Edgar Brau

EL COMEDIANTE

(Capítulo III – “Corona”)

CONTENIDO

Capítulo I. RICARDO III
Capítulo II. ANTE LA LEY (I)
Capítulo III. CORONA
Capítulo IV. EL MAESTRO
Capítulo V. ANTE LA LEY (II)
Capítulo VI. MENA
Capítulo VII. LA COMMEDIA

Capítulo III
CORONA

El temporal empezó cuando llegué a la esquina del teatro. Caminé unos metros guareciéndome debajo del manto; pero después la lluvia se hizo tan intensa que directamente debí correr. La puerta de calle, encima de la cual se bamboleaba el cartel que identificaba el teatro, estaba abierta. Al introducirme en el pasillo debí moderar mis impulsos, pues no había luz. En el fondo, junto a la escalera que descendía hacia la sala, accioné una perilla; pero la luz no se encendió. Bajé cuidadosamente los escalones y me dirigí a tientas hacia la puerta de entrada; en uno de los costados se oía escurrirse el agua que caía por la escalera. Empujé la puerta y cedió. Arrastrando los pies caminé hasta la puerta que unos metros más allá daba directamente a la sala y al lado de cuyo marco había una perilla; pero tampoco esta respondía, y encima la puerta se hallaba cerrada. Recordé que se abría introduciendo un picaporte que solamente yo tenía. Busqué en los bolsillos; no estaba. Junto a la puerta había un agujero oculto donde a veces lo escondía; metí la mano y lo encontré. Al abrir la puerta fui asaltado por un vaho de humedad y de calor. La oscuridad era allí todavía más intensa, pero yo conocía el camino de memoria. Rodeé los asientos y me trepé al escenario. Para orientarme busqué rozar con los dedos la telaraña. De ahí pasé al fondo del escenario para probar con la llave de luz general; el mismo resultado. Evidentemente se había cortado la luz. Di unos pasos hasta tropezar con unos bultos de tela. Me arrodillé para palparlos; eran los ropajes que utilizábamos en los ensayos y que seguramente los actores habían arrojado al irse. Un frío súbito me recorrió el cuerpo. Desde el piso me aferré al cortinado de tela negra que cubría una de las paredes laterales y me puse de pie. Después apoyé la espalda contra la tela y llevé las manos encima de la cabeza; en esa posición volví a tomarme de la tela y comencé a tirar. Se oyó un crujido y el lienzo se desplomó sobre mi cuerpo. Sin moverme de allí acomodé la tela para dejar libre la cabeza. Cuando lo conseguí empecé a buscar, cuidando de no trabarme con la tela, los escalones que llevaban abajo del escenario, donde yo tenía mi cueva; los muros que flanqueaban los escalones evitaron que me cayera al bajar. Una vez que hube descendido me dirigí sin titubear al cuartito que servía de camarín y de habitación; al atravesar el umbral me llevé por delante la puerta de chapa que estaba cerrada a medias. Me detuve junto a la cama para agrupar la tela en torno de mi cuerpo y luego, rendido, me dejé caer de espaldas en ella. El contacto de mis cabellos que chorreaban con lo que acaso era la almohada fue lo último que alcancé a percibir antes de dormirme.

Desperté al sentir los párpados atravesados por la luz proveniente de la lámpara que colgaba del techo. Me tapé la cara con la tela y abrí los ojos; innumerables puntos luminosos brotaron en el tejido. Durante un rato me entretuve en mover la tela para observar el mayor o menor abigarramiento de su entramado, en el cual, intercalándose fugazmente, de tanto en tanto se estampaba una visión del ensayo interrumpido o de mi aventura en la seccional de policía. Después cerré los ojos y traté de dormirme otra vez. Permanecí extendido y sin moverme unos cuantos minutos. Pero no conseguí relajarme y la luz me molestaba aun si me cubría con la tela. Esperé un momento y me senté en la cama. La cabeza me dio vueltas y debí apoyarme en los codos. Conservé esa postura un buen rato, abriendo cada tanto los ojos. Cuando me acostumbré a la luz, empecé a recorrer el cuarto con la mirada; se hallaba en orden. Las librerías que cubrían las paredes alrededor de la cama, y que yo imaginaba saqueadas, o poco menos, en el desbande que se habría producido al alejarme del ensayo, estaban intactas; al parecer ningún libro había sido tocado. Pero todavía restaba ver la sala.

Abandoné la cama y a pequeños saltos, ya que la cortina se había enrollado alrededor de mis piernas, me acerqué al espejo del tocador. Tenía los párpados hinchados, muy acentuadas las ojeras y el cabello completamente enmarañado, todo lo cual me daba la apariencia de una máscara indígena. Me deshice allí de esa especie de sudario que me aprisionaba y después, quitándome la ropa, que estaba húmeda, fui hasta un ropero donde se guardaban antiguos trajes de escena. Sin detenerme a elegir tomé el que estaba más a mano (un frac con hombreras) y me vestí con prontitud. Luego me eché sobre los hombros un manto de pana cuyo color rojo el tiempo había vuelto casi marrón; una bufanda verde, también desteñida, suplantó la camisa.

