Edgar Brau

EL OFICIO DE GULLIVER

Novela

(En 1998 E. B. escribió y publicó una novela titulada El último Viaje del capitán Lemuel Gulliver, en la que se narraba un quinto viaje del personaje de Jonathan Swift. En 2012 decidió escribir una nueva versión y agregar a su trama una cantidad considerable de situaciones y personajes —como el oso hormiguero Tito—. La obra, cuya extensión se amplificó de 150 a 350 páginas, fue publicada como e-book en el año 2014 con el título de El oficio de Gulliver.)

NOTA: A continuación del Contenido se reproducen en esta página web los siguientes tramos de la novela: Cuatro capítulos de la primera parte; los tres primeros dan cuenta del arribo de Gulliver a esa fantástica isla y de sus primeros contactos con sus habitantes; el cuarto (el capítulo XIII en la novela) describe el modo en que salva la vida de un oso hormiguero, a quien bautiza con el nombre de Tito y a quien enseña después a hablar. Continúa un capítulo intermedio de la segunda parte (Informe sobre Incognitahriah), cuyo tema es la medicina y su título Temor y Temblor. Y por último el capítulo XII de la tercera y última parte, en el que se describe la visita de Gulliver y de Tito a un gigantesco hospital para enfermos mentales excavado en un glaciar (la Casa de Alienados Irrecuperables), donde son guiados por un poeta algo excéntrico llamado Míster V y donde se encuentran, entre otros personajes reales y de ficción, con Van Gogh, con la dama del perrito chejoviana, con Adrián Leverkühn, con Nietzsche, Emily Dickinson, Wittgenstein, Rilke, Rimbaud, Pessoa, Whitman…

CONTENIDO

INTRODUCCIÓN                                                            

CRONOLOGÍA DEL CAPITÁN LEMUEL GULLIVER

PRIMERA PARTE

CAP. I. El Autor explica los motivos de su nuevo viaje. Algunos detalles de su paso por España. Filibusteros ingleses atacan su nave, lo embarcan en un bote pequeño y lo abandonan en el mar.

CAP. II.  El Autor llega a las costas de Incognitahriah cuando esta isla experimenta una de las habituales expansiones que continúan a las también habituales reducciones. Después de naufragar se encuentra con unos mastines y posteriormente con algunos habitantes, todos los cuales se desplazan con extremada lentitud. El Autor descubre y halla cobijo en una academia de inglés.

CAP. III.  El Autor se entera del fenómeno natural que por ciclos rige la isla y también de que un marino inglés lo ha precedido allí. El fantástico fin de este. El pueblo de Incognitahriah conoce al Autor, quien seguidamente es llevado a la residencia del Presidente.

CAP. IV. El Autor arriba a la residencia del Presidente, donde debe firmar un Acta de Compromiso. Detalles del Acta. El Presidente de Incognitahriah recibe al Autor. Las metamorfosis del Presidente.

CAP. V. Otros detalles del recibimiento. El Autor conoce al personaje más importante de la isla, quien brinda una exhibición de su arte. La historia de ese personaje.

CAP. VI. Continuación del banquete. El Autor conoce una danza llamada tahngoh. Accidentado final del banquete para el Autor, que es luego hospedado en la residencia del Presidente.

CAP. VII. El Autor recibe unas estampas que lo retratan durante el banquete anterior. Luego debe entregar su traje a LahRahpiñah o Grupo de Confiscación. Un error por parte del sastre retrasa la confección de su nuevo traje.

CAP. VIII. El Autor, luego de rendir examen de sus habilidades en el arte de la natación y de sortear la acción envidiosa de un maestro en ese arte, recibe un nuevo traje. Al visitar el despacho presidencial, el Autor dilucida cierto aspecto de la vieja cuestión romana de pan y circo. Por la noche tiene ocasión de conocer la Cruz del Sur.

CAP. IX. Descripción de Hbairehs, la metrópoli de Incognitahriah. Similitudes con la ciudad de Londres. Una historia de amor. La Hijahdeunahgransiete o Cruz del Bandido

CAP. X. Prosigue la increíble historia de la Hijahdeunahgransieteh. El Autor se enfrenta a un terrible dilema.

CAP. XI. El Autor participa del hecho cultural más importante de Incognitahriah. Un sueño del Autor o De Platón y la pelota. El Presidente sufre un acceso de ira.

CAP. XII. El Autor recibe en audiencia a las personas más importantes y distinguidas de la metrópoli. El origen de sus fortunas. El suave papel y la tableta excrementicia.

CAP. XIII. Continúan las entrevistas del Autor con las personalidades de la isla. Procurando hallar algo de profundidad en sus interlocutores, el Autor solicita la presencia de hombres y mujeres pertenecientes al pueblo. Decepcionado también con esas personas, se decide por una compañía animal. Sus conocimientos médicos le proveen un compañero inaudito.

CAP. XIV. El Autor estudia el lenguaje de los incognitahriohs. Por las noches se reúne con el Presidente. El Autor, iniciado en el uso del rapéh blanco, demuestra sus talentos musicales. El Presidente ordena que se anote y difunda una canción del Autor. Este conoce la historia del Presidente. Consideraciones nocturnas acerca de las inercias y las dinámicas políticas.

SEGUNDA PARTE

INFORME SOBREINCOGNITAHRIAH

Incognitahriah

La mujer ciega

El personaje en el papel

La riqueza de las naciones

Las guerras de Incognitahriah

Los micohs

El espantapájaros celeste

Temor y Temblor

La música de las esferas

El viejo y el gordo

TERCERA PARTE

CAP. I. El Autor, por causa de su imaginación vigorosa y sensible, sufre unos ataques de pánico. Preocupado por esa novedad, intenta remediarlo acudiendo a diversos tratamientos, todos los cuales fracasan rotundamente. El Presidente de Incognitahriah lo alienta entonces a utilizar rapéh blanco.

CAP. II. El Autor adopta el hábito de inhalar rapéh blanco por las razones más variadas. Tito, el oso hormiguero amigo del Autor, al tratar de imitarlo protagoniza un importante incidente. El Autor es víctima del Mal del Rapéh.

CAP.III. El Autor es internado en un Loquehroh Modehrahdoh o Casa de Alienados Recuperables. Se describen algunos casos y los métodos de curación. El Autor planea ciertas excursiones futuras. Cuando abandona el Loquehroh descubre que su canción lo ha hecho célebre entre la juventud de la isla.

CAP. IV.  De regreso en la residencia presidencial, el Autor se entera de que será agasajado con un banquete de bienvenida. Reencuentro con Tito, quien le manifiesta su asombro por el comportamiento amoroso de los humanos. El Autor lo ilustra entonces sobre ello con ejemplos tanto bajos como elevados que recogió durante sus viajes. Coloquios trascendentales entre el Autor y Tito acerca de tales temas.

CAP. V.  El músico más famoso de la isla interpreta la canción del Autor en el banquete con que se lo agasaja a este. La ejecución de la pieza musical produce una extraña metamorfosis en la apariencia de todos los presentes. Meditaciones del Autor acerca de la posibilidad de apoderarse de los espíritus mediante la música.

CAP. VI.  El Autor, tras salir en busca de Tito, que huyó del banquete a causa de la música que en él se ejecutaba, lo halla refugiado en la galería donde se exhiben las calaveras de los antiguos presidentes de Incongnitahriah. Impresionado por la visión de esas reliquias, el Autor parafrasea a un antiguo dramaturgo inglés. El Autor conoce al guía tuerto que habrá de conducirlos a él y a Tito hasta La Casa del Eco y la Casa de Alienados Irrecuperables.

CAP. VII.  Se inicia el viaje del Autor y de Tito. Al cruzar los límites de la metrópoli son atacados por los micohs. Para alejarlos, el Autor dispara su trabucoh, lo que provoca que el caballo del guía y los bueyes que conducen la carreta se desboquen. Más adelante se topan con un gauchoh, quien les relata, acompañándose con una guitarrah, las aventuras vividas luego de que el Gobierno lo obligara a abandonar su hogar y familia para ir a luchar contra unos diabólicos aborígenes.

CAP. VIII.  El Autor arriba a La Casa del Eco. Descripción de las instalaciones y del sistema empleado allí para proveerles a los jóvenes interminables sesiones de música. Cierto incidente ocurrido al estrenarse en aquellas instalaciones la canción del Autor, lo obliga a este a emprender una retirada expeditiva junto con Tito y con el guía.

CAP. IX.  Al abandonar La Casa del Eco, un temporal provoca el extravío del guía. El Autor y Tito deben abandonar la carreta y continuar el viaje solos y a lomo de buey. El hallazgo del esqueleto de un oso hormiguero propicia cierta escena shakespiriana. Antes de arribar a la Casa de Alienados Irrecuperables, el Autor y su amigo se cruzan con unos curiosos personajes, entre ellos una niña que habla con un gato que sonríe y un marino lisiado que les ofrece una valiosa moneda a cambio de avistar una ballena blanca.

CAP. X.  Mientras contemplan la Casa de Alienados Irrecuperables, construida en un gigantesco bloque de hielo que se asienta en un cráter todavía más grande, el Autor y Tito se desbarrancan, aunque sin consecuencias negativas para sus físicos. Se presenta un poeta para guiarlos por el interior de la Casa. Descripción del lugar y de algunos de los alienados que alberga.

CAP. XI.  Siempre guiados por el poeta, el Autor y Tito continúan su periplo por la Casa de Alienados Irrecuperables. El joven-escarabajo y el hombre-bestia. La sala de alienados “mediocres”. Discusión entre Tito y el poeta acerca de categorías de locura.

CAP. XII. Continúa el periplo por la Casa de Alienados Irrecuperables. Las grandes enamoradas y los hombres que pactaron. El pintor de girasoles. La sala de los filósofos y la sala de los poetas. El alma más grande. Una nueva caída del Autor y de Tito.

CAP. XIII.  El Autor y Tito regresan a la metrópoli, donde se enteran de la repercusión negativa que tuvo su viaje para ciertos sectores políticos. El Autor le comunica al Presidente de Incognitahriah sus intenciones de regresar a Inglaterra, pero este le solicita que posponga esas intenciones debido a ciertas razones de alta política. Otro sueño del Autor.

CAP. XIV.  La incapacidad del Presidente finalmente obliga al Autor a intervenir para destrabar la situación que le impide regresar a su país. El Autor se despide de Tito. Los incognitahriohs reciben del Autor, como legado, el conocimiento de  un nuevo deporte. Aclamado por el pueblo de la isla, el autor regresa a Inglaterra. Su nueva vida allí.

NOTA FINAL

GLOSARIO


INTRODUCCIÓN

La obra que se entrega hoy al público fue hallada en un lote de manuscritos ingleses pertenecientes al siglo XVIII, que salió a la venta en esta Ciudad de Buenos Aires no hace mucho. Escrita en unas hojas de un papel rústico y ya amarillento, presentaba en la cabecera de la primera de ellas, acaso menos como título que como nota informativa, la siguiente inscripción: Viajes – Un viaje a Incognitahriah – seguido del Diario del capitán Gulliver y de su amigo el oso hormiguero Tito, escrito en ciertas jornadas vividas en esa isla por ambos; luego, en la parte inferior de la última página y a manera de colofón, la firma de su autor: Lemuel Gulliver, primero cirujano y después capitán de varios barcos. El nombre Jonathan Swift no figuraba en ningún sitio.

