psicólogo de por medio. Y tenía, al mismo tiempo, un dejo de gravedad que un momento después, si estábamos atentos, descubríamos que era en realidad una cierta clase de melancolía, algo que podía incluso llegar a la tristeza. Y creo, porque lo analicé después muchas veces, que se trataba de esa clase de tristeza que acompaña a una persona desde el momento de nacer, o casi, y que por lo mismo, por esa constancia, por esa persistencia inamovible, acaba por adquirir una cualidad de discreción que puede a veces confundir, ya que en realidad apenas si aparece en una mirada casual o en esos silencios que continúan a una escena en que hemos reído. Hay por ahí una foto de él en la que está de perfil junto a Borges, una foto de los setenta, creo, en blanco y negro, donde puede observarse muy bien esto que estoy diciendo. Bueno, la vamos a buscar en Internet, para que usted pueda verla… Sí, aquí está. Mire qué joven era.

MRR: Hmmm… Es cierto que además de una inteligencia alerta y mucho vigor, transmite también algo de melancólía. ¿Habló con él alguna vez de este tema?
EB: No, no; nunca. Él jamás hablaba de sí mismo. Creo que nunca lo oí decir “yo”, me refiero para algo relacionado con cuestiones personales. Tenía al respecto mucha de la famosa parquedad British, si bien, y por suerte, era una parquedad que no estaba adornada con ningún rasgo de ese puritanismo “soviético” que tanto abunda en las tierras americanas. Su estilo era observar, escuchar, apenas preguntar, dejar caer de vez en cuando un comentario gracioso o irónico. Y era alguien para quien la palabra “estilo” todavía significaba algo. Por supuesto, hoy me arrepiento de no haber intentado penetrar un poco más en su territorio interior, algo que me hubiera costado bien poco —hablo del intento—, ya que soy muy curioso. Pero no lo hice. Mire: en ese posponer cosas que nos acompaña a todos los humanos (“La vida se nos pasa posponiéndola”, decía Séneca), figuraba en primer lugar el deseo de emprender alguna vez un viajecito a la casa de él para hacerle una entrevista filmada, algo que increíblemente nadie hizo. Pero en fin; ya está, “ya fue”, como dicen los chicos aquí. Al infierno del “Nunca más” mi deseo. Quizá me engañó el suponerlo casi eterno; él siempre estaba ahí para responder el teléfono. Eso y, como dije, su nula predisposición para ocuparse de sí mismo.
MRR: Una vez usted me habló con asombro del desinterés que él demostraba por todo aquello que pudiera estar asociado con algún tipo de promoción.
EB: Sí, sí. Y hablamos de la promoción normal de un trabajo o de un logro, eh, no de los —vayamos un poco lejos y alto— legendarios malabarismos autopromocionales de un Proust o un Joyce — que, digamos de pasada, nada importan comparados con la obra que tratan de dar a conocer. No todos tienen a su alcance recursos de publicidad semejantes a los que en Estados Unidos, por ejemplo, dispone cualquier autor americano de segundo o tercer orden (que hoy en día son en realidad los de primer orden). Si además de pagar cien cenas en el Ritz a críticos y periodistas y hacerles también costosos regalos, Proust, necesitando todavía algo más para dar a conocer su obra, hubiera salido cada tarde por Champs-Élysées montado en un elefante y agitando alocadamente ejemplares de sus libros, ¿cuál hubiese sido el problema? De hecho, se habría tratado de un favor a la humanidad. Lo mismo Joyce; y Dostoievski; y tantos. Es decir (aclaremos para evitar esas contradicciones ocultas que acechan todo el tiempo), que en este asunto podemos admirar la austeridad sin necesidad de condenar lo opuesto. Lo que cuenta, siempre (al menos en materia literaria), es aquello que se promociona, no el estilo de la promoción.
