El segundo infierno

Todo cambió aquel día, cuando en el barro de la senda

apareció la nueva huella. Era solamente un primer paso,

pero ya la hormiga decidió dar un rodeo y ningún pájaro

se atrevió a beber el poco de agua en ella juntada.

Desde las alturas arboladas descendieron vistazos

procurando discernir qué detalle, qué fermento

de esa llaga difundía tan presto en las conciencias

una como narración de futuros días dolientes,

los anticipos de una turbulencia cuyos cortantes remolinos  

rebasarían inmensamente esa libertad de muerte, esa ley

de dentelladas y de asaltos que en los vapores aplanados

de la gran tina inicial la vida acordó consigo misma

— una ley que era como el rostro maternal

en el que cada criatura hallaba la expresión que le comunicaba

(ensueño con saciedades de consolación) que tan solo

con semejantes alas podía la existencia

alcanzar el punto de distancia fecundo donde se aúna

el estertor con la respiración nueva.

Fértiles eran por ello ahí en cada día y en cada noche

los regresos de la individual aniquilación, de las horas

anclando su vacío en la indolencia de las sangres salpicadas;

fértiles también los derrumbes que en encantaciones

de tempestad cubrían la ilusión primaveral;

fértiles la reaparición de las rojas raíces líquidas del volcán

y los coros de mar instalando ecos en la piedra fácil del acantilado…

Fértiles y desquiciadores y expulsados de la piedad,

pero sin contraseñas de traiciones ni modales de embuste,

sin codicia en los ganchos de la zarpa ni en la espina

del colmillo, inocente, con los ojos siempre mostrados,

el botín solo para darle pasos a la atascada vigilia del hambre,

los acopios solo para creer en la próxima estación.

Ningún cálculo, ninguna aversión, el rugido

menos como trueno de triunfo que como palabra

de expiatoria plegaria. Medida de cándida nutrición

y de tornasoles de cortejo y de umbrales con el paso

murmurador de lo naciente era entonces el tiempo.

Tierras, aguas y hasta el pecho traslúcido de los cielos

repetían cada uno a su modo este sí con el que la existencia

aplacaba los hostigamientos de una implacable

y rebotante voluntad.

Una página con los incidentes de un mito todavía sin mal

parecía el mundo. Una página en la que de pronto,

como un índice de quebrantos, se agregó la nueva huella.

Esa huella ante la que todo quedó suspendido aquel día

y en cuyo interior yacían  — agua ahogada en agua — los caudales

todavía empañados de una primera lágrima: aquella que formó

el instinto en el ojo de un mundo sin experiencia de llantos.

De La profecía la hará Merlín (Poemas, enero – marzo 2021)

Inédito