Tras una atenta lectura del contenido, decidí presentarles el manuscrito a un par de renombrados calígrafos, quienes coincidieron en que el contenido de las hojas y el colofón habían sido escritos por la misma mano. (Un cotejo paralelo llevado entretanto adelante por mí entre la letra de los manuscritos y la de Swift, me indicó por su parte que no existía ninguna coincidencia entre ambos.) Después les remití copias del texto a varios expertos en Swift, tanto ingleses e irlandeses como americanos. Todos se mostraron impresionados por la similitud con el estilo y la forma de los Viajes de Gulliver, y todos, también, coincidieron conmigo en considerarlo una especie de secuela escrita por alguien para aprovechar el éxito de los Viajes, y que por alguna razón desconocida (quizá un amparo interpuesto por el propio Swift) no fue finalmente publicada en los días de su creación — algo que esos gentiles caballeros, como los hubiera llamado Gulliver, me animaban ahora a hacer, al menos en español.

Volví a leer el texto, y la idea de traducirlo y ordenar un poco los fragmentos que requerían esto, se fue insinuando en mi cabeza. Finalmente, alentado por el interés algo más particular que sobre ese asunto me demostró en una segunda carta uno de aquellos corresponsales, me decidí y comencé el trabajo. Por fortuna el relato poseía ya una estructura bien definida, lo que me ahorró esas exasperantes dudas que aparecen al tener que ordenar un texto cuyo autor no lo hizo; incluso el Diario que mencioné al principio (y que no se incluye aquí) estaba nítidamente separado del relato del viaje en sí. Únicamente en dos casos debí intervenir un poco más para otorgarle fluidez a la historia (que por razones desconocidas aparecía en esos tramos como una suerte de anotación casi taquigráfica) y en un tercero para introducir ciertas interpolaciones literarias y completar unas escenas que estaban apenas esbozadas. Se trataba, en el primero de ellos, de la descripción de lo ocurrido una vez cuando la isla de Incognitahriah (a la que ciertos fenómenos físicos reducen cada tantos años al tamaño de una tortuga) se comprimió y quedó cubierta en toda su extensión por un crucifijo de madera que el mar llevó a sus costas (solamente lo que pertenece a la isla se achica proporcionalmente) y que un retrasado mental halló y ocultó luego por miedo a que se lo confiscaran. En el segundo, de la narración del proceso que condujo a Gulliver a adoptar como mascota a un oso hormiguero, y de cómo este adquiere después y utiliza, de un modo que termina por rozar lo exquisito, el lenguaje humano. Las interpolaciones, en tanto, fueron incluidas en la Tercera parte de la obra, durante las fantásticas andanzas de Gulliver y de Tito, el oso hormiguero, por los alrededores y luego por las salas y las galerías del asilo de alienados excavado en el interior de un glaciar. El resto, según fue dicho, no precisó de mayores intervenciones.

En cuanto al título que decidí otorgarle, si bien su autor, como indiqué, estampó en el inicio la palabra Viajes y hasta Un viaje a Incognitahriah, me pareció, sin embargo, que con sus condicionantes particularidades esas denominaciones resultaban, cuanto menos, insuficientes para representar la variedad de lo contenido en estas páginas, un contenido que se produjo —como el mismo Gulliver lo afirma— por obra y causa de su “oficio”, esto es, de su condición de navegante y descubridor. De modo que tras un ligero cotejo entre varias posibilidades, no hallé finalmente mejor alternativa que permitir que fuera tal condición la que le otorgara su texto a esa inscripción de proa con la que cada libro promulga su identidad.

E.B.


CRONOLOGÍA DEL CAPITÁN LEMUEL GULLIVER

1667. Nace en Nottinghamshire, adonde sus padres, oriundos de Oxfordshire, se habían radicado unos meses antes.

1681. Estudios en el Emanuel College, de Cambridge.                   

1684. Aprendiz de cirujano en casa del señor James Bates, en Londres. Prácticas de boxeo en la academia de James Figg.

1688. Estudios de Física en Leyden.

1690. Médico de a bordo en el Swallow.

1693. Se establece como médico en Londres. Casamiento con Mary Burton.

1695 / 98. Médico de a bordo en varios barcos, con los cuales recorre Las Indias Orientales y Occidentales.

1699. A bordo del Antelope arriba a las costas de Liliput, cuyos habitantes no llegan a las seis pulgadas de altura. Vive allí y en Blefuscu durante dos años.

1702. Regreso a Inglaterra. Dos meses después se embarca en el Adventure.

1703. Descubre el reino de Brobdingnag, habitado por gigantes.

1706. Tras diversas peripecias en aquel reino y luego en el mar, llega en el mes de junio a Inglaterra. En agosto emprende su tercer viaje, a bordo del Hopewell.

1707. Viaje a Lapuda, Balnibarbi, Luggnagg, Glubbdubdrib y Japón.

1710. Regreso a Inglaterra. Cinco meses después parte como capitán del Adventurer.          

1711. Tras sufrir el amotinamiento de su tripulación, descubre el País de los Houyhnhnms o Caballos. Se topa allí con los yahoos, criaturas semejantes a los hombres pero cuya degeneración física y moral los condena a servir a los nobles equinos que gobiernan el país. Al aprender el idioma de estos y conocer sus costumbres, el capitán Gulliver se distancia cada vez más de los yahoos y luego, por extensión, del propio género humano, que a sus ojos en nada se diferencia ya de esos repulsivos seres.

1715. Considerado por los Houyhnhnms un yahoo más, debe abandonar el país. Con pesadumbre y a bordo de un precario bote, inicia su viaje en el mes de febrero. Un barco portugués lo rescata y conduce a Lisboa. De allí se dirige a Inglaterra.

1716 / 1720. Vive en Redriff, en compañía de su familia, a cuyo olor tarda en acostumbrarse. Compra dos potros grises, con los cuales se entretiene en conversar.

1721. Abandona Inglaterra, llega a Lisboa y se embarca en un navío sueco rumbo a las Indias Australes.

1722. En el mes de marzo descubre, según consta en los manuscritos mencionados en la Introducción, la isla de Incognitahriah. En septiembre parte de la isla y se dirige a Lisboa, adonde llega en el mes de diciembre.

1723. A finales de enero se embarca hacia Inglaterra. Se muda a Netvark.

1726. Se publican los Viajes de Gulliver


PRIMERA PARTE
CAPÍTULO I

El Autor explica los motivos de su nuevo viaje. Algunos detalles de su paso por España. Filibusteros ingleses atacan su nave, lo embarcan en un bote pequeño y lo abandonan en el mar.

Incapaz de resistir las solicitaciones del despejado horizonte que se extendía frente a mi retiro, en Redriff, ni de adaptarme totalmente a los yahoos de mi familia, unos seis años después de mi último regreso a Inglaterra, ocurrido tras mi desgraciado exilio del país de los Houyhnhnms, decidí hacerme una vez más a la mar. No tenía, al contrario de otras veces, ningún ofrecimiento al respecto, pero había leído en un periódico que en alrededor de sesenta días un barco sueco zarparía desde Lisboa rumbo a las Indias Australes, cuyos extremos (y las islas de Lord Falkland, además) pretendía explorar una expedición de sabios alemanes que viajaba a bordo. No se informaba si existían plazas disponibles, pero aun así resolví arriesgarme. Junté mis ahorros, dicté algunas disposiciones relacionadas con mis bienes, me despedí de mis dos potros grises y de mi familia —que harta seguramente de mis extravagancias se opuso apenas a mi partida— y el 18 de octubre de 1721 abandoné Inglaterra.

Para acostumbrarme a la especie yahoo y perder a un tiempo el distraimiento de mí mismo en que me había sumido la rutina de esa vida retirada, no me dirigí directamente a Portugal. Fui primero a Francia y después a España, donde ya conseguí acercarme a un ser humano sin taparme la nariz con ruda o tabaco. Siendo, como soy, perpetuo admirador de las familias antiguas e ilustres, asistí en Madrid a una ceremonia pública donde se presentó el rey de esa nación, cuyo retrato yo nunca había visto. Me interesaba mucho, aprovechando el infalible golpe de vista que me caracteriza, escudriñar sus rasgos para comprobar si su linaje era intachable o si, como ocurre a veces con ciertos miembros de la realeza, el contacto de algún antepasado con un barbero, una cómica o un sifilítico había logrado contaminarlo. Pero debido al gentío apenas si pude verlo de perfil, unos instantes. Aun así hallé que su estatura, al sobrepasar en mucho los límites de lo elegante, lo aproximaba a uno de esos hombres del pueblo cuyas características físicas desusadas los convierten en auxiliares indispensables para los oficios más vulgares. La cabeza, que fue aquello de su persona que me quedó más grabado, me pareció por su parte que se asemejaba infelizmente a la silueta de un dátil aplastado. Fuera de esto, su actitud era magnífica y representaba muy bien esa grandeza y liberalidad nacionales de las que tanto se habla en Europa — y que puedo acaso ejemplificar ahora con el siguiente detalle: cuando en ese país desean librarse de un imbécil, no recurren a la horca ni simulan un accidente, sino que lo conducen hasta un estadio con un círculo de arena en su centro, lo visten con un relumbrante y ajustado traje, y mientras la multitud que ocupa las graderías se entrega a un griterío horroroso, le alargan una pequeña capa roja y lo abandonan ante el toro más grande y bravo que es posible encontrar en cien millas a la redonda… De Madrid continué viaje por tierra hasta Lisboa, adonde llegué sin novedades el 15 de diciembre de 1721. 

El barco sueco aún no había levado anclas y disponía además de un sitio libre. Era un  buque de cuerpo no muy grande que procedía del puerto de Hamburgo. Llevaba ocho cañones  y una tripulación de trece hombres, en su mayoría alemanes. El capitán, Inko Seastrom, era sueco pero hablaba perfectamente el alemán y el holandés; el inglés le costaba un poco más. Ante una pregunta de su parte, le respondí que mi oficio consistía en navegar y en descubrir, aunque esto último bastante involuntariamente. Él afirmó con la cabeza, y pese a que mi comentario le daba ocasión para extender su interrogatorio, no hizo sin embargo nada más que entregarme mi pasaje. La famosa expedición alemana, en tanto, estaba constituida solamente por cuatro personas: un profesor, su esposa, su hija, y un ayudante. Completaban el pasaje cuatro o cinco caballeros que solamente querían ver un poco de mundo, y seis frailes de los llamados jesuitas, los cuales se dirigían a las tierras de los paracuarios para agregarse a la misión que en esos lugares ya propagaba las primicias de un dios con atributos de poderío y de bondad jamás igualados — pero demasiado tímido, al parecer, para presentarse por sí mismo.

Después de acomodar en mi cabina las pocas pertenencias que llevaba conmigo, descendí otra vez al puerto con la intención de buscar al capitán don Pedro de Méndez, quien seis años atrás me había prestado veinte libras para pagar mi viaje de regreso a Inglaterra. Pero el excelente hombre, según me informaron, había muerto dos años antes, luego de naufragar frente a las costas de la Berbería. Me acerqué entonces al extremo del muelle, recé una oración en recuerdo del alma del muerto y arrojé las veinte libras al mar. Tres días después, el 18 de diciembre de 1721, zarpamos acompañados por dos buques mercantes que en la segunda jornada de navegación se separaron de nosotros.

