CINCO POEMAS NORTEAMERICANOS
NOTA: Se reproducen aquí tres de los cinco poemas.
(Estos cinco poemas pertenecen a un grupo de diez que hallé en noviembre del 2020 en un sendero apenas transitado cerca de la universidad de Berkeley, en California. Impresos en un papel común, aparecían enrollados y sin ningún dato de autor; seguramente el resultado de una desaprensión de estudiante. Luego de leerlos, pensé en algún Nobel americano reciente o al menos (y utilizo el plural ya que era evidente que no se trataba de un único autor) en esos candidatos y candidatas de esa nacionalidad y también canadienses que siempre se mencionan en relación con aquel premio. Pero nada hice para verificarlo.
Unos días después, incitado por lo curioso del hallazgo y otro poco por espíritu de juego, resolví traducir algunos de ellos, y hacerlo sin ninguna averiguación previa, es decir como si se tratara de unos textos anónimos; luego me ocuparía de investigar acerca de la identidad de sus autores y de unas eventuales traducciones previas. Así lo hice, por supuesto, pero mis trajines de investigador no consiguieron dilucidar nada; ninguno de los poemas aparecía en los muchos libros que consulté ni —y esto era más revelador— en la red. Consideré entonces la posibilidad de que se tratara de unos trabajos inéditos y afiné mi rastreo. Una quincena después sabía ya (confirmando mis suposiciones iniciales) quiénes eran las celebridades que habían escrito los poemas. Sin embargo, en atención a la brevedad de explicaciones que estimo pertinente aplicar en esta introducción, debo omitir la descripción de los pormenores que continuaron a mi pesquisa y que me autorizan además a ofrecer ahora aquí, con toda libertad, el resultado de mi trabajo; y a hacerlo sin nombrar a nadie. Quizá esa sensación distinta que nos transmite la lectura de un texto anónimo alcance para sustituir cualquier curiosidad al respecto. O para alentarla a emprender una de esas siempre gratificantes indagaciones intelectuales. En estas suposiciones me amparo.)
I. Un punto de luz
Aquel día mi alma se detuvo junto a un muro.
Porque sí.
El sol, con inocencia, como quien reparte
reproducciones más o menos imperfectas de sí,
le arrojó naranjas,
amargas ya al tacto y lacerantes
como esas caricias que llegan desde el deseo
de unos hombres que devolvió la guerra.
Humana, sintió mi alma como un temblor de fuga.
Era en realidad su obligación evitar
aquel asedio amarillo y abusivo,
buscar refugio sin cálculo alguno,
sin elección,
aceptar, por ejemplo, la gracia ofrecida
por ese bar donde un hombre negro,
con las trazas de quien arrojó sus ilusiones
a un zanjón,
mascaba solitario una última aceituna.
Amé esa huida.
Amé después escucharme decir,
como con una voz de soul,
que era en verdad
una rebelión
contra ese pulso demasiado espeso y seductor,
ese tacto inapropiado, invasivo, con que la vida
hurga en nuestro interior
procurando un desmayado sí .
¿Y no esto, acaso, esta resistencia
como de oriental invadido,
darle a nuestra vida la posibilidad de encontrar
el soportable punto de luz que nos permitirá,
criaturas obnubiladas en sembradíos de centeno
y de maíz,
por fin ver,
por fin ser?
II. La mente en una caja
Un día (era la niñez)
imaginé que introducía mi mente
en una caja
y salía a caminar.
Era de mañana
y la caja había guardado bombones,
regalo de mi padre a mi madre
a la vuelta de una de sus vueltas de viajante.
Sentí un soplo de dulzor
y después un cielo con oscuridad de betún
se derrumbó sobre mí como una piedra
sobre un destino de hormiga.
O de araña. O de excursionista en Colorado.
Pronto el vaivén de la marcha (sostenía la caja
contra mi cintura) dibujó en mi conciencia
la silueta de un hoplita de comic
con la espada machacando sus flancos.
Una sensación de riesgo me embargó.
Sabía que caminaba pero no sabía cómo ni por dónde.
Era mi cuerpo quien decidía.
El mapa de mi calle
adquirió pronto una redondez de globo terráqueo,
y en esa transformación bien podía estar yo pisando ya una cercanía polar
o nada más que los comienzos del jardín de Mrs. Pollock
(el tener la mente secuestrada en una caja, pensé,
le debe de dar a quien avanza todos los puntos del mundo y ninguno).
Recordé a mi madre,
quien al comenzar yo mi aventura comía su ensalada de frutas
de media mañana mientras leía una versión abreviada
de La Odisea.
¡Vaya odisea, pensé, caminar guiada
por el mismo caminar y tan ciega y acaso tan torpe
como el pobre Polifemo! (Cuya figurada vida amorosa
me gustaría escribir alguna vez.
Figurada.
La mía lo es, si lo pienso bien.
Y, si lo pienso todavía mejor, la de todos: un Picasso, el amor.