Al volver frente al espejo y mirarme, no pude dejar de sonreír: parecía Drácula; solamente que un Drácula en decadencia y despintado por los años, y al cual, para que el patetismo de su situación fuera todavía más completo, no le faltaba sino ser sobrevolado, en vez de por murciélagos, por un enjambre de polillas. Llevado por la gracia que me producía esa caracterización, comencé a ensayar las poses que supuestamente adoptaría el famoso conde en su nueva realidad, las que no tardaron sin embargo en interrumpirse, ya que la alusión a tan siniestro personaje hizo que de pronto se acentuara en mí el sentimiento de que había allí alguien más — sentimiento que con intermitencias yo experimentaba casi desde el momento de abandonar la cama. Aguardé, inmóvil frente al espejo, unos segundos. Después respiré hondo, me di valor con un gesto de fiereza y giré hacia la puerta; pero no había nadie. Volví a esperar un poco y luego, en silencio, salí al corredor, que lo mismo que la pieza tenía el escenario por techo, y que también lo mismo que aquella y que posiblemente toda la sala, por haber yo dejado la noche anterior las perillas en posición de encendido, se hallaba con las luces prendidas. Me detuve en el centro, y aunque no percibí nada extraño, la sensación de otra presencia no me abandonaba. Agarré entonces un trozo de caño que siempre tenía junto a la puerta y me encaminé hacia arriba.

Trepé por los escalones cuidando de no hacer ruido y dispuesto a arrastrarme luego por el escenario. Pero apenas me asomé a este, que aunque escasamente se encontraba, como lo había supuesto, iluminado, algo tembló encima de mí. Me aplasté contra el piso y desde allí levanté la vista; era una de las sogas fijadas a la pared para sostener la telaraña lo que se había movido. Agazapado y conteniendo la respiración, avancé un trecho por el escenario; más allá se agitaba otra de las sogas. Me inmovilicé para considerar qué o quién podría estar moviendo la telaraña, sobre la que caía, solitaria, la luz de una lámpara cenital. Pero al no dar con una respuesta me incorporé a medias y me dirigí con sigilo hacia el telón. Lo entreabrí levemente; en la telaraña, oscuro y encogido, alguien se balanceaba. Después de cerciorarme de que no había nadie más en la sala, descorrí el telón y di un largo paso hacia adelante. Un gemido de sorpresa surgió de la telaraña y la sombra, mientras a su alrededor se desflecaba una larga cabellera roja, se proyectó hacia arriba.

—¿Corona? —pregunté casi como un saludo, ya que había reconocido a la chica que personificaba a lady Ana.

Pero en vez de responder ella echó la cabeza atrás y con una indiferencia no del todo inocente se puso a hamacar su cuerpo. Me acerqué para observarla mejor. Vestía una malla enteriza de baile, negra, y sus pies calzaban unos botines puntiagudos también negros y atados con cordones; el abrigo estaba apoyado en lo alto de la telaraña. Tenía la mirada fija en el fondo del salón y simulaba ignorarme. Tras un momento de irresolución avancé hasta el proscenio para examinar el resto de la sala. A simple vista no presentaba ningún desarreglo, aunque las numerosas colillas que aparecían en el suelo indicaban que se había discutido largamente allí.

Me volví. Corona seguía hamacándose, ahora con el rostro vuelto hacia los cortinados del fondo del escenario. Acaso percibió que la recorría con la mirada porque se inclinó lentamente hacia atrás hasta posar en los míos, con una mirada tranquila, sus grandes ojos azules. Nos miramos durante un momento. Después la posición forzada en la que se mantenía le congestionó el rostro y su expresión se volvió febril y perversa. Me sentí examinado y desvié la vista hacia la cabellera, en cuyo extremo, rechazadas por las nalgas que la tensión de la postura hacía temblar, las hebras sedosas y rojizas se ondulaban con un serpenteo inflamado, casi eléctrico. Mientras contemplaba el juego de los cabellos en esa zona me pareció recibir un empujón, por lo que me adelanté unos pasos. Al detenerme, ella separó los brazos y las piernas y llevó la cabeza a su ubicación normal. Se mantuvo así hasta dar yo un nuevo paso. Entonces, conservando la misma postura, comenzó a trasladarse a los costados. Después, conmigo inmóvil, se dirigió hacia arriba, luego hacia abajo y, antes de que tuviera yo tiempo de asombrarme, ya ella había contraído el cuerpo y se encontraba recorriendo los hilos con tal ligereza y gracilidad, que al verla se creaba la ilusión de que sus manos y pies no se tomaban de las sogas, sino que para mantenerse adherida a ellas le alcanzaba con rozarlas un instante. Esa misma velocidad, a la que ella se abandonaba sin ninguna moderación, le confería a su silueta la redondez de un arácnido, y lograba además que la oscuridad de su presencia titilara todavía un momento en el sitio que acababa de abandonar.

Transcurrido un tiempo, que abstraído como estaba en los detalles de esa pantomima asombrosa  no pude medir, sus deslizamientos se fueron aquietando. Por último se detuvo y quedó aferrada a las sogas nada más que con las piernas; después dejó caer la cabeza hacia atrás y sus ojos se fijaron una vez más en los míos. Sentí, al contacto con esa mirada, que algo puramente animal empezaba a solicitarme desde la telaraña. La miré con expectación, aguardando una señal. Pero ella se limitó, luego de arquear las cejas, a elevar un poco la cabeza y a cruzarse de brazos. Seguí otra vez con la vista el cabello derramado, que en esta ocasión, y acaso por cubrirlos del todo, hacía imaginar unos glúteos seguramente soberbios de tirantez. El empujón se repitió y casi atragantado empecé a caminar hacia ella. El frac me ahogaba y el manto era insostenible. Me detuve para tirar esas prendas al suelo y luego, con el torso desnudo, seguí avanzando.