La primera parte de la travesía transcurrió casi sin incidentes. Alguna que otra tormenta, en cuyo transcurso me divertía en observar la desesperación de los inexpertos frailes, quienes además de arrojar sobre la cubierta el contenido de sus estómagos, arrojaban también medallas y toda clase de reliquias al abismo de las aguas, encomendándolas a los santos más diversos. El 15 de febrero de 1722 cruzamos el aequator, y enseguida fuimos sorprendidos por una calma marina que nos inmovilizó por siete días, tiempo que fue luego recuperado en su mayor parte gracias a los vientos más ventajosos que encontramos a partir de ahí.

El 7 de marzo, alrededor de las seis de la mañana, me encontraba en mi cabina, dispuesto a subir a la cubierta, cuando se oyó el resonar de un disparo y después el silbido de una bala de cañón que pasaba por encima de nuestra nave. De inmediato los tripulantes comenzaron a gritar que nos atacaba un barco de filibusteros ingleses. Me precipité a la cubierta y con mi catalejo de bolsillo pude ver que se trataba, efectivamente, de piratas de mi país. Retumbó otro disparo y a continuación una voz nos ordenó, desde el barco atacante, poner nuestro buque a la capa, esto es, enfrentar una a la otra dos de las velas más grandes, de modo que al hincharlas el viento la nave no pueda marchar ni hacia adelante ni hacia atrás. Le transmití a nuestro capitán la exigencia de los piratas y también  mi opinión de que era necesario obedecer, pues el cuerpo del barco de ellos era mayor que el del nuestro. Estuvo él de acuerdo y entre gruñidos de rabia le gritó al piloto que enfrentara las velas con presteza; luego ordenó que las mujeres se refugiaran en sus cabinas. Cuando los filibusteros estuvieron seguros de nuestra inmovilidad, empezaron a acercarse lentamente. Para evitar el enfurecerlos y olvidándome de que no era yo el capitán, les ordené a los tripulantes y a los pasajeros que se echaran de bruces sobre la cubierta y que permanecieran en una actitud de sumisión. Al ver que todos obedecían, nuestro capitán se apresuró a repetir mi orden y luego me pidió que nos ubicáramos en el medio para recibir a los atacantes, pues él esperaba que mi condición de inglés acaso nos daría una oportunidad.

Pensaba en cuáles serían las palabras más adecuadas para dirigirles a mis compatriotas, cuando de pronto los dos barcos se tocaron y un pestilente aluvión de piratas irrumpió en nuestra cubierta. Llevaban las cimitarras entre los dientes y en las manos unas cuerdas para maniatarnos. Yo traté de hablar pero la turba se me echó encima. Me trepé entonces a una escala y subí sus escalones perseguido por dos corsarios que entre risotadas procuraban alcanzar mis asentaderas con la punta de sus alfanjes. Al llegar al extremo de la escala me volví, dispuesto a defenderme con las piernas; pero los dos piratas se habían detenido unos cinco o seis escalones más abajo, ya que su capitán acababa de pisar la cubierta de nuestro barco. Era un gigante de barba entrecana y ojillos escrutadores, que se desplazaba afectando la majestuosidad de un monarca. Se detuvo junto al mástil y recorrió con la mirada el conjunto de prisioneros que sus hombres habían atado y amontonado en la cubierta, entre ellos el capitán sueco. Satisfecho, gruñó un cumplido a los piratas, y después, con estudiada lentitud, se volvió hacia mi ubicación. Yo empecé a hablar atropelladamente; le dije mi nombre, le hablé de mis viajes anteriores y, en consideración a la nacionalidad que nos unía, le imploré que tuviera piedad de nosotros y de nuestro barco. Pero él respondió que jamás había oído hablar de mí ni de mis viajes, y que trepado allí más me asemejaba a un simio que a un navegante. Los piratas soltaron una risotada y le pidieron que me bajara con un tiro de mosquete. El capitán, sin embargo, negó con la cabeza y con un tono no muy sincero llamó bárbaros a quienes sugerían ese proceder tan criminal. Luego se dirigió a mí diciéndome que había empezado a recordar algunas de mis aventuras, pero que debía yo darle —después de abandonar mi sitio, por supuesto— una relación más precisa de ellas para que su memoria recobrara los pormenores.

Yo no creía que sus palabras fueran veraces, pero tampoco tenía escapatoria. Bajé, pues, precedido por los dos corsarios, y con recelo fui a ubicarme frente al gigante, que sonreía con astucia. Me presenté nuevamente, ahora con mayor serenidad y decoro, y le extendí la mano. Él hizo una reverencia, se tomó de uno de sus hombres, levantó una pierna y me ofreció la puntera de su bota. La carcajada estalló una vez más. Yo miré la bota, después a los prisioneros, que con sus miradas ansiosas parecían rogarme que me aviniera a aceptar esa ofensa, y al final sujeté el pie del maligno capitán. Los piratas gritaron su júbilo y se arremolinaron a nuestro alrededor. El capitán pidió silencio, retiró la pierna y le ordenó a un lugarteniente que me procurara una nave con la mayor premura, pues aunque no quería él interrumpir mi nuevo viaje, razones por demás sagradas (como explicó burlonamente) lo obligaban a retener el barco sueco; luego caminó en torno de mí para examinar mis ropas.

Al terminar la revisión, llamó junto a sí a unos cuantos de sus hombres y les preguntó si así vestido parecía yo un capitán que ha enfrentado bravamente los océanos más terribles. Aquéllos negaron con gritos y acto seguido, con la anuencia de su jefe, comenzaron a desgarrar mis ropas con sus puñales. Esta acción me dolió más que si hubiesen clavado sus dagas en mi carne, ya que se trataba de un traje confeccionado por mi hija Betty luego de estudiar costura por años; pero nada pude decir, como imaginará el lector. En eso aparecieron el lugarteniente y otros piratas transportando el bote más pequeño que teníamos a bordo; le habían adosado el palo de una escoba a modo de mástil y la chaqueta de un prisionero como vela. Lo apoyaron en el centro de la cubierta y se apartaron. Entonces, ceremonioso y con las trazas de una falsa emoción en el rostro, el capitán me pidió que le hiciera el honor de aceptar aquella nave.

Yo sentí en las sienes el latido de la furia, pero la vista de los prisioneros, de sus ojos implorantes, me contuvo. Es más: para no ceder ante los gritos que ya empezaban a celebrar esa afrentosa parodia, me adelanté con una sonrisa, hice un gesto de asentimiento y hasta dejé que el jefe de los piratas me ayudara a subir al bote, donde enseguida me senté. Al verme instalado, el capitán le susurró algo al lugarteniente, quien, tras asentir con una expresión radiante, tomó a uno de los prisioneros por un brazo y le atravesó el pecho con su alfanje; después, usando la punta del arma (que debió remojar varias veces en la herida del infeliz marino) dibujó en la casaca de mi bote un remedo de mi persona con una versión aproximada de mi apellido debajo. Cuando concluyó su tarea, limpió el arma en la ropa de otro prisionero y se alineó junto a su jefe, qu inclinó la cabeza y adelantó las manos en mi dirección. Inmediatamente sus hombres corrieron hasta mi bote, lo levantaron, se arrimaron a la borda y lo dejaron caer en el mar. El bote estalló contra las aguas pero no se volcó. Antes de que me alejara del buque, pues ya el viento se embolsaba en la chaqueta, arrojaron a mi bote una cimitarra con la hoja rota y mellada, gritando que ningún capitán debe ir desarmado. Yo me tendí rápidamente en el piso de mi barca, por miedo de que me dispararan algún tiro de mosquete; pero ahora los piratas se ocupaban de los tripulantes y de los pasajeros, cuyos lamentos podían escucharse con toda claridad. Cuando sentí que me había alejado lo suficiente, me incorporé para observar el barco sueco; las velas empezaban a arder y el griterío iba en aumento. Me volví a sentar, ahora de espaldas. Un alarido de triunfo y el grito desesperado de una mujer fue lo último que llegó a mi bote.

Un rato después el viento sopló con más fuerza y la chaqueta con mi esfinge se tensó igual a la más auténtica de las velas. Me obligué a mirar hacia atrás; en la lejanía una delgada línea de humo ascendía hacia el cielo. Recordé el incidente con el pirata holandés, antes de descubrir en uno de mis viajes anteriores la isla de Laputa, y entonces, sin pensarlo, extraje de mi casaca el catalejo de bolsillo que siempre llevaba conmigo. Me erguí todo lo que pude y observé a mi alrededor; pero no se veía sino el mar. Guardé el catalejo, me dejé caer en la tabla y comencé a reprocharme la desatinada decisión de abandonar mi casa y mi país, la cual me había conducido derechamente a ese desastre. Recordaba a los desdichados tripulantes y a la vez no podía dejar de representarme el odioso fin de la familia del profesor alemán. Meditaba también en el daño que esos filibusteros le infligían a la fama de Inglaterra; en la ignominia que significaba el hecho de que esas fechorías quedaran impunes; en la culpa de una Providencia que tolera semejantes desmanes…

Al final, sin embargo, la sed que me produjo la vista del inmenso mar, junto al hambre que asimismo me comunicaba mi barca vacía de alimentos, apartaron mi espíritu de tan desoladas representaciones. Miré el piso del bote; entre los travesaños de su ensamblaje se había juntado, en las jornadas anteriores, un poco de agua de lluvia, suficiente para unos cuantos días. Me incliné, bebí dos o tres sorbos y me incorporé resuelto a organizar de algún modo mi resistencia a esta nueva adversidad. Una observación hecha por el capitán sueco el día antes nos había enterado de que estábamos a 34° de latitud sur, es decir, muy próximos a las tierras de Paraquaria; no obstante, al no disponer de una aguja magnética o del sol como guía, ya que estaba nublado, no podía saber si el viento me empujaba hacia el continente o mar adentro. Arriesgándome a un extravío aún más grave, desenganché la casaca de la escoba y me dejé conducir por la corriente. Con la escoba y con la cimitarra rota armé después un arpón, que me procuró, al cabo de muchos intentos, un pez desconocido para mí pero cuya carne, que debí comer cruda (un poco de agua de mar suplantó no muy adecuadamente la sal), era suave y de sabor agradable. Cuando anocheció me recogí en un extremo del bote y al rato me dormí.

CAPÍTULO II

El Autor llega a las costas de Incognitahriah cuando esta isla experimenta una de sus habituales expansiones. Después de naufragar se encuentra con unos mastines y posteriormente con algunos habitantes, todos los cuales se desplazan con extremada lentitud. El Autor descubre y halla cobijo en una academia de inglés.

En esas condiciones navegué tres días. Mi único solaz consistía en releer las obras de Shakespeare, cuya edición en octavo hecha por Rowe yo llevaba siempre conmigo desde hacía más de una década; incluso había hecho agregar en el interior de todas mis chaquetas un bolsillo especial para transportarlo. Cuando por fin salió el sol, pude advertir que la corriente me empujaba hacia el oeste. En el atardecer del cuarto día descubrí con mi catalejo que desde el sudoeste avanzaba hacia mí, antecedida por un oleaje más violento, una gigantesca sombra achatada. Pensé que se trataba de un maremoto o de algún fenómeno marítimo parecido, pero al elevarme en el juego de las ondas pude observar ya a simple vista que la sombra era una isla, algunos de cuyos detalles conseguí incluso percibir borrosamente. Mi bote bajó una vez más, volvió a ascender, y entonces ya solo me fue posible ver una monstruosa ola que el empuje de la isla enviaba por delante. Me aferré a los bordes del bote, me encomendé al Creador y cerré los ojos. Una fuerza majestuosa alzó mi barca con suavidad, la transportó cuanto menos unas dos millas inglesas, y la dejó luego caer en una suerte de Juicio Final de agua, donde por una eternidad mi conciencia se sintió anegada. Cuando al cabo de ese tiempo (de esos segundos, en verdad) logré recuperarme un poco, ya la corriente iniciaba un vertiginoso refluir hacia la isla. El anegamiento se repitió, tuvo una duración idéntica, pero a su término yo me hallaba echado en la orilla, asido de una tabla perteneciente a mi barca y con la silueta de una ciudad ante los ojos.

