Una carta de Pascal a Rimbaud
Mi querido señor Rimbaud, me pide usted (de todo corazón
y, como subraya en su carta, tras mucho meditarlo,
una meditación cuya intensidad según dice lo llevó a sentir
que no era usted quien sopesaba este acercamiento a mí,
sino otra persona, que usted no era usted), me pide una opinión
sincera, “de gente que no ama la vida sedentaria”, acerca
del breve texto que me envía. Yo… bueno, no yo, digamos
más bien la vida sedentaria, me ama a mí, y aun así verá usted
que no es sinceridad lo que me falta; acaso me sobre.
Pero en fin, no es ese el punto. Vayamos a este.
Dice usted que el poeta se hace vidente por un largo, inmenso
y razonado desarreglo de todos los sentidos. Que todas
las formas de amor, de sufrimiento, de locura, él mismo las busca,
agota en él los venenos para no guardar sino las quintaesencias.
Inefable tormento que requiere toda su fe, toda la fuerza
sobrehumana, y por medio de la cual acaba por ser entre todos
el gran enfermo, el gran criminal, el gran maldito — y el supremo
Sabio!…
Eso dice, y antes de afirmar algo yo me apresuro a declarar
que todos los poetas tienen razón. Pero hay, con todo, otras
razones. Permítame declararle la mía — que no es de poeta,
como sabrá.
Bien: ¿Y si ya en el principio el poeta fuera alguien que en vez
de dedicarse a demoler el orden de todos sus sentidos,
tratara más bien de armonizar esos desarreglos que ocurren
en su interior al irrumpir en el mundo, de poner a salvo
el papel todavía blanco de su alma de todas las salpicaduras
de fuego y barro que ciertas bocas de quimera ofrendan
a ciertos recién llegados? ¿Si intentara acompasar una existencia
como nutrida de libertades con injertos de un ánimo
distinto, una existencia como animada por licencias
de armonía y gracia, a la densidad adulterada que le sale al paso
apenas trata de hallar la senda y la voz que habrán de guiarlo
hasta la tienda donde instalará su vida?… ¿Desbaratar
sus sentidos?… Ah, creo que es este un lujo de césar al que no
puede, al que no debe acceder, ya que son esos sentidos
los que habrán de concebir las coordenadas que lo ubicarán después
en el mapa de sus percepciones, y también construir el astrolabio
con el cual aislar la estrella que ensancha y facilita las travesías.
En cuanto a las “formas de amor, de sufrimiento, de locura”,
no creo que sea el poeta (de nuevo: no debería ser) quien
las busca, sino que más bien son ellas, euménides de ojos ciegos,
quienes lo persiguen; el poeta, me parece, si algo busca
es justamente sustraerse a ese acoso rastreador. Porque ahíto
y dañado por las pócimas acrisoladas de aquellas formas,
su genio destilaría coagulados brebajes en lugar del elixir
con su bien arreglada fórmula de imágenes, de cadencias,
de consonancias… y aun de esas disonancias con que
se manifestarían los ahogos de su experiencia vital.
Una huida, si queremos, pero una huida para propiciar
la videncia más excelente. E inefable tormento, sin duda,
pero porque en la persistencia de esa evasión la niebla
acaba por desgarrarse y el poeta, como en lucidez de madrugada,
entiende que es de su removida turbación y de los filones
de su premura de donde, por una suerte de contrahecha
fatalidad, obtiene y renueva su vigor y sus filos todo eso
que su voluntad anhela ver convertido en una entidad
sin presencia ni peso, retrasada allá, tras los iniciales
promontorios de la senda. Pero tanto más huye, tanto más
lo comprime, por irrevocable y punzante destino de poeta,
el abrazo perjudicial de esas formas. Y al final queda
acorralado: cría de oso sobre alfombra palaciega.
Pero —fíjese usted— es en ese momento cuando el poeta
debe volverse y, entretanto la niebla se recompone,
abrazarse en batalla a sus perseguidores. En batalla,
pues de lo que resulte dependerá al fin ser entre todos,
como dice usted, el gran enfermo, el gran criminal,
el gran maldito, o el supremo Sabio.
Que Dios lo guarde.
De La profecía la hará Merlín (Poemas, enero – marzo 2021)
Inédito