Al llegar, mis manos apartaron la cabellera como si se tratara de un cortinado. Después, sin soltar los mechones, di un paso atrás: el esplendor de allí abajo era el que yo había supuesto. Calmado, dejé que el cabello cubriera de nuevo aquel sitio. Luego tomé sus manos y las llevé hasta las sogas. Cuando se asieron de estas y su cuerpo se relajó un poco, la abracé con ternura y le susurré al oído:

—¿Y si le quitamos su terciopelo a la arañita?…

Ella se estremeció y hasta intentó escaparse; pero yo había entrelazado mis brazos a las cuerdas y la retuve allí. Le repetí la pregunta, esta vez con la cara sumergida en su cabellera. A modo de respuesta ella empezó a quejarse y a debatirse, aunque sin demasiada convicción. Entonces, estrechándola contra los hilos con un solo brazo, me agaché para desatarle los cordones; ella continuaba revolviéndose pero me permitía hacer. Al quitarle los botines exhaló un gemido de gozo y los dedos de sus pies se aferraron con fuerza a las cuerdas. Tiré luego de la malla hacia los costados y aparecieron los hombros. Me detuve un instante para ver su reacción; pero al parecer ella ya comenzaba a considerar un estorbo la ropa. Así, no opuso ninguna resistencia al llevar yo sus brazos a los costados para que las mangas quedaran libres, ni tampoco al echarle el cabello adelante. Cuando llegué a la cintura solté la malla; una casi imperceptible línea de vello rubio destellaba en la ondulante hendidura de la espalda. Me acerqué y apoyé la cara entre sus hombros; el contacto con mi barba de varios días le arrancó un quejido breve. Desde allí bajé lentamente, rastrillando la piel con los labios y la barba. Ella se retorcía y flexionaba las piernas alternadamente. Al rozar la malla comencé a subir otra vez. Me detuve en la nuca, le di un mordisco leve y después estiré la malla en mi dirección: un par de simétricos semicírculos aparecieron debajo de la línea de la cintura. Sin soltar la malla arrimé la frente a su espalda y me puse a contemplar la perfección de esas redondeces, de esos contornos que al rutilar de blancura parecían consumir los oscuros bordes de la tela que mis manos apartaban. Luego, a medias encandilado, cerré los ojos para dejar que mi olfato se deleitara con el cálido perfume animal que ascendía a mi rostro desde allí. Tras esto, y resistiendo apenas la avidez que comenzaba a arrebatarme, empujé con suavidad sus piernas hacia arriba. Ella subió uno o dos hilos, sumisa y afectando la indefensión de un prisionero; inclusive entrelazó las manos a las cuerdas y se puso a dar tirones, fingiendo que no podía librarse de las amarras. Estremecido de deseo me arrodillé junto a la telaraña y, apartando la vista, para que la revelación fuera más completa, empecé a tirar de la malla hacia abajo — los pies de ella se levantaron sin problemas para permitir que la prenda pasara. Luego de dejar la malla en el suelo y de hacer (siempre con la vista baja) que uno de sus pies se cruzara detrás del otro, le di a entender con una palmadita que de ese modo pretendía yo verla apoyada en la telaraña; una mayor tirantez en los hilos fue su respuesta. Entonces, con una lentitud premeditada, levanté la cabeza y miré.

Semejante a una cariátide encargada de sostener e iluminar el círculo de un mundo nocturno, la chica proyectaba hacia lo alto, con una suave curvatura, el esfumado de su cuerpo flotante, a lo largo del cual ya empezaban a insinuarse, tendidos por el remedo de una tensión, los surcos que después ningún reposo desvanece. Unicamente los brazos parecían hallarse a resguardo de ese esfuerzo fingido, y en una sugestión de redondez se alargaban a los lados como para recibir y contener las sombras que, derramándose desde lo alto, se fundían, al contacto con la antorcha de su cabellera, en una claridad herrumbrosa.

Me emocioné. Sentí veneración por ese momento y por todos los momentos de mi vida, hasta los malos. Enseguida un golpe de vértigo me obligó a tomarme de las sogas. Balbuceé  no recuerdo qué insensatez y luego, medio cegado y casi sin saber lo que hacía, elevé mis manos igual a un penitente hasta la redondez de cúpula de sus nalgas, para asido de ellas izarme lentamente. En un intento por impedir mi avance ella giró hacia uno y otro lado sus piernas entrelazadas; pero nada podía ya contra mi insistencia y mi resolución. Al rebasar la zona de las rodillas, el olor entre imaginado y real que descendía de las formas que mis manos separaban y volvían a unir, y que yo aspiraba con fruición, me arrastró incontenible hacia lo alto. Con un grito enterré la cara entre las nalgas y en una embriaguez desesperada empecé a besar y a morder esa carne que sabiamente le oponía a mis ímpetus la resistencia precisa. Las quejas de ella se mezclaban con mis gemidos ahogados, y pronto debí treparme también yo a la telaraña. Me tomé de las sogas y con las piernas flexionadas seguí devorando a esa arañita que ya se mostraba desfalleciente: había pasado la cabeza por entre las cuerdas y su cuello reposaba en una de ellas. Después de un momento también sus piernas cedieron. Bajé y al rodearla con los brazos ella se abandonó. La sostuve en el aire para acomodar el manto con los pies; cuando la deposité en él, se estiró con un gesto de pereza y debajo de su vientre relumbró un vellón rojizo. Me incliné y lo rocé con los labios; un mohín de placer y de defensa fue su respuesta. Encantado con ese gesto, le dije al oído:  