Pero volviendo a Donald y su estilo, él no solamente nunca se hubiera puesto en puntas de pie para sobresalir en una foto, sino que ni siquiera mostraba mucho interés en volverse hacia la cámara. En un par de ocasiones le sugerí que creara una fundación, ahí en su casa de Saint Helena, para que los estudiantes de literatura hispanoamericana (la universidad de Davis está a 40 minutos; Berkeley a 50; Sacramento y Stanford un poco más pero continúa siendo cerca) pudieran consultar su muy completa biblioteca, los originales, la correspondencia con escritores. Nunca lo hizo. Como una gentileza hacia mis buenas intenciones me dijo que lo iba a pensar. Pero creo que enseguida “pasó a otra cosa”.
MRR: Una pena, sobre todo porque además de ese material tan valioso, él estaba ahí.
EB: Un hecho que, bien mirado y bien pensado, convertía su casa en una universidad.
MRR:Ahora recuerdo que en sus diarios, al comentar el abandono prematuro de la enseñanza por parte de él, usted escribió que cuando profesores de ese tipo se retiran, y por más que los ladrillos permanezcan en su lugar, de algún modo se llevan la universidad con ellos.
EB: Sigo pensando lo mismo. La universidad son los profesores. Algunos, claro.
MRR: También escribió usted que un profesor no es más que un alumno de cierta edad.
EB: Bueno… qué mala se vino hoy; recordar esa frase aquí y ahora… Pero sí, no me desdigo. Porque eso nada cambia, en realidad. Simplemente habría que decir entonces que la universidad son los buenos alumnos que arribaron a cierta edad.
MRR: Muy bien; lo haremos cuando alguien pida precisiones. Ahora, y aunque sé que usted está ya preparado para hablar del Yates traductor, sigamos todavía un poco con la cronología. Habíamos llegado a octubre del año 1995, cuando se produjo aquel encuentro fortuito entre ustedes.
EB: Eso restableció nuestra relación. Pude enviarle mi novela El comediante, que publiqué en noviembre de ese año, en diciembre él me contestó, y desde entonces nuestro intercambio de cartas se volvió regular. Durante el 96 y el 97 tradujo algunos de mis cuentos pertenecientes a mi primer libro, y también La siesta y El perro de Bárcena, que yo acababa de escribir y que se publicarían en el 98, juntamente con Nuestra Señora del Abasto, en mi libro Tres cuentos. En noviembre de ese año 98 él viajó a Buenos Aires con su esposa Joanne (una mujer absolutamente querible) invitado por la Fundación Borges. Durante su estadía me visitó varias veces en la librería, ahí en la calle Paraná, aunque enseguida nos trasladábamos a la confitería que está en la esquina, para que los encuentros tuvieran esa característica tan de Buenos Aires: café y mucha charla.
MRR: Sobre eso él contaba, sorprendido, que al preguntarle a usted si no era una mala idea cerrar la librería, ya que podrían perderse ventas, usted le respondió que era lo mismo que el local estuviera abierto o cerrado.
EB: Sí, mi respuesta le causó mucha gracia; creo que la reprodujo en la introducción que escribió para Casablanca and Other Stories. Y no estaba muy alejada de la verdad. Pero esa es otra historia. Lo importante era que podíamos estar cara a cara por bastante tiempo para conocernos mejor, repasar las traducciones que me había enviado antes por correo, hablar de proyectos futuros. Pude también entregarle un ejemplar de mi novela El último Viaje del capitán Lemuel Gulliver, que acababa de editar y que él ya conocía, porque meses antes, al terminar yo de escribirla, me había pedido que le enviara una copia del texto.
MRR: Que juzgó…
EB: Que juzgó, como usted sabe… demasiado “short”. Mire: le debo algunas cosas a Donald, pero esta, el hecho de que me haya dicho que la novela, más allá de los aciertos que presentaba, le parecía muy breve, es una de mis mayores deudas, ya que de no haber sido así yo no la hubiera reescrito y hoy no existiría El oficio de Gulliver, que me parece mi trabajo más importante. (Mirando hacia arriba) Gracias, Donald.
MRR: Sé también que al principio usted no coincidía con él.