Era una despareja línea de construcciones que el cielo del ocaso destacaba de la noche inminente, y cuya vista —convendrá que lo sepa el amable lector— pospuso toda la filosofía que de otro modo la irrupción de esa isla en el sereno mar le hubiese arrancado a mi asombro. Me incorporé, todavía maltrecho, di unos pasos y me dejé caer otra vez en la arena, ya que mi estómago pugnaba por librarse del agua que había tragado. Tendido boca abajo y ejerciendo en mis flancos las manipulaciones adecuadas, el líquido no tardó en salir ni yo en sentirme aliviado, por lo que enseguida me dispuse a llegarme hasta la ciudad, que ahora que mi visión se había aclarado me pareció más distante de lo que había supuesto; calculaba que no menos de una milla de un terreno fangoso y cubierto de arbustos me separaba de ella. Tomé el madero para usarlo como bastón, y emprendí animosamente la marcha.

Había andado un cuarto de milla cuando de pronto, tras sortear un charco, fui sobresaltado por un ladrido que resonó a mis espaldas. Giré y vi aterrado que dos oscuros mastines se echaban sobre mí con las fauces abiertas. Un grito involuntario surgió de mi garganta y apenas si atiné a cubrirme con el madero. Pero los fieros animales, curiosamente, no concretaron su ataque, sino que se detuvieron en el aire. Bajé el madero, sorprendido, y miré con mayor atención. Entonces descubrí que los canes no habían dejado en realidad de avanzar, solamente que lo hacían con una lentitud extrema, como si estuvieran pujando con las aguas del más denso de los océanos. Retrocedí con cautela, atento al empuje rabioso de sus cuerpos, y cuando mi buen sentido lo halló prudente emprendí una retirada más expeditiva.

Cuidando de no herirme con los arbustos, corrí hasta llegar a la primera línea de casas, en cuyas veredas bastante oscuras aparecían algunas personas. Respiré aliviado y me acerqué desde atrás a un grupo compuesto de dos caballeros y una dama, detenidos al parecer por los pormenores de una discusión amistosa. Después de reparar en sus trajes, muy semejantes a los utilizados en Inglaterra, los saludé desde una cierta distancia y muy cumplidamente, pues me parecieron gentes de la mejor condición; pero ellos continuaron en la misma pose, como si no me hubiesen oído. Avancé un par de pasos, dispuesto a repetir el llamado, cuando al iluminarse de repente una ventana pude observar que el grupo no solo me había escuchado, sino que se disponían incluso a volverse; o mejor dicho: estaban girando, pero, tal como los perros en el páramo, sus movimientos tenían una lentitud extraordinaria. Cuando por fin terminaron de darse vuelta, me corrí hasta el sector iluminado y agité los brazos a modo de saludo. Una expresión idéntica a la de quien trata de dilucidar un misterio se dibujó en el rostro de los tres, que a continuación, con sus miradas —y acaso hasta con sus pensamientos— prisioneras de esa ineludible morosidad, comenzaron a recorrer mis deshilachadas ropas.

Mientras ellos fiscalizaban mi apariencia, reparé en la peculiar estructura bovina que presentaban sus rostros. Unos minutos después, al finalizar la detenida inspección y entretanto los semblantes adquirían la apariencia de aquel que se topa con un salteador, la mujer empezó a retroceder y uno de los hombres dirigió una mano al interior de su chaqueta. Entendí que se disponía a sacar un arma y comencé a retirarme yo también. Sin perder de vista al grupo, cuyos ademanes nunca terminaban y del cual surgían ahora unas voces inarticuladas, caminé hasta la esquina y doblé. Una calle desierta, a la que la oscuridad no le concedía más de quince o veinte yardas de extensión, apareció ante mí. Me apoyé en una pared, para reponerme de la agitación, y luego me asomé para espiar al trío. Los hombres se hallaban avanzando hacia mi ubicación, decididos pero sin recorrer casi nada de terreno, y la mujer atendía a una persona que había llegado junto a ella. Retrocedí con presteza y empecé a transitar por la nueva calle a grandes pasos, exactamente por el medio, ya que en ambas veredas aparecían cantidades de perros, algunos sueltos y otros atados. La mayor parte de esos animales dormía, pero otros me dedicaban unos ladridos estirados mientras amenazaban con avanzar hacia mí, aunque por fortuna con la misma lentitud de sus congéneres en el páramo.

En la esquina siguiente me encontré con un hombre que se disponía, trepado en una escalera, a encender una lámpara de la calle. Portaba una especie de antorcha, protegida por un fanal con forma de sombrero, y sus movimientos tenían la misma lentitud que los del grupo que yo acababa de abandonar. Un poco más allá colgaba un cartel con un anuncio escrito en un idioma que yo no conocía y que encontré bastante parecido al español, pese a la profusión de haches que presentaban sus palabras. El hombre estaba de espaldas; me ubiqué casi al pie de la escalera, para que la antorcha me iluminara con plenitud, y lo llamé con la intención de interrogarlo. Él se volvió con la parsimonia que ya el lector conoce (su rostro, al contrario de las otras personas, tenía ciertas características equinas), sus ojos expresaron un asombro que empezaba a resultarme exasperante, y luego, perdido el equilibrio en las gesticulaciones de la sorpresa, se derrumbó junto con la escalera a una velocidad que juzgué enteramente normal. La antorcha y el sombrero de vidrio estallaron en la empedrada vereda, pero el hombre tuvo mayor fortuna, pues su cuerpo golpeó en el barro de la calle. Mi primer pensamiento fue el de acercarme y ayudarlo, pero como al estrépito de la caída se agregó de inmediato un alargado coro de ladridos, después resolví que sería más oportuno alejarme de allí cuanto antes. Sigiloso como un fugitivo, tomé por la calle menos iluminada y me alejé pensando en esa fatalidad que, viaje tras viaje y sin que nada pudiera yo contra sus designios, se complacía en enfrentarme con los países, los hombres y las costumbres más extravagantes.

Anduve por aquí y por allá, adentrándome al azar en las diversas callejuelas y esquivando entretanto a los perros en las veredas y a los transeúntes, que no sé por qué razón transitaban en su mayoría por las calles; algunos de ellos se volvían para seguirme con sus miradas de estupefacción. Ahora preponderaban las caras con rasgos equinos, aunque era también posible ver parejas o grupos en los que se entreveraban ambas particularidades. A veces me detenía para leer los carteles de algún negocio, escritos en ese idioma desconocido, o también para contemplar, pegado a las zanjas que separaban la calle de las veredas, el paso fantasmal de algún carruaje o el galope flotante de un jinete. Cantidades inusuales de palomas sobrevolaban las calles en forma individual, con la misma lentitud y siguiendo distintas direcciones; muchas de ellas desaparecían en las azoteas. Las casas que flanqueaban las veredas eran casi todas de una planta y poco a poco comenzaban a iluminarse, lo cual, en unión con toda esa lentitud que había afuera, acabó por sugerirme la idea de presentarme en una vivienda fingiendo una tardanza de movimientos similar a la de cualquier habitante; acaso pudiera así enterarme de lo que ahí sucedía y qué sitio además era ese.

Elegí una casa en cuya ventana se proyectaba la lenta sombra de su morador y, tras esquivar a los perros que permanecían en la vereda, golpeé la puerta. La sombra se desplazó hacia un costado y luego de unos minutos la puerta comenzó a abrirse. Me incliné ante ella y cuando sentí que el dueño de casa estaba en el umbral, empecé a erguirme con la ya señalada lentitud. Nuestras miradas al fin se encontraron y entonces pronuncié, alargando las palabras, una frase de saludo en varios idiomas. Pero el hombre, un caballero con rasgos bovinos que había rebasado la cuarentena y que vestía ropas semejantes a las de un inglés, me respondió con unas palabras que el estiramiento de su voz convertía casi en un quejido, y después, negando con la cabeza, cerró la puerta. Me había tomado por un mendigo, al parecer. Sin culparlo, ya que mi traza era realmente la de un pordiosero, pero aun así sintiéndome un tanto ofendido, dejé de simular y con el paso desganado bajé a la calle y me dirigí hacia la esquina.

Caminé unos metros y de improviso algo inaudito sucedió. En el cartel de un negocio, entremezclada con un texto para mí incomprensible, aparecía una palabra escrita en inglés. Era la palabra que en nuestro país designa a la más íntima de las prendas femeninas, y aunque luego de la primera sorpresa pensé que podía tratarse de una casualidad, de una de esas coincidencias que suelen darse en el ámbito de las lenguas (Urine ((orina)), por ejemplo, significa alma en no recuerdo qué idioma), después, sin embargo, me acerqué al escaparate y vi que allí tenían, efectivamente, unas prendas idénticas a las que usan nuestras damas. De cualquier modo, para asegurarme me llegué hasta la cuadra siguiente, donde parecía comenzar una zona más comercial y donde la cantidad de perros en las veredas era inferior. Recorrí cartel por cartel, y ahora la sorpresa fue encontrar que casi todo estaba escrito en inglés, si bien con muchos errores.

Una suerte de exaltación se apoderó de mi ánimo al ver aquello, y luego también algún vértigo, porque no recordaba que Inglaterra poseyera alguna colonia con las características de esa isla o que algún viajero hubiese hablado nunca de ella. Intrigado, busqué con la mirada a alguien que pudiera explicarme ese milagro, pero la visión de las personas que deambulaban por ahí moderó rápidamente mi entusiasmo; era como tratar de mantener un diálogo debajo del agua. Continué, pues, mi recorrida solitaria, hasta que una placa de metal ubicada junto a una puerta suspendió mis pasos y hasta mi respiración. Accademy of Englysh, anunciaba con brevedad y así, en un inglés tan mal escrito como el de los anuncios comerciales, la reluciente placa; no había ningún otro texto, pero esas tres palabras atraparon mi atención durante unos buenos minutos. Por fin reaccioné; la puerta estaba cerrada, aunque por los postigos de la ventana podía verse que en el interior había luz. Sin pensar me precipité a la puerta y golpeé varias veces con los puños; seis o siete perros que permanecían echados cerca de ahí amagaron ladrarme, pero enseguida volvieron a inmovilizarse. Luego, mientras esperaba, compuse un poco mi apariencia, ya que no quería que se repitiera lo ocurrido en mi tentativa anterior. Transcurrieron unos minutos y al cabo una luz se insinuó debajo de la puerta. Me erguí todo lo que me permitieron las piernas y aguardé con una mano en la espalda y la otra en el interior de la chaqueta.