Por eso solamente con imaginación o en sueños
puede recomponerse la silueta destartalada…)
Pero vaya odisea, decía, vaya peligro al que estaba exponiéndome
aun teniendo la edad que tenía:
la edad americana es una edad de adulto frente al policía,
que se sabe: suele disparar por las dudas,
para enterarse luego, junto al cadáver, de qué se trataba.
(¡Oh tiempos de Aquiles y de Héctor… Qué lujo mitológico,
por así decir, tenerlos a ellos de uniforme en la patrulla
comiendo sus hamburguesas!)
Pero continuaba, sin embargo, es decir mi cuerpo continuaba,
y entretanto ruidos de vehículos, palabras, risas, ladridos, los “Sir”
siempre fariseos del policía al transeúnte, la charla
de la dama madura con la dama madura (“¿Te enteraste, darling?
El último año aumentó un veinte por ciento la entrada de latinos
al país”. — “Sí. Es que tenemos el oro y la serpiente pero nos falta
la pirámide. La azteca. Oh, y la maya”.), aun el roce de la caja
con mi ropa, llegaban a mi mente como telegramas sofocados.
Volví a pensar en mi madre y en su Odisea reducida.
Tal vez Odiseo había logrado ya escapar de la cueva del cíclope.
En cualquier caso, yo lo había hecho, o para mejor decirlo,
para hablar con sinceridad, en ese punto de mi propia e imaginaria
Odisea no sabía ya bien si estaba abandonando una cueva
o si estaba entrando en ella, la cueva de la vida
con sus escalones escalonados
arbitrariamente, arbitrariamente,
esos escalones que mi cuerpo transitaba mientras palabras
y diálogos —en lenguas extranjeras, ahora— seguían llegando
hasta mi mente como para informarme del trayecto,
un trayecto en el que pronto volvieron a aparecer palabras
y frases en mi idioma y sensaciones y olores
y como un ruido continuado
de trenes de juguete tropezando en rieles rotos,
y un trayecto, una marcha que no cesaba, que me alejaba de la caja
y de mi hogar y me hacía alcanzar este lugar de tiempo y espacio
donde escribo estas líneas, donde me despido
de aquella mente guardada en la caja y pienso que acaso
mi madre terminó su ensalada.
¿La Odisea? Oh, por abreviada que sea la versión,
eso nunca termina.
V. Los otros significados
Miro el cielo, donde una nube solitaria
parece esperar que alguien repare en ella
para esfumarse enseguida, y no puedo
recordar qué significa lo que llaman muerte.
No es que un magnífico detalle en el paisaje
pueda desordenar un concepto tan arraigado
o llevarme a decir, como sucede a veces,
que la voz de lo viviente alcanza siempre
las cumbres, mientras la otra no pasa
de suspirar su ruido de nada junto al oído
de quien acaba ya de instalarse
en las estrofas del calendario más extenso.
No es eso. Puedo cerrar los ojos, o aun
representarme una de esas escenas que instala
nuestro ánimo en un plano declinante
con su desembocadura en unas aguas negras,
unas aguas de gueto sin desagües ni salidas,
puedo hacer eso y ni siquiera así, en este momento,
logro recordar qué significa lo que llaman muerte.
Escucha: una vez, en la gasolinera, me dijiste
que lo que llamamos muerte es la vida de la vida,
el combustible cuya combustión nos trajo
a mí y a ti hasta este punto de la historia,
que fue la muerte lo que en realidad nos permitió, por ejemplo,
ver el asesinato de Kennedy; ver (antes, ahora, después)
a la niña desnuda huyendo de una infamia de napalm
(cuyo uso, discúlpame, sé que lo admiras, autorizó el presidente asesinado);
ver al hombre grabando la medida de su pie en los regazos espontáneos
de la luna (regazos —agregaste— donde pronto el brillante billonario
instalará su imbécil basura). Que fue la muerte lo que nos permitió
a ti y a mí destrozar, por un mal cálculo erótico, la base
semirrígida de un sommier de motel, escuchar la revelación
cuasi divina de Dylan (“The answer, my friend…”),
ver cómo Margarita (así la bautizaste), la avispa alfarera,
construía sus vasijas diminutas en el marco de nuestra ventana…
Eso dijiste y el resto de nuestro viaje por la autopista
transcurrió en silencio. Una gentileza de tu parte,
no preguntarme por la causa de mi abstracción.
Lo recuerdo todo, y ahora me digo que tampoco eso
tiene responsabilidad en este no acordarme
de lo que significa la palabra muerte.
No es eso, no es esto, no es aquello lo que borronea
en mi conciencia cualquier atisbo de respuesta.
Pero, ¿quiero saberlo acaso? Y todavía mejor: ¿no será
este olvido de algo tan culminante una cierta epifanía,
digamos así, una línea indicadora de hacia dónde
enfocar la atención?… No sé. Aun así, lo tomaré como
la insinuación de un mandato. Me apartaré del nivel
cimero de esa palabra y, con modestia, empezaré
a repetirme lo que significa la palabra agua, la palabra flor,
pájaro, libro, árbol, hombre, mujer, música, noche, sol…