EB: Antes del principio… quiero decir antes de que él me diera esa opinión. Después sí, ya que de hecho agregué un nuevo capítulo antes de editar el libro. Creo que esto lo conformó a medias. Nunca me dijo nada, sin embargo, y hasta incluyó la novela (el Gulliver redux, como lo llamaba) entre las obras a traducir cuando en el 2000 The National Endowment for the Arts le dio la beca. Pero después, más o menos allá por noviembre o diciembre del 2002, en una escapada que nos hicimos con él y Joanne a la ciudad de Napa, me dijo que no iba a traducir el Gulliver. “Por ahora”, me aclaró. Yo lo miré y, sin hacer ningún comentario, asentí, “profusamente asentí”. Lo hice a pesar de que en ese entonces yo casi no pensaba ya en que la novela necesitara algún cambio, ser más extensa. Y digo “casi” por dos razones: por un lado, porque Donald había sido el único en decirme algo sobre eso de la brevedad, de modo que mi haraganería se sentía disculpada por la opinión restante, la del “mundo”; y por otro, porque esa opinión de él, si bien a veces se desvanecía, volvía siempre a reaparecer en mi conciencia; era, ese tema, toda una mala conciencia para mí. Pero no quiero extenderme en cuestiones personales: alrededor del 2012, por fin, resolví ampliar la novela (resultó en el agregado de unas doscientas páginas) y también cambiarle el título, titularlo El oficio de Gulliver (“oficio” para señalar el empedernido hábito de viajar y descubrir lugares insólitos del personaje). En el 2014 lo edité como e-book. (Mirando de nuevo hacia arriba) Once again, thank you Donald.
MRR: Esa visita de él a Buenos Aires en el 98 y principalmente la beca de la National Endowment for the Arts que recibió dos años después para traducir toda la obra en prosa de usted publicada hasta ese momento, fueron dos hechos muy importantes para la relación entre ambos, para el conocimiento mutuo.
EB: Tras la beca de la NEA él me invitó a viajar a Estados Unidos, a su casa en California, para trabajar en las traducciones y también para participar en el congreso anual de la American Literary Translators Association, que ese año 2000 se realizó en San Francisco. Fueron, como podrá imaginarse, unos días muy intensos y ricos (que por suerte pude más o menos fijar en un diario que escribí, el Pequeño diario americano), y sirvieron, como usted dice, para que al final y del brazo también nosotros pudiéramos decir “this is the beginning of a beautiful friendship”.
MRR: Antes dijo usted que al verlo a Yates por primera vez, le resultó bastante parecido al hombre que había imaginado a través de las cartas. Después de convivir con él, de trabajar codo a codo y, un detalle importante, en el territorio de él, ¿hubo algún cambio en su percepción de la persona?
EB: Hubo, más bien, confirmación y ampliación. Mire: tanto por medio de la correspondencia como de los días compartidos con él aquí en Buenos Aires, en el 98, yo tenía la imagen de alguien que representaba como pocos al hombre americano, quiero decir al hombre que para mí encarna lo americano, ya que no debe de haber algo más complicado e incluso ridículo que intentar definir qué o quién es lo americano a secas —intento que nos daría algo semejante al homúnculo de la alquimia, eh—. Me refiero a ese hombre que en mi caso —y puede ser el de cualquiera— se fue construyendo a través de películas, de pinturas, de libros, de música, de contactos personales, un hombre imaginario y de estructura vacilante, por supuesto, pero en cuya fachada, por decirlo así, sobresalen o destellan con una cierta regularidad tales o cuales atributos o características. En ese hombre para mí están los personajes de Griffith, de John Ford, de Orson Welles; están los hombres de Moby Dick y los de Leaves of Grass; están los de Poe y los de Hawthorne; están el dichoso habitante solitario de Walden y el desolado habitante solitario de un cuartucho de hotel retratado por Hopper; están Emerson y James, Faulkner y Steinbeck, T.S. Eliot y Frost y Cummings; están la música de Gershwin y la de Porter, la voz trascendida de Billy Holliday y la descendida (a sensuales suelos de Paraíso) de Lena Horne; están los mares celeste-pálido del Este y los muy azules del Oeste; las inmensidades desérticas y las arboladas; el rascacielos hierático y la choza bohemia con el saludo de su humo… Todo eso —y Shakespeare y Mozart y Miguel Ángel— está para mí en ese hombre americano (o al menos este evoca para mí todo ello), y, como es lógico,…
MRR: …estaba en el profesor Yates; o él lo evocaba.