La puerta se abrió pesadamente y apareció un hombre de unos cincuenta años, con un rostro de estructura equina, portando una botella con una vela encajada en el pico; vestía una bata de entre casa y se desplazaba con una lentitud todavía mayor que la de sus compatriotas. Extendió la botella para verme mejor y entonces lo saludé con una reverencia digna del más exigente protocolo; después, siempre magnífico y para evitar que se demorara con las manifestaciones del consabido asombro, me señalé varias veces el pecho y luego la palabra Englysh en el cartel. El semblante del hombre se contrajo con los signos de la turbación, por lo que a las señas debí agregar algunas palabras. “English, English”, comencé a repetir mientras me golpeaba el pecho con la mano. Entonces otro asombro pareció superponerse en el hombre al asombro por mi presencia, y un cierto brillo de comprensión se insinuó en sus pupilas. “English”, repetí todavía una vez, y él me respondió con una palabra en cuya dilatada resonancia creí percibir alguna consonante de nuestro grato idioma. Cuando hizo silencio, me sentí obligado a recurrir una vez más a ese recurso propio de cómicos y le contesté imitando su lentitud de pronunciación; pero él apenas si me escuchó, pues había iniciado un movimiento para indicarme que lo siguiera al interior de la casa. Esperé a que avanzara un poco y crucé el umbral; después cerré la puerta y caminé (me arrastré, debería decir) detrás de él.

Aparecimos en una sala con un mostrador y unos bancos. De las paredes, para mi sorpresa, colgaban mapas no muy fieles de nuestro país, con inscripciones en inglés (casi todas mal escritas) y también en el idioma de la isla. El hombre apoyó la botella en el mostrador, fue hasta el otro lado, movió unos cajones y se incorporó con una pluma, un frasco de tinta y un trozo de papel. Sin poder contenerme se los arrebaté de las manos y escribí en el papel algunos datos sobre mi persona y mi procedencia; después lo sostuve ante sus ojos. Pero la lentitud con que leía acabó por cansar mi brazo; apoyé entonces el papel en el mostrador y me senté en un banco a esperar que terminara su lectura.

Casi me dormía cuando él dejó oír su voz; comprendí que me indicaba su intención de contestarme por escrito. Asentí con ansiedad y me ubiqué a su lado para ir leyendo mientras él escribía; sin embargo, aquí también fui derrotado por la demora de su mano al escribir. Con un suspiro volví a sentarme, dispuesto a soportar una larga espera. Y efectivamente: no fue poco el tiempo que le llevó concluir ese escrito. Cuando advertí que terminaba me incorporé y con un cierto temblor en las manos recibí el papel. El hombre había puesto primero un saludo y luego una explicación bastante ligera de toda esa lentitud. Según sus palabras, ello se debía a que la isla, respondiendo a los ciclos de compresión y de expansión que la regían, acababa justamente de agrandarse, fenómeno tras el cual todos los seres que allí vivían quedaban inhabilitados por unas cuantas horas para moverse o hablar con normalidad; agregaba que al día siguiente ya todo estaría en orden, y que entretanto podía yo considerarme su huésped. El texto estaba escrito íntegramente en inglés, aunque con muchas incorrecciones sintácticas y faltas de ortografía.

La noticia de que cada tanto esa isla se agrandaba o se achicaba conmovió profundamente mi alma de viajero, y la idea de que en muy poco tiempo podría conversar de ello con sus habitantes me comunicó además una alegría anticipada. Dejé el papel y lo observé al hombre, que tomó la botella con la vela y me pidió con una seña que lo siguiera al interior de la casa.

Salimos a una trastienda que daba a otra habitación, donde el hombre tenía sobre una mesa algunos alimentos, como carne asada, vino, legumbres y frutas, de los que siempre con gestos me solicitó que me sirviera. A pesar de mi hambre, me contuve, pues el hombre se había sentado en una especie de escritorio y ahora escribía algo en un papel pequeño. Cuando terminó de escribir dobló el papel, tomó una paloma que permanecía en una jaula, le colocó el papel en el anillo que el animal tenía en una pata, se acercó a una ventana y la dejó volar; el ave tardó unos buenos minutos hasta desaparecer de nuestra vista. Entonces ambos nos instalamos en la mesa. Empecé, como es de suponerse, a comer con avidez, aunque luego la vista del hombre, que tardaba unas diez veces lo que yo en llevar un alimento a la boca, me obligó a contenerme. Cuando sentí satisfecha mi hambre, el hombre apenas si terminaba de comer la primera presa. Para que la cena no se volviera interminable, aguardé en silencio a que concluyera con su comida. Entonces se levantó y me indicó una especie de catre de campaña que había en un rincón; su cama al parecer se hallaba en otra pieza. Me acosté sin dilaciones, pesado por el vino de la cena y por el cansancio que se había derrumbado sobre mis hombros al desaparecer la incertidumbre de lo que allí ocurría. El hombre, por su parte, tardó en alejarse, aunque yo casi no lo sufrí, pues el sueño me venció rápidamente.                                                                                                                                                                                                                                                 

CAPÍTULO  III

El Autor se entera del fenómeno natural que por ciclos rige la isla y también de que un marino inglés lo ha precedido allí. El fantástico fin de este. El pueblo de Incognitahriah conoce al Autor, quien seguidamente es llevado a la residencia del Presidente.

Un rumor confuso me despertó al otro día. Abrí los ojos y me vi rodeado por ocho o nueve personas, entre mujeres y hombres, que me observaban como si fuera yo un prodigio. Me incorporé, les di los buenos días en inglés, y ellos me respondieron del mismo modo y al unísono, ya que como había de enterarme después, eran alumnos del hombre que me había hospedado y tenían la costumbre de empezar las clases así. Algunos presentaban rasgos equinos y otros bovinos, en un porcentaje aproximado. Reparé en que si bien se movían con normalidad, las mujeres lo hacían con mayor ligereza y soltura. Cerca del grupo reposaban unas cuantas jaulas, de modelos distintos y con varias palomas en el interior de cada una de ellas. De pronto apareció el dueño de la academia; traía en sus manos una bandeja con un tazón de leche y unos panecillos y se desplazaba con el cuidado de un convaleciente. Apoyó la bandeja en la mesa y se apresuró a darme la mano y a excusarse por la lentitud de la noche, fenómeno que se disponía a explicarme cuando yo lo interrumpí para preguntarle a qué se debía ese conocimiento del idioma y de la moda ingleses, ya que también los presentes y hasta él mismo vestían de un modo similar a los habitantes de Londres. Él sonrió y me invitó a trasladarme hasta la mesa, donde mi desayuno esperaba. Luego me contó que el inglés lo habían aprendido de un marino de esa nacionalidad, un tal capitán Yonahtah (así lo llamaban, aunque presumo que su verdadero nombre sería Jonathan), cuyo barco había naufragado cerca de la isla. Único sobreviviente de la catástrofe, había vivido allí, dando clases de inglés y conferencias sobre sus anteriores viajes, hasta el momento de su muerte, ocurrida unos siete años después de su arribo y por una causa cuya comprensión requería primero, si yo no me oponía, alguna noticia sobre la isla y sobre el portento que periódicamente la afecta.

Yo asentí, y mientras daba cuenta de la leche y de los panecillos, me enteré de que la isla (llamada Sepruniah, pero rebautizada por mí, atendiendo a todas sus características, Incognitahriah) está sujeta, desde tiempo inmemorial y sin que los sabios del país puedan explicar sus razones, a una alternancia de ciclos que la llevan de tener la superficie de un estado europeo, a no sobrepasar luego la ínfima extensión de unos dos pies de diámetro. Cuando la isla se comprime, los habitantes apenas si lo notan, ya que todo continúa como antes, si bien en una escala acorde con el nuevo tamaño; acaso algunos son afectados momentáneamente por una cierta falta de oxígeno, lo cual se debe a la sutil modificación que los vientos y la fuerza de las mareas provocan en la atmósfera al adaptarse proporcionalmente a ese nuevo espacio, que queda así circundado por una especie de anillo protector. Cuando se expande, en cambio, es preciso disponer ciertas precauciones, pues se conoce que para retomar el ritmo ordinario deberá emplearse después casi toda una jornada; se evita además la cercanía de la costa, porque los bordes de la isla crecen por unos instantes algo así como unas cien yardas más de su medida habitual, excedente que luego, al desaparecer, produce en las aguas una turbulencia cuya nocividad había yo experimentado la tarde anterior. Cada uno de esos ciclos tiene por su parte una duración variable y caprichosa (a veces diez años, o cuatro, o uno; a veces solamente un puñado de meses), pese a lo cual es posible vaticinar el momento de su irrupción, ya que son precedidos por ciertas manifestaciones inconfundibles, como temblores de tierra, árboles cuyas raíces afloran de pronto o por la conducta extraña de los animales. A veces, no obstante, ocurren falsas compresiones, es decir, la isla comienza a encogerse, pero enseguida este proceso es interrumpido y todo vuelve a estar como un momento antes.

Ahora bien: para desgracia del capitán Yonahtah y para sorpresa de los isleños, ningún signo anunció la compresión que había de causarle la muerte. Un día, aquel se hallaba dando una conferencia, cuando de repente su cuerpo empezó a crecer vertiginosamente; en realidad, la isla se estaba achicando. El público gritó una advertencia y el capitán, atropellando y derribando, como si se tratara de una casa de juguete, la pared con su puerta de entrada, corrió afuera. Un momento después la isla había adquirido el tamaño y la forma de un caparazón de tortuga de dos pies de diámetro, y Yonahtah, sin perder nada de sus dimensiones, se encontraba de pie sobre ella, tratando desesperadamente de conservar el equilibrio. Todo el país veía aterrorizado cómo su ahora descomunal profesor de inglés, cruzando un pie encima del otro y pidiendo entretanto a gritos su embarcación, ensayaba una especie de paso de danza para evitar las colinas que sobresalían, como agudas piedras, del diminuto promontorio. Pero el barco que él reclamaba, construido a instancias de los científicos de la isla para que se hiciera a la mar no bien aparecieran las primeras señales de la compresión, porque según aquellos su cuerpo no se achicaría, ese barco, hecho con la madera rescatada de su naufragio, era imposible de ubicar ahora, en medio de la conmoción que alborotoba las calles; y aun cuando hubiese sido encontrado, se habría precisado la labor mancomunada de centenares de miles de hombres para dirigirlo hasta el capitán. Lo más probable —comentaban los compungidos isleños—, era que estuviera bogando por ahí, sin dirección, luego de romper sus amarras. Sin embargo, ya no había allí tiempo para lamentos ni suposiciones, pues los repetidos zapateos de Yonahtah hacían que los bordes de sus botas excedieran el parapeto de las montañas y se asentaran también en los valles y hasta en las riberas, de modo que era preciso unir las voces y gritarle, en ese inglés aprendido en su academia, que se mantuviera quieto y que tratara de avistar su barco. Pero el propio clamor del improvisado equilibrista y el ruido de sus botas al pisotear la isla, impedían que esas juiciosas peticiones llegaran a sus oídos. Finalmente, y sin otra causa que su mismo impulso, el desdichado capitán se derrumbó en el mar, provocando un diluvio de salpicaduras.

Cuando los aterrados isleños consiguieron reponerse, vieron todavía sobresalir de las aguas una mano monstruosa que aferraba un manojo de hierbas —en verdad, se trataba de un enorme bosque de coníferas, que en un intento por sujetarse de algo Yonahtah había arrancado de cuajo—. Luego ya solamente tuvieron ante sí un horizonte de cielo y mar. En los días siguientes, a modo de homenaje, el Gobierno ordenó construir una réplica del famoso y extraviado barco, que fue luego emplazada en la bahía donde tienen sus barcas los pescadores, con una efigie de madera, a tamaño natural, del capitán Yonahtah junto al timón. Sus bienes, mientras tanto, fueron subastados para pagar el trabajo del escultor y los gastos que demandara el mantenimiento del barco; un sobrante se les entregó a la viuda del capitán y a su pequeño hijo, un niño que el matrimonio había adoptado cuando era un bebé. El maestro de inglés mismo, que era por entonces su alumno más aventajado, compró la academia y continuó con las clases. Todo eso había ocurrido cerca de veinte años atrás, en la antepenúltima compresión (que duró siete años), y hasta ese momento los sabios de la isla no solo no habían logrado aclarar por qué faltaron esa vez las señales que debían anunciarla, sino que ni siquiera podían asegurar que no se repetiría algo semejante.

