COMO SALMOS

I

Difícil, Señor (quienquiera que seas), difícil obra

en el principio emplazar la anomalía del resplandor

en el testimonio muy apretujado de las tinieblas y,

dulce al sueño de tus pupilas, abrir luego

un perenne favor de luz al husmeo de tu albedrío.

¿Y no puedes apremiar de claridades

 el agua negra del odio?

¿Desgarrar esas fundas donde el corazón,

como temiendo debilitarse en la gracia,

confina su simiente de fraternales castas?…

Difícil, Señor, ubicar en su destino

a las aguas de arriba y a las aguas de abajo

y en la seguridad de su azul al cielo.

Difícil asignar luego sus embalses

a las terrestres aguas y dominar,

toda sustancia de voluntad tu mirada,

el lento erguirse de los continentes

con sus bordes mutilados. 

¿Y no puedes cesar las torsiones con que la tierra

 rasga a veces el casco amable de los suelos;

con que trastorna la sumisión de las mareas

al familiar ritmo que las bautiza?

¿Cesar la temporada del huracán,

el verterse inútil del alud;

cesar, sobre la loza de cada océano,

la jactancia con que empinan ante la nave

sus flexibles espinazos los tifones?…

Difícil, Señor, insertar en la grieta del cascote

una sabiduría de germinaciones;

convenir, con las arenas, el injerto de las frondas

y la bienvenida al fruto colonizador.

Difícil desunir el día de la noche,

sujetando en un muy grande nudo

los hilos del relámpago.

Difícil, desunir la noche de la noche

con la piedra satélite donde renace en círculo

la luz muerta del día. 

¿Y no puedes agostar los brotes

con que el árbol aclamado de la ciencia

le asegura una mejor sombra a la muerte;

quebrantar sus fundaciones de violencia,

su consagración de los inventos 

que deshonran el sueño del niño

acerca de empresas humanas sin maniobras

con el mal?…

Difícil obra, Señor, esa mano pálida del cardumen

de pronto entre el oleaje; la sedosa incisión del ave

cuarteando los aires; la fiera (móvil espina del terror)

acompasando sus pigmentos con los desiertos

y las junglas.

Difícil la pluma del gallo y su fanfarria

sobre las puertas de la mañana. Y difícil, muy difícil,

allá donde mejor define sus azules el mar,

la holgura girante del leviatán.

¿Y no puedes derrumbar el alcázar donde discierne

su más conveniente disfraz la justicia;

la celda con su nicho a medida del santo;

la mesa en donde los autoritarios del oro

fijan el calendario de sus depredaciones?

¿No puedes sofocar el léxico con que retiran,

del humano candor, su rapiña de crédito

los grandes embaucadores; ahogar, y desviar después

hacia avanzadas de vuelo más noble,

la marcha de los tambores

que apacientan en el número al hombre?…

Difícil, Señor, oh qué difícil, Señor,

la dilatación en carne y hálito y según tu imagen

de un cieno hostigado por la ráfaga.

Difícil en verdad Señor ese tu ardid magnánimo,

y difícil, enseguida, ese sonreír de tu genio,

la compañera como contagio de dulcedumbre

y de afirmación para los días en su lugar incierto…

¿Y no puedes, oh Señor, no puedes, finalmente,

darnos cuanto menos  la comprensión de aquellos

lados rotos de tu obra, de aquellos como abscesos

 de una nada acometida por las fiebres

de la animación?…

¿No puedes confiarnos de una vez, netamente,

con el prestigio de una forma, de un símbolo

ante el cual se inmole la mera palabra, el porqué

de esas agonías cuyo blanco ojo interrogador

parece cerrar siempre el silencio

que cae de tu ángulo?…

La tierra espera, Señor. La tierra, Señor (quienquiera

que seas), espera y ¿sabes? algo de ti muere

una y otra vez para ella en el entretanto.

II

Ah, Señor, ¿qué es este sueño del existir

en que lo vivo debe siempre sucumbir

en favor de lo vivo, este tránsito

donde cada existencia no es sino una embestida

en favor de alguna especie de muerte?…

¿Qué es este errar de lo viviente, todo esquive 

y todo dentellada, qué estos estertores modulando,

todo impotencia y todo continuación,

la rabia triste de los muertos?…

Algo, Señor, en tu reino devora siempre a algo,

algo siempre dilata, obsequioso, la garganta ubicua

del ágape: las fauces de la jauría, por caso,

resquebrajando por las noches,

en las pupilas del gamo o de la cebra,

ese como perfecto vidrio de la luna reflejada;

o los aguijones y su rango de fulminación,

hurtándole el sueño de selvas a la criatura dormida

en la concavidad de las horquetas;

o el ritmo del matarife, en marcha de cuchilladas

por sobre el suelo empapado de los mataderos…

Y lo oculto, Señor, lo parásito participando

en los claroscuros de esa alianza,

acompasando, en esa ronda de apresamiento,

ya su zarpazo en la entraña de la fiera,

ya su mordida en los bordes de la matadura…

¿Por qué esto, Señor? ¿Por qué deben ser

los atardeceres solamente el cansancio de aquello

que no soporta ya más agonías; y cada amanecer,

luego, el grito sin voz de una congoja

cuyo dilatarse halló también al fin su límite?

¿Y en qué desfallecimiento originario, Señor,

en cuáles renuncias tu asentimiento a esa licencia,

a ese método siguiendo cuyo orden

la vida se devora para construirse?

¿O es acaso esa misma vida, es acaso el mundo

tu carne y tu sangre?…

Señor: ¿somos entonces nosotros, es la mordedura

de lo viviente contra lo viviente aquello con lo cual

te restauras y animas?

¿Es la muerte violenta de todo ser la hostia

con que te incorporas el nutricio fondo

en que lanza la continuidad su grito?

¿Es Dios nutriéndose de Dios tu secreto?…

¿Señor?…

III

Danos, Señor (quienquiera que seas), danos todavía

pasión de vivir luego que nuestro ojo quemó

la inocencia en que se dilataban las metas

de los afanes nuestros.

Danos la gentil desmemoria de las aguas

para excavar ventanales de deseo

en el recodo donde espesa el conocimiento

la corriente de los futuros y de la acción.

Porque meramente vivir es ya saltar sobre abismos

y porque débil es el ánimo que se nos otorgó,

repara, Señor (quienquiera que seas) repara

los borrones ejecutados por la lucidez

en ese reino de días fuertes y altas razones que,

provista de nuestro fervor y para las venideras

jornadas, la ilusión se obstina en prometernos.

De Como salmos (Veintiséis poemas)

METZENGERSTEIN, Buenos Aires, 2013, 2014