EB: Sí; un poco más lo primero, me parece. De cualquier modo, en él, como quería decir, se confirmó y aun se amplió, con los aportes que se fueron incorporando durante nuestra convivencia, esa imagen que yo había construido basándome en detalles mayormente culturales. Lo sentí —esa confirmación, y se trató en verdad más de una sensación que de algo relacionado con el intelecto— lo sentí ya con mucha intensidad el día mismo en que llegué al aeropuerto de San Francisco, en octubre del 2000, y él me llevó a uno de los extremos del Golden Gate para que tuviera una vista general de la bahía. Entonces, frente a ese mar, frente al andamiaje coralino del puente, frente a la silueta blanco tiza de Alcatraz, tuve de repente la sensación de que ese hombre que estaba de pie junto a mí evocaba, encarnaba incluso, por qué no, dentro de lo humano-social, algo semejante a lo que ese paisaje encarnaba en relación con una geografía. Fue algo fulminante, como digo, que primero me estremeció y enseguida, sin transiciones, me confortó: alguien que en su esencia representaba a su tierra me recibía para, entre otras cosas, guiarme luego por esa tierra. Y por supuesto, se trató de una experiencia que después, como dije, con el tiempo y con el ver y el hacer, se ratificaría y hasta se acrecentaría.
MRR: Con el tiempo y con el ver y el hacer… Un hacer con mucha escritura, por supuesto.
EB: Con mucha escritura, es decir, traducciones y en distintos sitios, sobre todo en ese primer viaje. Fueron quince días que nos llevaron de San Francisco al Napa Valley, y desde allí al lago Tahoe, a Virginia City y a Reno, en Nevada; y días en los que de un modo u otro no dejamos de escribir la línea recomendada por el adagio, sobre todo Donald. Yo, como podrá suponer, estaba encantado de tener frente a mí al hombre que había traducido y editado por primera vez en inglés a Borges. Recuerdo que a pesar de lo excitante de algunos sitios o situaciones, me costaba mucho concentrarme o plegarme a cuestiones que no estuvieran relacionadas con el acto de traducir; sentía, confusamente, que en esos quince días debíamos, Donald debía, si no traducir todas las obras mías que se incluían en la beca de la NEA, al menos dejar aclarados hasta el extremo posible todos los fragmentos o detalles que pudieran inducir a algún error de interpretación. Él, por su parte, se mostraba relajado, y para mi asombro no me presentó la muy amplia lista de puntos a repasar que yo suponía; creo que todas sus consultas ocupaban un par de hojas, y estamos hablando de unos quince relatos (algunos extensos) y de dos novelas.
MRR: Evidentemente conocía como pocos el idioma español.
EB: El idioma español, el idioma argentino y el idioma… del escritor que traducía. Mire, refiriéndose a Shakespeare y sus traductores, decía Alfred de Vigny que no era suficiente conocer el inglés, sino que era necesario conocer también el Shakespeare, pues se trataba de otra lengua. Donald, puedo afirmarlo, por genio y capacidad de empatía (y salvando, lógicamente, las distancias entre El Cisne de Avon y estos autores) conocía perfectamente el Borges, el Bioy Casares, el… Creo que además de ese talento, de su oído, etc., lo ayudó el hecho de haber viajado muchas veces a la Argentina, a Buenos Aires, y de haberse quedado por un tiempo prolongado cada vez. Los “armónicos” internos que presenta un idioma, esa resonancia musical que se amplifica hacia nuestro interior y nos produce un goce físico cuando escuchamos una frase lograda, ese fenómeno en el que, por decirlo así, cada palabra nos confía su cosmos primigenio, eso solo puede captarlo quien desde niño habla y “vive” un idioma; o personas con disposiciones especiales (saludemos de pasada a Conrad) a quienes les basta con frecuentar una lengua por un tiempo determinado. Donald, claro, según ya lo dije, tenía esa disposición especial, y a ello le agregó sus numerosos viajes de… ¿conquistador lingüístico, lo llamamos cariñosamente? Por eso, entonces, podía captar y recrear luego de manera magnífica no solamente el español general sino también aquellos distintos “el”.