 —¿Viste el milagro? Besé una brasa y no me quemé.

Ella se revolvió, mimosa, y yo sentí unas ganas irresistibles de arrojarme sobre su cuerpo, de sumergirme en él. Pero cuando empecé a forcejear con el pantalón ella se acurrucó hacia mi lado y, mientras sus manos me sujetaban de los brazos, pronunció un no tenue y alargado que me hizo recordar con toda nitidez el incidente con el chico en la seccional. Me detuve, bruscamente cohibido, y en mi interior aparecieron algunas imágenes de ese momento angustioso que, por habérseme grabado muy vivamente, yo trataba en lo posible de no recordar, o, en todo caso, de hacerlo como si pertenecieran a un mal sueño. Traté de alejarlas concentrándome en Corona, que ahora parecía dormitar; sus ojos estaban cerrados y el ondear de su cuerpo, cuya luminosidad la luz venida de lo alto acentuaba, se ofrecía a mi mirada como una senda en la que tal vez fuera posible diluir todas aquellas figuraciones. Con esa intención me acerqué a las piernas hasta distinguir la porosidad de la piel, y después, con el cuidado de conservar la misma distancia, comencé a recorrer muy detenidamente esa superposición de ondulaciones que el lejano resplandor de la cabellera definía y limitaba. Cuando finalmente ante mis ojos no quedó sino esa blancura reptante, me extendí aliviado junto a ella para observarla. Pero entonces sus labios se entreabrieron y con el mismo tono, como si no hubiera existido una pausa, agregó:

—¿Por qué tiene que ser siempre igual?…

Me volví a paralizar, pues en esas palabras, al parecer tan casuales y que acaso no reflejaban sino una preferencia personal, reconocí culpablemente un reflejo de mi propia voz, de esa voz que en más de una ocasión, durante los ensayos y al describir los eventuales pormenores amorosos entre lady Ana y Ricardo, yo había alzado para fustigar el comportamiento convencional en el erotismo, la ausencia de fantasía, todo lo cual acababa por definir, ante las miradas cómplices de las actrices, como un terminar siempre las relaciones “a lo perrito”. Y era justamente esta chica —llegada no hacía mucho para reemplazar a una actriz que se había retirado— quien más conforme se mostraba con mis comentarios al respecto, y suya  era también la mirada que al concluir yo la charla con alguna ocurrencia alusiva a lo erótico, durante más tiempo se posaba después en mí. Por ello, y por la evidencia —groseramente puesta a la vista— de que el juego de sutilezas que me ofertaba no tenía otro origen que aquellos discursos, sus palabras me inmovilizaron y el rubor cubrió mi rostro.

En los instantes que siguieron, y entretanto buscaba alguna postura que hiciera olvidar un poco la torpeza del gesto anterior, traté de justificarme interiormente. Al final hallé, tras repetir mentalmente una y otra vez esa frase —que aun cuando razonable al principio, me desagradó luego por el tufillo a teleteatro que tenía—, hallé que había en ella, en el tono con que había sido pronunciada, incluso en la elección de las palabras, como un intento de atenuar el impacto que seguramente me causaría el recordar la ocasión que le había dado origen. Sí, fuera o no consciente Corona de ello, había tacto en ese mensaje; era, casi, como si para apartar a su amante de un erotismo obvio le comunicara, o mejor, le recordara, que un imaginativo director de teatro ya había hablado al respecto de algo distinto. En suma: acabé por convencerme de que en ese instante ella había simulado que yo no era yo. Decidí, por lo tanto, plegarme a esa ignorancia fingida y al mismo tiempo me propuse también dejarle a ella la iniciativa; yo no sería más que un partenaire obediente.