En cuanto al tipo de ropa que vestían allí —me aclaró el maestro de inglés luego de beber un sorbo del vaso de agua que le alcanzó una alumna—, su origen estaba en un baúl repleto de trajes ingleses de hombre y vestidos de mujer (con las prendas interiores que en ambos casos se utilizan en Inglaterra) que el capitán Yonahtah había logrado rescatar tras el naufragio; ese baúl pertenecía a un cargamento de telas y de ropas que tenía como destino uno de los puertos que el barco hundido debía visitar. Como nada de otro sitio puede permanecer allí, pues durante las compresiones se reduce solamente aquello que pertenece a la isla, antes de que el baúl y los trajes fueran incinerados y arrojadas las cenizas mar adentro, Yonahtah le vendió al dueño de la tienda más importante de la metrópoli el derecho de hacer copias de todos los trajes, incluyendo el que él mismo vestía (un modelo por demás sencillo, muy lejos de lo que suele usar un capitán), y hasta las botas que calzaba. La nueva moda se impuso rápidamente; solamente algunos ancianos de temperamento excéntrico y ciertos habitantes del interior de la isla se resistían a adoptarla. Pero en ese momento, según destacó mi informante, casi toda la ropa que usaban los isleños provenía de aquellos modelos recuperados del agua — el modelo de Yonahtah, en tanto, al que denominaban simplemente yonahtah, lo compraban las personas más humildes y las más ricas.

Cuando el maestro de inglés terminó su relato, se volvió hacia los alumnos en busca de una aprobación; después buscó mi mirada, como tratando de descubrir si más que esa relación me había impresionado el hecho de que la hubiera contado en inglés. Sin embargo, a este respecto nada había ahí para festejar, pues la historia que el curioso lector acaba de leer, seguramente de un tirón y con agrado, poco tiene en común con el relato plagado de vacilaciones, repeticiones y búsquedas de vocablos que desarrolló el maestro de inglés, relato, debo decirlo, que me indujo a sospechar que ese aclamado capitán Yonahtah acaso no había sido sino el último marinero de a bordo. Nada dije, empero, durante el transcurso de la narración; pero cuando esta terminó y una de las alumnas me pidió que les contara algo de mí, aproveché para cerciorarme y lo hice hablando de la manera más exigente y recurriendo a mi habitual riqueza de vocabulario. Como lo supuse, ya con las primeras frases todos se perdieron, incluido el maestro, que me observaba con una desesperación contenida. Me interrumpí, y para no exponerlo a una requisa intelectual por parte de sus alumnos, les expliqué que se había tratado de una broma, de un juego similar al que en nuestro país utilizan ciertos políticos cuando quieren encubrir la indigencia de sus pensamientos o los filósofos cuando deben rellenar el vacío de sus conjeturas. Ellos sonrieron aliviados, el maestro más que ninguno, y yo continué, solo que ahora con un discurso mucho más simple. Pero muy pronto una palabra hubo de obligarme a parar. Entonces un alumno sugirió que consultáramos el diccionario que había redactado el capitán Yonahtah. El maestro de inglés lo miró con alguna vacilación y luego fue a la sala de adelante.

Regresó trayendo un volumen de tapas amarillas con la leyenda Dictyonary Englysh-Seprunioh; Seprunioh-Englysh en el centro de la cubierta y el nombre de su autor, Captayn Yonahtah, más arriba. Me lo entregó tras aclararme que aun cuando su nombre no aparecía en el libro, él había colaborado en su redacción y conocía el contenido de memoria. Leí algunas páginas al azar y mis sospechas de que el autor del diccionario era un impostor ignorante, un aprovechado incapaz de hacer algo distinto de guardar las letrinas de un barco, se confirmaron. A cada diez o quince palabras de la lengua de la isla correspondía una única palabra en inglés, y esta misma en la mayor parte de los casos había sido tomada de la jerga marinera más ordinaria; los géneros, por lo demás, se confundían arbitrariamente, los sustantivos se traducían por verbos, había faltas de ortografía por doquier. Casi sin dar crédito a lo que tenía frente a mis ojos le señalé al maestro algunas palabras, y ante cada una de ellas él, viéndome perplejo, me repetía que sí, que así era, que el capitán Yonahtah lo había asegurado. Le devolví el diccionario sin saber muy bien qué decir o hacer, pero dispuesto, si alguien insistía en el tema, a desengañarlos en cuanto al inglés que habían aprendido.

Afortunadamente, un rumor que provenía de la calle y que entretanto había ido creciendo, nos apartó de esas cuestiones idiomáticas; el maestro le pidió a un alumno que fuera a ver. Cuando la puerta de calle se abrió, el rumor se precisó en algunas voces que exigían, según me explicaron, “ver al extranjero”. Yo me removí, inquieto, pero una alumna me tranquilizó al explicar que no había nada extraño en ese interés por verme, ya que desde la noche anterior se sabía en la isla que alguien de otro sitio había llegado a sus costas. Incluso el maestro de inglés había enviado un mensaje con una paloma a uno de los alumnos para comunicarle que yo me alojaba en su casa (seguramente era la que soltó antes de que cenáramos), noticia que fue muy pronto difundida entre el resto por medio de sus respectivas aves. El maestro asintió y luego se encaminó hacia la calle, ya que según dijo quería saber quiénes eran los vecinos que solicitaban verme. Pero apenas traspuso el umbral de nuestra sala debió retroceder, empujado por la gente, a la que la ansiedad no le permitía ya continuar esperando. La habitación se llenó así rápidamente de curiosos que al tiempo que me observaban le pedían a los alumnos (que se habían apresurado a poner a cubierto sus jaulas con las palomas) detalles acerca de mi persona. Había allí hombres de todas las edades, como así también mujeres, niños y hasta algunos mastines, semejantes ­a los del páramo y que todos trataban con deferencia. Muchos de ellos, principalmente las mujeres, portaban jaulas con varias palomas dentro. Los rasgos de toda esa gente se repartían entre equinos, bovinos y una mezcla de ambos, algo que me intrigaba pero acerca de lo cual mi sentido de la discreción no me permitía interrogar. Más adelante, lógicamente, me fueron explicadas las razones, pero el lector habrá de proveerse de una discreción y paciencia semejantes a las mías hasta que halle yo la mejor ocasión para transmitirle las causas de esa similitud animal.

El maestro de inglés, a todo esto, se multiplicaba para ordenar a las personas y para complacer a los rezagados que reclamaban una mejor ubicación o al menos la oportunidad de echarme una mirada. Yo permanecía junto a la mesa, acompañado por una alumna de tiernos ojos bovinos, en una actitud que me causaba algunas molestias pero que convenía para disimular lo estropeado de mis ropas e impresionar al mismo tiempo un poco a aquellas gentes, a quienes los demás alumnos y el maestro me habían presentado como un célebre viajero inglés despojado de su barco por unos bandidos. Sin embargo, muy pronto hube de treparme a una silla para dirigirles a los presentes algunas palabras, pues la presión de los que se iban agregando amenazaba con producir  algún accidente.

Traducido por el maestro y para aplacarlos, les hablé de mis viajes anteriores, comenzando por Liliput. Les conté que los habitantes de allí no miden más de seis pulgadas y les pedí que imaginaran los contratiempos y las peripecias que habrían resultado de esa diferencia de talla entre ellos y yo. Después les describí Mildendo, la capital de ese país, y cómo una vez había salvado del fuego el palacio del Emperador, acción cuyo heroísmo no impidió que las intrigas de Skyresh Bolgolam, Gran Almirante del reino, me obligaran finalmente a buscar refugio en Blefuscu. Ellos escuchaban en silencio pero no parecían muy impresionados, de modo que continué con el segundo de mis viajes, a Brobdingnag, donde los habitantes son altos como la aguja de una torre y con pasos que cubren unas diez yardas. Les relaté, levantando un poco la voz, cómo fui allí adoptado por la hija de un labrador, una pequeñuela de nueve años, y cómo luego su padre me vendió a la Reina de esa nación; cómo me adapté a la corte y cómo se resolvió mi rivalidad con el enano de la Reina.

Mientras el maestro me traducía observé que algunos se removían en sus sitios y bostezaban, primero con disimulo y luego, al ver que no eran los únicos, más abiertamente; un par de damas se acercaron a la ventana y soltaron sendas palomas luego de colocarles en las patas unos mensajes que habían escrito con unos palillos de color carbón mientras yo hablaba; también escuché alguna voz proveniente de un rincón y enseguida unas risas sofocadas a las que se unió el ladrido de un can. Cuando el Maestro terminó con la traducción, recompuse mi figura, carraspeé dos o tres veces y, tal como el trágico que para conquistar a un auditorio esquivo se saltea escenas, me apresté a sacrificar la cronología de mis aventuras. En lugar de hablarles de lo que aconteció cuando viajé a Laputa, Balnibarbi, Glubbdubrib, Luggnagg y Japón, les relataría directamente mi increíble temporada en el país de los Houyhnhnms. Le pedí al maestro que les anticipara esto a los presentes. Él lo hizo y en respuesta se alzaron varias voces y un murmullo que no alcancé a interpretar; entre las palabras, sin embargo, pude discernir claramente el nombre Yonahtah. El maestro me miró, como dudando si debía traducir. Yo lo animé con un gesto, y entonces él, mientras otras palomas eran soltadas, me explicó que una parte importante de ese público estaba en realidad impaciente por saber si yo lo había conocido al capitán Yonahtah, si este era famoso en Inglaterra y otras cosas por el estilo. Esto, como comprenderá el sensible lector, además de ofenderme secretamente me causó extrañeza, porque no lograba yo entender cómo esas gentes, en su mayoría personas de lo más simples, podían festejar tanto a alguien que solo les había comunicado algunas imperfectas nociones de su idioma natal. Me preparé incluso para reprocharles lo excesivo de esa admiración, pero el maestro se adelantó y me dijo que no era la obra cultural lo que le ganaba la veneración del pueblo a ese Yonahtah, sino el hecho de haber introducido en la isla la práctica del fóbahl (football, en nuestro país), suceso cuya extraordinaria importancia explicaré a su debido tiempo, pues ahora es preciso que continúe describiendo lo que allí sucedió.

Trepado en una silla, como dije, le aclaraba yo al público que nada tenía que ver con el finado capitán, que nuestros barcos nunca se habían cruzado, que aquél era un desconocido en mi país, cuando de pronto afuera rechinó un carruaje y todos enmudecimos. Entonces, jadeando y abriéndose paso con los codos, apareció el alumno que el maestro había mandado a la calle y que el gentío había desbordado. Lo acompañaba un hombre de marcados rasgos equinos que cubría su rostro con un antifaz negro, portaba una jaula con varias palomas, y, según el alumno, preguntaba por el náufrago y también por el dueño de la Academia. Este se presentó y el hombre lo llevó aparte. Hablaron en voz baja y luego el maestro me comunicó que el desconocido tenía órdenes de conducirnos a ambos a la residencia del Presidente (traduzco así la palabra Meatoh, con la que se designa en la isla al jefe de Gobierno).