En cuanto al inglés…
MRR: Se lo iba a mencionar.
EB: Sí. Su inglés era magistral, con un registro amplísimo y un algo de regio en sus pormenores. Curiosamente, me parece que esto no resalta de modo suficiente en sus traducciones de Borges, ya que el fraseo de este, un fraseo “a la inglesa”, de alguna manera lo impele a una traducción bastante literal; de un modo quizá injusto, luce más el idioma inglés que el traductor. Pero en los textos donde los bordes no están tan demarcados (y usted lo sabe mejor que yo por cuanto tiene un conocimiento profundo de ese idioma), donde no hay sendas muy precisas ni curvas demasiado dibujadas, las versiones de Donald “vuelan”, por decirlo así, ascienden y se mantienen en las alturas con el planeo majestuoso de esos artísticos barriletes chinos.
MRR: Son insuperables.
EB: Insuperables, esa es la palabra.
MRR: Y bellas, podría decirse, con ese ánimo de definición simple pero profundo con que nos referimos a algún fenómeno natural, si esta palabra no estuviera tan desgastada.
EB: Está desgastada, sí, pero si recordamos la estética de Schiller, el poeta y dramaturgo amigo de Goethe que en este tema, el de la estética, sobrepasó a Kant, podemos usarla y hasta abusar de ella. Porque para Schiller bello (lo bello objetivo) es todo aquello que conserva su libertad. En su mundo estético todo lo que participa tiene iguales derechos, el artista debe unir sus intenciones con el sentido propio de la materia que trata, hasta ver surgir un tercer elemento, el hecho artístico, que será bello en tanto se perciba libertad en su aparición. Bien: las traducciones de Donald tienen esta libertad en su aparición, y la tienen porque no aplicó ninguna coacción al original, este en ningún momento perdió sus derechos, y a partir de ello, a partir de esa libertad no coartada, se originó una tercera y triunfante libertad, la de la traducción. Por eso, entonces, para alabar su trabajo podemos desechar cualquier palabra grandilocuente y simplemente decir, como proponía usted, que se trata de algo bello. Porque diciendo esto estaremos diciendo mucho.
MRR: Mucho, sí.
EB: Aun así, quisiera agregar un cumplido más personal. Siempre me gustó imaginar que cuando alguien escribe un texto literario, ya sea prosa o poesía, en ese mismo instante ese texto se escribe por sí mismo, a modo de unas sombras muy tenues, en todos los idiomas existentes; y que las traducciones, luego, sin saberlo, no hacen sino tratar de reconstruir, de descubrir más bien, como se descubren unas reliquias antiguas en cámaras subterráneas, esa versión gemela del original. Bueno: creo que Donald, muchas veces, logró traspasar las puertas selladas y dejar al descubierto la versión inglesa de algunos de esos originales.
MRR: Es un hermoso cumplido. Pero (usted sabe bien que en estas conversaciones lo discutimos todo) pero en este caso, en esto que usted imaginó (y aunque me doy cuenta de que se trata más de una verdad poética que de una verdad a secas) ¿no estaríamos hablando, condenando, más bien, a un traductor a conservar una cierta literalidad? Acuérdese de lo que dijo hace un momento sobre las traducciones de los trabajos de Borges.
EB: Es una buena observación, y válida aun cuando se trate de una verdad poética, como bien dice usted que se trata en el caso de mi fantasía. Pero creo que no, que no existen ni condenas ni condicionamientos para el traductor. Porque yo hablo de un texto-Arquetipo, que tendrá tantos lados, tantas facetas como idiomas existan. Y este hecho, de algún modo, hace que ya al nacer ese texto no podamos hablar exactamente de un original; el original es español pero es también inglés, y ruso, y húngaro, y portugués, es decir, todos son originales y al mismo tiempo traducciones. Para decirlo con una fórmula famosa, se trata quizá de algo semejante a una esfera cuyo centro está en todas partes y su circunferencia en ninguna. La tarea de cada traductor consistirá entonces en develar en su propio idioma ese “original” oculto, descorrer el cortinado para que esa faceta particular se ilumine y quede ante la vista. Un quehacer que tendrá mucho de sueño y de milagro.