Para comenzar, y ya desaparecido de mi cara el rubor, adopté una pose idéntica a la de ella, en la que de acuerdo con la minuciosidad de mi imitación podía acaso descubrirse un matiz de ironía; después, en un silencio que de tan respetuoso se tornaba igualmente burlón, me dediqué a contemplarla. Sus ojos seguían cerrados y los labios, de un rojo natural intenso, se entrechocaban con suavidad, como si quisieran pronunciar una palabra y no pudieran hacerlo. Un mechón de cabello caído sobre la frente proyectaba entretanto sobre sus párpados una sombra bermeja y hacía que las ojeras se tiñeran con una coloración malsana; pero en los sitios que la sombra no cubría, el semblante era saludable y la piel exhibía una cierta untuosidad, una suculencia de fruto recién madurado. De repente sentí, mientras mis ojos quedaban fijos en el óvalo del rostro que la postura hinchaba un tanto, que si me lo propusiera podría permanecer así, mirándola en silencio, una eternidad. Lo cual no era, debo decirlo, algo nuevo para mí; ya antes, casi en el momento de conocerla, yo había percibido que existía en ella un atractivo que sobrepasaba  en mucho lo puramente erótico. El erotismo era en su caso un ingrediente más (el de mayor notoriedad eventualmente), y tal vez no existía sino para retener, a la manera de un acertijo, a quienes cegados por el brillo de lo inmediato confundieran torpemente la pregunta con la respuesta. Por eso, y a pesar de la enajenación que por ráfagas me producía la vista de su belleza, ya me iba yo convenciendo de que la posibilidad de aprehenderla totalmente, la contraseña, estuviera quizá por el lado de la contemplación, del escarceo continuo; la posesión, su clausura, era, me parecía, la forma más neta de quedarse frente a las puertas del castillo.

Transcurrieron unos minutos. De improviso abrió los ojos y empezó a desperezarse. Luego, con un suspiro de satisfacción, recogió los brazos, se volvió hacia el piso y tomó un espejo de mano que había quedado por allí y que en la obra era utilizado por Ricardo. Mientras se miraba en él yo me senté junto a sus piernas, que permanecían entrelazadas y laxas. Después, para mejor componer la estampa rococó que me sugería su postura y olvidando mis propósitos de un rato antes, traté de descruzarle las piernas; pero ella se resistió. Levanté la vista; desde el espejo sus ojos me observaban con una expresión indefinible. Sin esquivar su mirada probé otra vez; ahora ella cedió y sus ojos se volvieron algo risueños. Animado por esa pizca de entendimiento, me ubiqué detrás de sus pies y apoyé las manos en sus talones; en el espejo los ojos se tornaron más atentos. Empecé a frotarle los pies. Ella levantó entonces un poco el espejo y sus ojos fueron reemplazados por las cejas, que manifestaban sorpresa y también atención vigilante. Insistí en el frotamiento; como respuesta las cejas se enderezaron y en la frente las líneas que un momento antes la cruzaban se hicieron imperceptibles. Sin detener el masaje llevé mis manos hasta los tobillos, que se ahuecaban deliciosamente, iguales a empuñaduras, y los aferré con fuerza, casi con violencia; la visión de una mujer arrastrada rumbo a una caverna cruzó entonces por mi mente al sentir tan bien acomodadas a mis dedos esas articulaciones, pero una oleada de ternura, igualmente súbita, apoderándose de mi ánimo hizo sin embargo que retrocediera un poco y que desatendiendo el espejo me dedicara a besar y a morder aquellas junturas y también el comienzo de las pantorrillas. Mordía con suavidad y detenimiento, para permitir así que la porción que aprisionaba entre los dientes se macerara con la humedad de mis labios, los cuales, una vez que mi lengua recogía la esencia rezumada por la piel femenina, repasaban, antes de continuar y en unión de aquella, todavía una vez esa zona en busca de un último resto de sabor. Al acercarme a los hoyuelos de atrás de las rodillas, me incorporé para observar su reacción. El espejo seguía delante de su rostro y su mirada se mantenía allí al acecho de las muecas contenidas con las que expresaba el placer que mis besos y mis caricias le procuraban; no pareció advertir que yo la miraba o, si lo hizo, fingió ignorarme. Me incliné de nuevo para rozar levemente con la lengua sus pantorrillas y después la observé; la expresión de gozo no varió, si bien por un instante sus ojos relumbraron con impaciencia y el extremo muy rojo de su lengua se asomó por entre los labios apenas separados. Un deseo irracional de ver a ese rostro tan expectante desbarrancarse por fin en una gesticulación incontenible, bestial, me asaltó de pronto, y solamente hube de refrenarme ante la evidencia —a duras penas percibida— de que con ello no conseguiría sino acabar con el juego, un juego que entre otras cosas y junto a su propio enigma, contenía también, implícitamente, una concertación: ni preguntas ni apresuramientos. Me contuve y como ya no era tan solo su rostro y su actitud lo que me impulsaba al frenesí, sino que —convertidas sus curvas en el recipiente ideal para una zambullida en el anonadamiento— igualmente su cuerpo empezaba a tirar de mis sentidos, cerré los ojos y retrocediendo me dispuse a empezar todo de nuevo.