Yo descendí de la mesa y les señalé el deterioro de mis ropas; pero el hombre del antifaz se anticipó a cualquier deliberación diciendo que eso era lo que correspondía, que tanto mi vestimenta como cualesquiera otros enseres que pudiera yo portar constituían una cuestión de Estado, y por lo tanto únicamente las personas encargadas de ese tema estaban autorizadas para disponer de cualquier posesión mía. Preguntó enseguida si me había yo despojado de alguna ropa y si tenía algún útil o elemento que declarar. Yo primero titubeé un poco, pero enseguida, viendo que la mirada del hombre adquiría un aire severo (que el antifaz acentuaba todavía más) extraje del bolsillo especial el libro de Shakespeare, que se había mojado un poco, y se lo entregué. Él preguntó si eso era todo. No le respondí, sino que me puse a registrar los demás bolsillos de la chaqueta, en los que nada hallé. Luego, para demostrarle mi buena voluntad, di vuelta los bolsillos del pantalón, y entonces el caparazón de un cangrejo pequeño y una porción de excremento seco de perro cayeron al suelo. El hombre los recogió con todo esmero y me interrogó sobre su procedencia. Le dije que lo ignoraba, que seguramente se habrían introducido ahí cuando el agua me arrojó a las costas de la isla. Él pensó un instante; después envolvió el cangrejo y el blanco excremento en un pañuelo, lo guardó en un bolsillo, escribió en una tira de papel previamente cortada (lo hizo con un útil parecido a los palitos como de carbón que usaban también las otras personas) y envió este mensaje con una de las palomas que portaba. Después nos indicó la puerta de calle. Salimos, pues, con la dificultad que es de suponer, y nos instalamos en un carruaje de cuatro caballos guiado por un hombre de uniforme, cuyo rostro apenas se diferenciaba de los de las nobles bestias que tiraban del carro. A su lado se ubicó el del antifaz, que pertenecía, como me enteré por el maestro cuando el coche partió, al servicio más íntimo del Presidente; lo del antifaz era para resguardar un poco su identidad.

Viajamos un buen rato, pese a que el conductor no le ahorraba el látigo a los caballos. Pero aun así apenas si logré ver algo de la metrópoli, ya que no bien doblamos la esquina, el maestro de inglés aferró imprevistamente una de mis manos, la llevó hasta mi pecho y, con la vehemencia de un enamorado, me pidió que le dijera qué pasaba con el inglés que le había enseñado el capitán Yonahtah. Yo retiré mi mano, no sin una cierta puja, y luego le confesé la verdad. Él entonces comenzó a golpearse la frente y a gritar que estaba perdido, que eso significaba la ruina para él y su academia, que ya nadie asistiría a las clases. Después, y mientras aporreaba las paredes del carruaje, empezó a maldecir la memoria del capitán Yonahtah. Lo llamaba boluhdoh (distraído), pehn-dehxoh (inmaduro), cornuhdoh (hombre traicionado), y con cada una de esas palabras asestaba un puñetazo en la portezuela que tenía junto a sí. Por fin el cochero detuvo los caballos y el hombre del antifaz se presentó para averiguar qué pasaba. Ahí el maestro reaccionó un poco y le contestó con una disculpa y no sé qué explicación. Cuando el carruaje volvió a andar, le pregunté algo que desde el principio tenía en la cabeza pero que por una u otra causa siempre lo había pospuesto: yo quería saber para qué se estudiaba el inglés en la isla.

Él me observó y después, incapaz al parecer de apreciar la importancia filosófica que había en mi pregunta, me contestó con naturalidad que el inglés se usaba allí para los fines más diversos. Se lo utilizaba, por ejemplo, para efectuar operaciones comerciales, ya que las personas que recurrían a él con esos fines hallaban que su sonido facilitaba de un modo extraño las transacciones, aun aquellas que presentaban dificultades; otros lo empleaban también para hablar del precio del pescado o para discutir acerca del tiempo, detalle este que me llevó a interrumpirlo para preguntarle, con una lenta voz esperanzada, si era verdad que en la isla se realizaban coloquios acerca de esa gran cuestión metafísica, y de ser así, si podía adelantarme, siquiera superficialmente, qué tipo de doctrina habían discernido los filósofos isleños al respecto. Pero él me dijo de inmediato que se había equivocado de palabra, que se trataba de la cuestión climática, del tiempo frío que hacía en el invierno y del tiempo caluroso que hacía en los veranos. Evidentemente, al indicarme antes ese detalle, él había pensado en seprunioh, donde existe una única palabra para referirse al clima y para referirse al tema que desveló a los grandes filósofos de la antigüedad y hasta a algunos Padres de la Iglesia. Yo asentí, sin demostrar desilusión y agradeciendo en mi interior al destino que me hizo súbdito de un país cuyo idioma puede ofrecer dos y hasta tres vocablos para separar una cuestión casi divina de otra prosaica y muy terrestre. Él añadió, entretanto, que nada sabía acerca de discusiones concernientes al time, al menos en inglés; quizá las había en seprunioh, pero sería preciso consultar a los expertos. Después, para finalizar, me confió que existían inclusive quienes se servían del idioma que él enseñaba para que los sirvientes no se enteraran de sus secretos o hasta para insultarse durante la práctica de un juego.

Cuando terminó con esa enumeración, yo sonreí con una ironía que él no captó, y luego, palmeándolo, le dije que no debía preocuparse: el inglés de Yonahtah era irreprochable para cubrir todas esas necesidades lingüísticas. Él por su parte farfulló un acuerdo, aunque enseguida me aclaró que de cualquier modo había que pensar en aquellos cuyo afán de pureza acaso no siempre aceptaría un uso tan cotidiano de esa lengua. Entonces le respondí que ya había pensado en esa posibilidad y que hasta había encontrado una solución: él continuaría con sus clases, como siempre, pero entretanto, y mientras yo permaneciera en la isla, tomaría algunas lecciones conmigo, lecciones que para disimular un poco llamaríamos Clases de Perfeccionamiento; después, cuando llegara el tiempo de transmitirles a sus alumnos esos nuevos conocimientos, buscaríamos una forma de diferenciar los dos niveles, para lo cual yo me anticipaba asimismo a sugerirle lo siguiente: que el inglés aprendido hasta ese momento se denominara Inglés de Yonahtah, y el nuevo, Inglés del capitán Lemuel Gulliver, con la aclaración, eso sí, de que con el uso de este último se excederían, fatalmente, las cuestiones gimnásticas o de feria, y que quedarían también muy nítidamente señaladas las diferencias entre las esferas física y metafísica. La desesperación que lo había llevado a golpear insensatamente las paredes del carruaje se esfumó de su interior ni bien terminé de pronunciar la última palabra de mi propuesta; con los ojos brillantes me tendió la mano y me comunicó no solo su acuerdo, sino también su agradecimiento, porque —se confesó— por algún tiempo había visto ya su academia, o cuanto menos a sus alumnos, en mis manos. Después me dijo que en retribución por mis esfuerzos él me daría clases de seprunioh, y que si no lo hallaba yo desatinado podíamos además comenzar en ese mismo momento con el intercambio. Y así fue: en el tiempo que duró todavía el viaje, nos explicamos mutuamente ciertas cuestiones de nuestros respectivos idiomas.

CAPÍTULO XIII

Continúan las entrevistas del Autor con las personalidades de la isla. Procurando hallar algo de profundidad en sus interlocutores, el autor solicita la presencia de hombres y mujeres pertenecientes al pueblo. Decepcionado también con esas personas, decide adoptar un animal. Sus conocimientos médicos le proveen un compañero inaudito.

No bien los pasos del ex ministro y ahora recopilador de fullerías se perdieron en el corredor, Charlie me anticipó que ordenaría que la campanilla sonara un poco antes durante los tres próximos encuentros, para compensar el tiempo, ya que Martínehz deh lah Manchah había sido incluido por su amistad con el Presidente, sin haberse anotado antes; por eso también, como me había parecido a mí, la duración de la entrevista había sido menor que en los dos primeros casos. De inmediato se dirigió hacia un costado del corredor, y tras permanecer allí dos o tres minutos regresó a mis aposentos.

El cuarto visitante era en realidad un trío, compuesto por dos caballeros con rostros entre equinos y bovinos y una dama, esposa de uno de ellos, con un gentil continente bovino. Los caballeros eran abogados y la dama se dedicaba a su hogar; todos vestían a la inglesa. Tras las presentaciones y de recibir yo de manos de la dama, como obsequio, un rollo de papel secante, los caballeros comenzaron a interrogarme acerca de mis impresiones sobre el país. Luego sobre mis impresiones acerca del tahngoh (sabían que lo había conocido y que hasta lo había bailado). Luego sobre la belleza de las mujeres de la isla. Luego sobre la elegancia de los caballeros, si se correspondía con la de los gentlemen ingleses. Luego sobre la calidad de nuestras telas. Luego sobre el yonahtah (los intrigaba que un capitán no vistiera uniforme y también que usara una prenda tan distinta de las que se hallaron en el baúl). Luego sobre los delitos en nuestro país. La dama, entretanto, permanecía silenciosa, observándome con la impersonal dulzura de sus grandes ojos bovinos. Al fin, alentada por las miradas que yo le dirigía, se atrevió a preguntar también ella. Quería saber a qué se dedicaban nuestras damas. Recordé las sentencias de Grondohnah Fuehntehs y le respondí: “A todo”. Ella hizo un mohín de satisfacción y sus ojos se volvieron sonrientes. Arrepentido de mi respuesta (de mi impertinencia) ante esa exhibición de femenina gentileza, me dispuse a ampliarla, pero entonces sonó la campanilla y debimos despedirnos. Matildeh era el nombre de la dama.

Tanto el quinto como el sexto y hasta el séptimo de los visitantes resultaron bastante anodinos, pese a que ocupaban una posición destacada en la metrópoli. Hablamos con todos ellos más o menos de lo mismo que había yo hablado con el trío anterior, de modo que no hallo nada destacado para apuntar aquí. El octavo, un matrimonio acaudalado, cuya fortuna se originaba en el padre de la dama, un fabricante de paté de pingüino, se manifestó tan evanescente, que en el intervalo que le siguió, destinado a la comida del mediodía, lo olvidé por completo.