Tampoco encuentro ninguna contradicción entre esto y lo que dije acerca de los cuentos traducidos de Borges. Porque de lo que se trata cada vez es de presentar ese “original” que, según las apariencias, apareció primero en otro idioma. Y de hacerlo cabalmente: si ese “original” camina (y puede ser un caminar exquisito, como ese caminar “inglés” de Borges que me atreví a proponer), pues caminando; si vuela… En cuanto al tema específico de la literalidad, deberíamos empezar por definir exactamente cuál es la misión de un traductor, responder ciertas cuestiones del tipo: ¿Se traiciona cuando se empeora un texto pero también cuando se lo mejora? ¿Son las versiones literales un signo de mediocridad o de justicia literaria?, etc., etc. Sin embargo, discutir eso ahora nos apartaría de nuestro tema, que es la evocación de Donald. Tal vez podamos hacerlo en una próxima conversación, en la octava… o en la novena.

MRR: Seguramente. Ahora, ya que mencionó la palabra evocación, y para ir completándola, puesto que hemos repasado ya los aspectos humanos y profesionales del profesor Yates, ¿cómo evoca usted al amigo ausente? ¿Cómo imagina esa ausencia en su propia vida? Sin ánimo de influir en su respuesta, déjeme decirle, sin embargo, que se me acaba de aparecer la figura del Maestro.
EB: El Maestro, el gran Hugo Marín… (Imitándolo con voz altisonante) “¡Le prohíbo que me llame Maestro!… Si todo el tiempo estoy aprendiendo. Además, lo hace con una ironía…” (Risas) Y tenía razón; yo lo llamaba de ese modo con ironía, a pesar, claro, de que trataba de disimularlo con un tono de voz muy respetuoso. El Maestro… Creo que está muy bien que usted lo mencione aquí, a pesar de que él pertenece a mi pasado teatral. Porque tanto el Maestro como Donald son, para mí, personas que rebasan ampliamente los límites que podría implantar una actividad determinada y en común. El Maestro y Donald están mucho más allá y significan en mi vida mucho más que teatro en un caso y literatura traducida en el otro. Son personajes cuyas figuras me acompañarán hasta que yo mismo me vaya. Unas figuras que aparecen en los momentos más diversos, en las situaciones más dispares, y tanto en la vigilia como cuando soñamos. Y esto es así, sin duda, porque son parte de nosotros. Lo eran en vida y continúan siéndolo después, acaso más. Ernst Jünger, de manera magistral, dice que la muerte no nos arrebata a un ser querido, sino que lo deposita inmensamente en nuestro interior. Donald, y el Maestro, están en mi interior; y están, y son allí —es bueno que lo aclare— algo distinto de lo que son unos padres, unos hermanos, unos hijos o tal o cual mujer. Por lo demás, y si bien lo de Donald es más reciente, creo que pasaré con él momentos tan gratos como los que pasamos en vida y como los que suelo pasar con el Maestro desde hace ya casi treinta años.
MRR: Él es ahora un amigo interior.
EB: Bueno…”Donald Yates, El amigo interior”… Sí, muy bien; me gusta esta definición.
MRR: También a mí. Y acerca de esos momentos gratos compartidos con el Maestro, me consta que tiene usted un material abundante. Quizá le ocurra lo mismo con el profesor Yates.
EB: Creo que sí; y tal vez incluso un poco más. La diferencia, por ahora, es que mis evocaciones del Maestro, mis encuentros con él, aparecen más ordenados, o mejor dicho, escalonados según un orden más o menos cronológico, algo natural dado el tiempo que ha pasado desde su muerte. En el caso de Donald, por el contrario, tengo algo como una masa delante de mí, todo se superpone y confunde; un aleph con cualidades opuestas al del relato, digamos.
MRR: Una confusión —hablo según experiencias propias— donde lo ocurrido se entremezcla con lo que hubiera podido ocurrir.