Comencé igual que antes, lanzando de tanto en tanto una mirada al espejo; allí, ella se mostraba cada vez más ajena a mi presencia, como si fuera una brisa lo que acariciaba su piel. Esta indiferencia (y los movimientos forzados que yo debía hacer para espiar el espejo) terminaron bien pronto por comunicarme una cierta sensación de pudor, pues sentí que era acaso ello un indicio de que inadvertidamente me estaba inmiscuyendo en los pormenores de un rito privado, al que si bien un momento antes me hallaba integrado, ahora era quizá preciso que me asociara de un modo distinto. Tal vez fuera necesario —pensé— que en esa bifurcación de sutilezas ella se quedara a solas con el espejo, con ese óvalo que conforme a la pequeñez casi secreta de su formato y a lo que en él se reproducía, ya se me antojaba una suerte de ventana mágica, asomada a la cual una mujer parecía decirle a otra mujer y en silencio, cómo su cuerpo era devorado por el espectro de un amante muerto… ¿Por qué no? ¿Y por qué no, también, dejar que esa especulación fantasiosa se prolongara hasta hacer de mí mismo ese fantasma al que por única vez se le otorgaba la gracia de volver a saborear el cuerpo de una mujer?… Sí, por qué no: ello era igual a recordar que el néctar y la ambrosía que alimentan a Eros se llaman en realidad juego e imaginación; y esa salida repentina no estaba del todo mal. No obstante todavía quedaba Corona: ¿se plegaría a mi capricho? Miré furtivamente el espejo y entonces esta consideración se volvió ridícula. ¡Era yo, a juzgar por su expresión, quien se mostraba rezagado al respecto, al no resolverme en cada caso a dar la réplica inmediata que su juego despertaba en mi fantasía! Ella tiraba continuamente de los hilos de mi imaginación y yo entretanto me detenía en observaciones… Me removí, molesto, y ante la suposición de que ya ella habría considerado algo parecido —si no lo mismo— a esa idea de la ventana, desistí de continuar con ese contrapunto de caricias y de miradas; en tanto pudiera yo soportarlo, no habría de entrometerme más en esa ceremonia por medio de la cual ella se hablaba ocultamente a sí misma. Tan solo me dedicaría, morosamente, con la parsimonia de un fantasma acostumbrado a los tiempos de la eternidad, a deleitarme con la belleza de su cuerpo magnífico. Si después algo tenía que modificarse, el temblor de los hilos que a ella me unían habría de indicármelo.

Había llegado al centro de las pantorrillas; más abajo las marcas de mis mordiscos se encimaban desordenadamente y sus bordes  aparecían ya un poco más oscuros. Sin separar mi rostro de las piernas miré hacia adelante; desde la profundidad de la espalda su cabellera irradiaba un brillo escarlata, delante del cual sobresalía un horizonte perfectamente redondeado. Me levanté un poco; ella sintió que me separaba y sus piernas se apretaron. Cuidando de no mirar el espejo, que continuaba frente a su rostro, empecé como si fuera la última vez a recorrer con la mirada la extensión de su cuerpo, que ante el ángulo restringido de mi visión parecía interminable. Pero así y todo no logré llegar siquiera a la cintura, pues mi vista fue retenida —casi diría: fijada— por la visión de sus nalgas, que resplandecientes de blancura se entrechocaban suave, delicadamente, idénticas a dos lunas que sin ninguna convicción de triunfo, sin necesidad, por puro juego, se hallaran entretenidas en la disputa de un límite. Hechizado por esa imagen, a la que no obstante estar allí desde un rato antes ahora yo me enfrentaba, llevado por el instinto de histrión, con los ojos asombrados de un aparecido, permanecí absorto durante unos minutos. Luego algo se movió en el espejo y entonces, reaccionando, sentí que mis manos se adelantaban y que mi rostro se dirigía hacia las piernas, en cuya estrecha y sinuosa línea de separación inserté la lengua para recorrer a la manera de una cuña la distancia que me separaba de esas lunas que mis manos cubrían. Sostenido por el estremecimiento de la chica, llegué por fin junto a mis manos, donde tras el primer husmeo demorado y profundo de reconocimiento, experimenté algo así como una salida del tiempo. No fue una cosa muy definida en realidad ni ocurrió con demasiada nitidez, pero recuerdo que cuando me disponía a comenzar una exploración más precisa de esas formas amasadas por mis manos, fui de repente asaltado por una oleada de voluptuosidad tan intensa, que después de verme obligado a entrecerrar los ojos y a gemir, debí, además, en un estado casi de inconsciencia, echarme de bruces sobre el cuerpo de Corona. Y fue también ahí, mientras hurgaba, besaba y mordía, cuando empecé a notar que las sensaciones extraídas de ese frenesí me llegaban muy poco diferenciadas y con una cierta amortiguación, como si mis sentidos, después de entremezclarse en esa repentina embriaguez, hubieran recibido asimismo de esta la vaporosa liviandad de un extrañamiento. Algo semejante a un baño tibio, a un vapor extraordinariamente espesado envolvía y aislaba cada una de mis percepciones, y cada vez con más precisión yo sentía que mi conciencia se iba sumergiendo en un vacío de afelpadas paredes, al que mis manos, lejanas y todopoderosas, hacían oscilar muy suavemente; luego todo se oscureció y siguiendo a cada sensación las percepciones se hundieron igualmente en ese abismo.

Por un momento me sentí perdido. Pero un momento después, apenas contactado con ese punto de frontera, advertí que en un relámpago comenzaba a desandar lo ya experimentado, para reaparecer al final nuevamente dueño de mis sentidos y de mi voluntad. Una cierta sofocación me oprimía el pecho y tenía doloridas las mandíbulas. Respiré hondo y sin atender ningún propósito miré con ansiedad el espejo. El rostro de Corona, que ni pestañeó al yo moverme, aparecía embellecido con un hieratismo que, a pesar de la naturalidad con que lo exhibía, se adivinaba provisional, ya que cada tanto un temblor ligero hacía que sus rasgos dieran la impresión de estar soportando —mejor: resistiendo—, malamente, las sensaciones que al parecer todavía ahora sus sentidos continuaban recogiendo de mis embates anteriores. Un hormigueo paralizante empezó a invadir mis miembros en tanto la observaba, por lo que antes de perder el dominio de ellos, y pensando en una larga y subrepticia contemplación, aparté las manos de sus caderas para sostener mejor mi cabeza. Pero entonces, cuando terminaba de acomodarme, ella me miró. Así, sin preámbulos, con la naturalidad más encantadora, sus ojos se posaron de pronto en los míos, que parecieron teñirse de azul. Un estremecimiento vigoroso sacudió de inmediato mi cuerpo aletargado, y empujada por el remezón del impacto mi cabeza empezó a adelantarse lentamente.

Pero cuando apenas había recorrido unos cuantos centímetros, en el espejo se produjo una modificación. Fue algo fulminante, un golpe de mano dado por la chica, que súbitamente y luego de levantarlo un poco, inclinó el espejo de tal modo que la imagen de su rostro, tras diluirse en el barrido del movimiento, fue sustituida abruptamente por la de sus nalgas. Algo cedió debajo de mí al ver esas formas que exhibían la pátina de mis besos, y con el ahogo de una caída y sin dejar de fijarme en el espejo me derrumbé otra vez sobre su cuerpo. El cristal vaciló un instante y luego apareció en él la imagen de mi rostro, cuya palidez se confundía con la blancura de la piel femenina. Una línea encarnada rozaba mi mentón. Bajé la vista; era una hebra de cabello. La tomé con los dientes y tiré hacia mí; la cabeza de Corona se inclinó hacia atrás y su frente se insinuó en el espejo. Tiré un poco más; ella respondió con otro tirón que hizo escurrirse a la hebra de entre mis dientes; después acomodó el espejo para que me devolviera el reflejo de mi rostro apoyado entre sus caderas. Para esquivarlo llevé la cabeza a un costado; el espejo me siguió. Iba a inclinarme hacia el otro lado, pero antes de que comenzara el movimiento ya el espejo se deslizaba hacia allí, iniciando un juego pendular al que me plegué dócilmente y que sólo interrumpí al sentirme mareado. Al reponerme levanté la cabeza para buscar el espejo; estaba en el centro, inmóvil y todo él ocupado con la imagen de las nalgas, que se presentaron a mis ojos clarificados con el aspecto tentador de unos frutos recién pulidos. Ante esa visión sentí de improviso que el adormecimiento de mi cuerpo crecía hasta dejar libre nada más que mis ojos, los cuales, un tanto emancipados de mi voluntad, se dirigieron para un vistazo comparativo hacia las formas verdaderas que estaban abajo; cu-riosamente, la impresión que estas causaban era muy inferior a las del espejo. De nuevo con la vista en el óvalo de cristal, que parecía solicitarme con un titilar suave, me quedé perfectamente quieto; pero el empuje de una fuerza repentina, similar al crecimiento de una marea, comenzó sin embargo a empujarme hacia él. Yo no percibía ningún movimiento por parte de mi cuerpo, pero sí veía, con el sentimiento apaciguado con que se ingresa en un ensueño, cómo el espejo se acercaba a mi rostro. Cuando estuve junto a él, aparecieron imprevistamente mis manos para aferrarlo y ayudar a mantener el ángulo que permitía aquella visión; luego, al igual que lo había hecho con las genuinas, me puse a besar y a refregar la cara contra las formas que se reflejaban en el espejo.

Al principio, por supuesto, la sensación de una imposibilidad ganó mi conciencia; pero después el sabor que todavía perduraba en mi paladar, en unión con las imágenes recientes que se reproducían detrás de mis párpados entrecerrados, lograron no solo que la ilusión a la que me lanzaba perdiera su carácter de absurdo, sino que enseguida, y como para reafirmar mi entrada en una dimensión nueva, me obsequiaron además la impresión de atravesar el plano de resistencia que ofrecía el mágico cristal. Así, entonces, inmerso ya en los límites indefinidos de la sugestión, sentí cómo tras vencer esa línea de defensa mi rostro se amoldaba dichosamente a los muelles contornos femeninos, que ahora, embellecidos aún más con la libre perspectiva del sortilegio, se insinuaban capaces de saciar cualquier aspiración. Después, mientras figuradamente me unía, del otro lado del espejo, con besos y mordiscos a esa suerte de arquetipo, experimenté el sentimiento de ser acogido por una profundidad oscura y acolchada, cuyo roce, si bien tendía a difuminar las sensaciones por mí recogidas, me brindaba no obstante, luego y a lo largo de mi deslizamiento por sus paredes, una concentración, una versión quintaesenciada de esas mismas sensaciones. Era una especie de descarga de filamentos muy delgados y penetrantes lo que yo recibía en ese tránsito por una oscuridad creciente, y tenía como consecuencia que mi cuerpo, ante cada uno de esos puntos de impacto rebosantes de un muy sutil placer, parecía expandirse de una manera desmedida.