EB: Exactamente. Eso también. Hacemos tan poco, en realidad, comparado con las posibilidades que tenemos. Sabemos tan poco, incluso… Yo mismo ignoraba ciertas facetas de Donald. Por ejemplo, su relación con el cine. Me enteré de esto casi por casualidad, en uno de nuestros últimos intercambios de e-mails. Él había visto en YouTube el video que hicimos en la baulera de nuestro edificio con el famoso (aquí en el barrio) gato de la calle Rabito, y al darme su opinión noté ciertos detalles “técnicos”. Lo consulté con él y entonces me enteré de que en el pasado había escrito crónicas cinematográficas para diarios importantes y también de que había traducido al inglés los subtítulos de una película argentina basada en el cuento Emma Zunz de Borges (una película bastante mala, titulada Días de odio, donde lo único perdurable serán, con seguridad, esos subtítulos). Fue una lástima que lo descubriera tan tarde, porque me hubiera encantado conversar con él de películas y de directores, analizar por ejemplo toda esa franja de cine americano que va, años más años menos, de mediados de los cincuenta a mediados de los sesenta, esos filmes como Picnic, como Cat on a Hot Tin Roof, como Splendor in the Grass, como East of Eden… Unas películas que en un par de horas y desde un rincón provinciano cualquiera, dicen mucho más sobre ciertos aspectos culturales americanos de esos tiempos que montones de tratados, de libracos. Aun así, algo pudimos intercambiar al respecto. Entre otras cosas, coincidimos, por caso, en que Picnic (él escribió una crónica sobre este film y definió sus escenas como “a perfect gem of Americana”) merecía haber ganado el Oscar en lugar de Marty, y a partir de esa coincidencia me contó que había intercambiado cartas con el director del film, Joshua Logan, para discutir lo injusto del premio. En fin; fue una pena, como dije, enterarme con tanto atraso de esta cuestión.
MRR: Comparto eso. ¿Y en cuanto a lo que hubiera podido ocurrir entre ustedes y no ocurrió?
EB: Oh, bueno, eso también es penoso. Y amplio. Pero no se alarme; soy consciente de que estamos ya casi en el límite del espacio que debe ocupar esta conversación, de modo que abreviaré. No faltarán, en cualquier caso, ocasiones para ampliar estos detalles, para seguir hablando de él.
Bien; de las cosas que nos concernían y que hubieran podido ocurrir y no ocurrieron, hay dos que me afligen particularmente: que Donald no pudiera traducir el nuevo Gulliver, y que no se editara su traducción de Suite argentina en vida de él. En este caso, porque tenía pensado dedicarle unas palabras en el libro, un agradecimiento por su traducción (magistral ¿pero hace falta decirlo?) y por su conmovedor empecinamiento en encontrarle una editorial. No pudo ser. Según parece, la dureza de las cuatro historias que integran el libro hizo que nadie quisiera tomar la responsabilidad de exponer al muy sensible público americano a un contacto seguramente malsano. Y en el caso del Gulliver, bueno… ¿qué autor no querría que su mejor obra fuera traducida por alguien semejante? Por supuesto: hablamos del tema, varias veces (creo que lo hicimos también en nuestra última charla telefónica), y aunque usábamos palabras poco terminantes, poco comprometedoras y cruzadas incluso de tanto en tanto por la luz alentadora de un “en fin; veremos”, o algo por el estilo, ambos sabíamos que la extensión de la novela y ciertos problemas de salud por su parte hacían que la empresa fuera una causa perdida. Una pena, como digo. Porque por capacidad y hasta por razones sentimentales, si se quiere, él me parecía la persona ideal para esa traducción. Y tanto es así, que hoy me arrepiento de no haberle pedido, como regalo, como algo a modo de símbolo, que tradujera la primera página de la novela; solamente esa página. Lógicamente, aun sin ello me considero muy afortunado. Las traducciones de Donald de mis cosas (y las de Andrea Labinger, asimismo) que sí existen, me lo recuerdan todo el tiempo. Y esto sí que no se superpone ni confunde con nada en mis recuerdos o en mis pensamientos relacionados con él, por reciente que haya sido su partida.