Acaso por ello mismo —aunque el amago de un titubeo se insinuó en mi ánimo ante la impresión de una metamorfosis tan fantástica— no fue para mí una sorpresa advertir, cuando al fin me asenté sobre algo semejante a un fondo y mis flancos se hamacaron allí con cierta majestuosidad, que de aquella expansión y del suave ondular de este sostén nacía, para suplantar en mi memoria el recuerdo de lo que había sido mi cuerpo, la imagen de una barca recién fondeada. Efectivamente, no fue más que un breve intento de discusión lo que debí franquear antes de sentir que me integraba a esa personificación marina, que, para mi asombro, no bien acababa yo de aceptar, empezó a ennegrecerse. En realidad fue un oscurecimiento súbito lo que allí se produjo, pese a lo cual no dejé de sentirme sostenido por el piso que seguía ondulando suavemente. Luego este pareció abrirse un poco y una presión apenas perceptible me sumió en una inmovilidad poco menos que absoluta. Expectante y sumiso, aguardé unos momentos, hasta que de pronto, como para que me enterara de dónde provenían las sensaciones de voluptuosidad que no cesaban de prodigarse sobre mí, el sombreado se adelgazó y perfilándose un poco más atrás apareció la figura de un autómata, de un fantasma de mí mismo que golosamente se dedicaba a escarbar el cuerpo de una mujer. La imagen, pequeña en el inicio, creció bastante, pese a lo cual no pude echarle sino un vistazo, pues al unísono con ese agrandamiento una oleada de sensaciones o, para precisarlo más, una sensación, compuesta —tal me pareció— por todos los momentos de erotismo que yo había experimentado en mi vida, asaltándome salvajemente hizo que perdiera la capacidad de visión por un momento. Cuando logré zafarme de ese abrasamiento delicioso, la imagen de mi doble había desaparecido, pero en su lugar comenzaba a insinuarse el rostro de una mujer, en cuyos rasgos, vacilantes y con todo perfectos, alcancé a reconocer la presencia espectral de cada una de las mujeres relacionadas eróticamente conmigo en el pasado, las cuales se superponían liviana, vaporosamente, deseosas al parecer de aportar sus atributos a la belleza ideal de ese rostro que no terminaba de precisarse.

Sin resistir la ansiedad que me producía el pensar que tal vez ese espejismo nunca acabaría de constituirse, y por eso mismo antes de que un último temblor se lo llevara para siempre, hice un intento desesperado por acercarme a él. Me concentré para ello con toda la fuerza de mi voluntad en la idea de avanzar, y aun cuando no me resultó fácil desasirme de esa rémora, que además de sustentarme me retenía con firmeza, finalmente logré sentirme libre; así y todo me adelanté con prudencia, mirando fijamente esas facciones cada vez más trémulas. Pero de golpe, cuando creí que mi cercanía empezaba a fijarlas, la silueta vaciló y su interior, plegándose sutilmente, se convirtió en algo así como un cortinado cristalino, detrás de cuya transparencia temblaba el contorno de otra cabeza. Instantáneamente la exaltación de un presentimiento rasgó la empañadura de mi vista, y entonces, mientras las sombras circundantes se dispersaban y Corona, ávida de gozo, reaparecía revolviéndose boca arriba bajo la presión de mi cuerpo, en el espejo (que una de mis manos empuñaba) apareció, igual al fondo postrero y asombrado de todas esas quimeras desvanecidas, la imagen de mi rostro. No mucho más de un segundo duró sin embargo esa visión, pues de inmediato, semejante a una clave que se deja apenas entrever, el óvalo fue consumido por la oscura profundidad que se abría detrás de la imagen y que antes de plegarse del todo aún le permitió a mis pupilas recoger un atisbo del ambiente en el que me movía. Zarandeado y confundido por todas esas estampas finales que se entreveraban en mi ánimo ya desfalleciente, sentí a continuación que me curvaba hacia lo alto para después, acompañado del sonido de un suspirar lejano y con la impresión de un anegamiento, derrumbarme sin apelación en la oscuridad del sueño…

No sé cuánto tiempo pasó hasta que el ruido de un portazo vino luego a rescatarme del desmayo. Presumo que no mucho, pues aunque me hallaba solo y echado de bruces sobre el manto, en el ambiente todavía perduraba la atmósfera creada por mis juegos con la chica, que entretanto había abandonado el lugar como el personaje de un sueño: la irradiación de su presencia era todo el rastro que había dejado allí.

Menos sutil o, si se prefiere, más débil, yo tenía en cambio debajo de la cintura el pantalón mojado. Al notarlo giré hasta quedar de espaldas, contraje el estómago y pasé una punta del manto por debajo de la prenda para secarme. Después, apoyado en los codos, me puse a mirar hacia la entrada; oscuramente esperaba, o ansiaba, oír que la puerta volvía a abrirse. Pero ello no ocurrió. Iba a levantarme cuando reparé en que el espejo seguía en mi mano. Lo observé un momento, con una sensación indefinible, y luego, sin furia, solamente por la curiosidad de ver el resultado del impacto, lo arrojé contra una pared; el cristal se separó del marco y al dar contra el piso se hizo añicos. Tras esto me tomé de la telaraña para incorporarme. Al mover las sogas un papel cayó al suelo. Lo levanté y, encima del texto impreso, escrita con un lápiz de cejas, mis ojos deletrearon esta palabra: Adiós.

De El comediante

Antigua Librería de Marie Roget, Buenos Aires, 1995

METZENGERSTEIN, Buenos Aires, 2023