MRR: Algo como un punto de luz en ese aleph al revés que describió usted más arriba, y a partir del cual, de ese punto luminoso, tal vez empiece a ordenarse en una sucesión menos tempestuosa y amontonada el recuerdo de sus vivencias con el profesor Yates.
EB: Ahora que lo dice, es posible que ese proceso haya comenzado ya, porque en esa sucesión tempestuosa, como la llama usted, y a pesar de que no tienen nada de memorables, hay dos momentos que se empecinan en adelantarse con mayor claridad y a repetirse en mi cabeza. Uno pertenece a los años 2002 y 2003, cuando yo vivía en Nevada, en Reno; cada quince días me trasladaba a California para visitarlo en su casa, y como el segundo tramo del viaje lo hacía en tren (desde Sacramento), él me esperaba en la estación de Fairfield, sentado en un banco; esa imagen se me quedó grabada. El otro momento es del año 2008, cuando viajó a Buenos Aires por última vez y el Gobierno de la Ciudad lo nombró Visitante Ilustre. Después de la presentación a cargo del ministro de Cultura, él dio una charla, y al terminar y mientras la gente aplaudía, se incorporó y se quedó por unos segundos mirando hacia adelante, como soñando, o, según sentí en ese momento, como despidiéndose de algo.
MRR: Como despidiéndose de algo…
EB: Como despidiéndose de algo y en su estilo: estoicamente.
MRR: Estoicamente, sí.
EB: Algo que también encontré reflejado en una fotografía de él tomada en los últimos meses de su vida, donde está junto a su esposa Joanne, mirando fijamente la cámara. Y que me conmovió todavía más, porque se me ocurrió que ahora el objeto de su visión era la Vida misma. Esa Vida que él amaba y a la que parecía ahora decirle no solamente que conocía la contraseña para abandonarla sin lamentaciones ni reproches, sino que su existencia personal misma, el contenido de esta, era esa contraseña bienhechora. Tal vez, por supuesto, había cierta tristeza. Al fin y al cabo, “como una niña que sabe poesías es la tierra”, y duro nos resulta abandonarla, imaginar cómo en nuestros ojos se irán oscureciendo, hasta ser nada, sus detalles magníficos, y cómo para nuestras manos la felicidad del asir rotundo se irá convirtiendo en la sensación de un roce indefinido, en algo semejante a dejar que se deslice de ellas el aserrín de un árbol viejo.
MRR: Aun así…
EB: Aun así continuaba siendo él. Si había (y yo apenas lo supongo) algo de una tristeza ocasional, era una tristeza detrás de la cual relucían, hasta encenderla de lo opuesto, los graníticos brillos de ese hecho todavía más indestructible: haber estado vivo. Por eso entonces resultó que luego de observar con atención afectuosa esa foto, sobre la imagen pareció inscribirse del modo más natural aquel verso de aquel Canto de Pound: “(In) a fine old eye the unconquered flame”. Era Donald e indiscutiblemente continuaba (y continuaría) invicto. ¿Y sabe qué? me hubiera encantado decirle esto en el momento de la foto y mientras le palmeaba el hombro.
MRR: Sí, puedo imaginármelo… Pero bueno… de acuerdo con lo que dijo usted acerca de los gratos momentos que pasarán juntos en los días por venir, ya tendrá oportunidad. Y mire, si esto es así, y si aquel hombre sabio que usted recordó en su Introducción tiene además razón, ya no se deberá entonces nunca más decirle “adiós” a un amigo que muere sino “bienvenido”.
EB: Antes cité la frase del final de Casablanca sobre el comienzo de una bella amistad. Algo semejante ocurre cuando llega el final de alguien predilecto; comienza otra clase de amistad, una amistad que como en el caso de las traducciones de Donald podremos sencillamente calificar de bella. Con eso bastará.
MRR: Porque diciendo eso estaremos diciendo mucho.
EB: Creo —espero— que estaremos diciendo casi todo.
Buenos Aires, enero de 2018
De De lo que dura a lo que pasa II (2014-2018)
METZENGERSTEIN, Buenos Aires, 2023