Los encuentros de la tarde, aunque más numerosos, produjeron unos resultados similares. Yo empezaba a cansarme, o, para ser más preciso, a aburrirme. Los caballeros se repetían en sus consultas o, si era yo el que preguntaba, en sus respuestas. Lo mismo, pero de un modo más atenuado, y ello solamente por la cantidad de representantes, ocurría con las damas; apenas si en algunos casos unos rasgos de belleza conseguían rescatarlas un poco. Los más jóvenes no pasaban de preguntarme por el fóbahl inglés, por los instrumentos que para comunicarse entre ella utilizaba la juventud inglesa, por las bebidas con que esta se embriagaba y por la música que agrupaba a sus integrantes. Para agitar un poco lo que ya en ese primer día me parecían unas aguas demasiado estancadas, empecé a introducir algunas cuestiones un poco más trascendentales. Dios, la muerte, la vida, el amor, el honor, la caridad, la justicia, el heroísmo, todo eso se fue intercalando en las charlas, y en la mayor parte de los casos solamente para que cada uno de esos conceptos acabara siendo desechado como el envoltorio de un artículo sin valor. Aguardé el día siguiente con ansiedad, para ver qué ocurría con esa tendencia. Todo continuó igual. Entonces le pedí a Charlie, que había empezado a contagiarse un poco mi desazón, que cada tantos visitantes “ilustres” introdujera también allí a algunas personas del pueblo, de la “calle”. Él consultó con el Presidente, quien aceptó. Pero el resultado fue todavía peor. Hombres, mujeres, niños, todos repetían unos mismos balbuceos superficiales, malas copias de las conversaciones o los comentarios oídos al servir una mesa, vaciar una bacinilla ajena o alcanzarle a alguien en la feria unas libras de pescado. Una frase como la de Grondohnah Fuehntehs, “Dejemos que la vida piense en nosotros y disfrutemos de los bienes que nos da”, se reducía aquí a un encogerse de hombros; “Las leidis, yentlemén, las leidis” de Márquehs Garcíah, acompañado por el contorno de un trasero que sus manos dibujaban, no pasaban de una mirada de torpe picardía; el pensamiento de Martínehz deh lah Manchah acerca de que las acciones malas tienen unos matices más diferenciados, lo resumía ahora el sonido como de un pito, algo a medias entre el silbido y la risa. Apenas si rescaté, de una niña que acompañaba a su padre, vendedor callejero de leche, el gesto de recolectar, al enterarse de que al otro día me visitarían, unas guayabahs (peras rojas) en el patio de su casa y el modo de decirme no bien me las entregó como obsequio: “¿Me convidas una?”…

Muy pronto, entonces, hube de solicitarle a Charlie que dejara de intercalar esas visitas. Seguiríamos únicamente con las que estaban programadas, ya que estas al menos le proporcionaban una utilidad a los veteranos de la Hijahdeunahgransieteh. Decidí también, y esto tanto por la necesidad de una compañía que pudiera brindarme la ocasión de repasar los temas más elevados, como por el interés en ofrecer una indirecta lección, decidí que no sería inoportuno reproducir las veladas que solía tener en Redriff con mis dos potros grises, y entonces traté de hallar un par de congéneres isleños. Pero lejos de comportarse como los maravillosos y sabios Houyhnhnms, o tan siquiera como mis potros, esto es, lejos de demostrar la capacidad de hablar sensatamente con un humano, los equinos isleños que me fueron presentados no hicieron más que relinchar y caracolear, como si recelaran alguna intención oculta en los modos tan civilizados con que yo me les arrimaba. Pensé que el aislamiento del país, o alguna interna disposición corporal relacionada con las peculiares leyes físicas que rigen la isla, les habría impedido desarrollar la capacidad de diálogo con los humanos, y no insistí. Me fueron ofrecidos otros muchos animales, desde canes y gatos hasta loros y lauchas, pasando por murciélagos y grillos, pero no me convencieron. Entonces, como suele suceder, y como lo percibió muy bien Grondohnah Fuehntehs, la vida pensó por mí y la más inesperada de las compañías vino a alegrar y enriquecer mis jornadas.

En uno de esos días de entrevistas, al hacer una pausa para reponernos con una colación, Charlie me comentó al pasar que había adquirido, junto con otros funcionarios de la residencia presidencial, un número para la lotería, cuyos resultados se decidían en esos días. El premio era anual y consistía en una gran suma de dinero. También casi sin pensar le pregunté cuál era el sistema que empleaban allí, y él entonces me contó algo que me transportó por un instante, como en sueños, hasta la China misma, hasta ciertos usos y costumbres que había yo conocido allí en uno de mis tantos viajes. Me contó que se utilizaba a un animal, un ocahsoh-deh-termehs (oso hormiguero real), para dar con el número ganador. Esto me sorprendió y le pedí precisiones. Me explicó que se trataba de un procedimiento muy simple: se capturaba a uno de esos animales y el día del sorteo se lo conducía a un termitero para que se alimentara; luego se lo sacrificaba, se le abría el estómago y se contaban cuántas termitas había ingerido. El número apostado que coincidiera con la cifra de insectos deglutidos o que más se aproximara a ella (se permitía un error de hasta veinte) era el ganador. Me dijo también que para asegurar que aquellas cifras fueran siempre distintas, cada año se modificaba el tiempo de la comilona de los osos en los termiteros; a veces el banquete duraba cinco minutos, a veces quince o a veces un solo minuto. Yo nunca había visto en la naturaleza a una de esas criaturas; tenía una imagen borrosa, que alguna vez había contemplado en un libro con estampas de animales curiosos de todo el mundo. Pensé un momento y después le pregunté a Charlie si existían en la isla hierbas con propiedades narcóticas. Él no lo sabía, pero el médico personal del Presidente, a quien fue a ver de inmediato, le informó que existían varias especies (de hecho, se las usaba para las amputaciones de miembros humanos) y que se podían conseguir en la principal botica de la metrópoli. Con este dato en mi poder, le pedí que le consultara a su jefe si me estaría permitido, apelando a mi condición de experimentado cirujano, extraer del estómago del ocahsoh-deh-termehs las termitas pero sin sacrificarlo; y si todo salía bien, si se me permitiría además adoptarlo. Él me observó con curiosidad unos segundos y, tras sonreír y menear un poco la cabeza, fue a ver al Presidente. Regresó en unos minutos y me dijo que su superior no tenía ningún inconveniente en autorizar mi iniciativa; es más: ya había ordenado a unos funcionarios que se pusieran a mi disposición. Atendimos entonces al próximo visitante y en el final de la entrevista nos reunimos con los funcionarios para implementar ciertas cuestiones prácticas, entre ellas la suspensión de las audiencias en mis aposentos hasta que concluyera la cuestión del oso hormiguero.

Esa misma tarde visité la botica y elegí, guiado por su dueño, un anciano experto en la flora de la isla, dos de las hierbas más poderosas; enterado de mis planes, el docto hombre me recomendó también unas hierbas cicatrizantes. De ahí fuimos hasta el sitio donde permanecía el ocahsoh-deh-termehs, curiosa criatura a la que ya con el primer vistazo le cobré simpatía y afecto. Estaba echado en el pasto de su jaula y al llegar nosotros (me acompañaban, entre otros, el maestro de inglés, Charlie, y el barbero cirujano más reputado de la metrópoli) se incorporó y vino a husmearnos con su larga trompa. Por una especie de natural afinidad (o acaso por precavido instinto) se demoró más tiempo conmigo; refregaba el extremo de la trompa contra una de mis piernas y entretanto me observaba con sus ojillos, cuya expresión, entre sonriente y astuta, me recordó la de unos viejos sabios orientales que tuve ocasión de conocer durante mi visita al Japón. La ceremonia con la deglución de las termitas era al día siguiente, después del mediodía. Luego de recorrer el lugar, un edificio oficial de una planta donde tenía su sede la organización que administraba la lotería, y de escoger yo el sitio para la intervención quirúrgica y dar instrucciones acerca del instrumetal que precisaría y también sobre el modo en que debía prepararse la poción narcótica, volvimos a la residencia, donde me aguardaba una charla con el Presidente. Estaba, para mi sorpresa, ansioso por la suerte de mi proyecto, ya que si resultaba positivo él ganaría popularidad entre aquellos niños (y sus padres) para quienes ese sacrificio anual constituía un motivo de apesadumbradas meditaciones. Según me confesó, era este un tema que había sido descuidado por los distintos presidentes, pero por fortuna mi ocurrencia le había de repente presentado la punta de un ovillo quizá no muy trascendente pero que tenía, con todo, su peso político. (Y este comentario, claro, bastó para aclararme el porqué de tanta presteza para aceptar mi ocurrencia). Lo tranquilicé citándole algunos casos de mi pasado como cirujano de a bordo y regresé a mis aposentos.

Al otro día, a media mañana, fuimos con Charlie y el maestro de inglés al edificio de la Lotería, donde más tarde se nos agregó el barbero cirujano, un hombre de rasgos bovinos que había pasado de encargado de lavativas y saca muelas al cargo que ocupaba en el presente. El Presidente deseaba que aumentara sus conocimientos y entonces le había pedido que me acompañara en la trascendental operación. El ocahsoh-deh-termehs ya había sido trasladado hasta el termitero, de modo que nos ocupamos con el barbero cirujano en preparar una mesa para intervenir al animal y luego revisamos los elementos propios de esa tarea. Un asistente me acercó una muestra del preparado con las hierbas, que se había cocinado según mis indicaciones; para asegurarnos lo probamos con un mastín de gran tamaño que vivía en ese lugar. El animal bebió la pócima y unos pocos minutos después comenzó a tambalearse; enseguida se sumergió en un profundo sueño. Separé una dosis semejante, en un cuenco de arcilla de cuello alargado, y la dejé junto a la mesa, con una cocción de las hierbas cicatrizantes al lado.

Algo así como una hora después llegó una paloma anunciando que se aproximaban con el oso. Esperamos en la puerta y cuando el carromato llegó hice trasladar la jaula hasta el sitio indicado. El oso continuaba relamiéndose y capturando algunas termitas que se habían adherido a su pelaje. Le acerqué el cuenco y él bebió sin problemas, ya que había dado yo instrucciones para que no se le ofreciera agua luego de comer. Esperamos unos minutos y la criatura empezó a entrecerrar sus ojillos; luego se desplomó. Lo instalamos con premura en la mesa y me di a la tarea. Un escribano fiscalizaba cada uno de mis movimientos. Cuando el contenido de su estómago quedó a la vista, ingresaron dos asistentes y retiraron con cuidado la masa de termitas; de ahí pasaron con su cargamento a una habitación vecina, donde se les agregó una tercera persona para proceder a contarlas, siempre controladas por el escribano. Yo suturé el órgano y luego la piel, que cubrí con unas vendas empapadas en la cocción de hierbas cicatrizantes. El oso despertó alrededor de una hora después. Para entonces ya lo habíamos acomodado en su jaula, que ahora aparecía más chica, ya que para evitar que se moviera yo había ordenado que se cubrieran los lados con grandes almohadones. En eso se escuchó en la entrada del edificio la voz de un niño, que cantaba una cifra. Era el número de termitas y era el modo de anunciarlo. Charlie se llevó una mano a la frente, me miró y después me dijo que les esperaba, a él y a sus socios de lotería, por lo menos un año más de trabajo; su número estaba muy lejos del ganador. Nos quedamos junto al oso un buen rato. Charlie se ocupaba de recibir y enviar palomas (casi todas del Presidente) anunciando que las cosas iban muy bien, y yo de dar instrucciones a un mozo que se encargaría de cuidar al animal. Era preciso proveerse de termitas para los días siguientes y también seguir dándole de beber tisanas narcotizantes (más suaves, claro está) para que el animal no sufriera demasiado el encierro y las molestias de la herida. Cuando me pareció que todo estaba bajo control, nos retiramos.

En las jornadas que continuaron no dejé ni una vez de visitar al oso, a quien bauticé con el nombre de Tito, según la grafía latina. Me acercaba a la jaula y recorría su pelaje con mis manos; él se incorporaba un poco y me observaba con sus ojillos semiorientales; después se echaba de nuevo. Cuando me despedía, él agitaba un poco la tupida cola, a manera de saludo, según me parecía. El Presidente, entretanto, me había citado a su despacho al día siguiente de la intervención para comunicarme en persona que el Parlamento, considerando tanto mi condición de ilustre viajero como mis habilidades para la natación (“¡Y nada sabían de su talento para la cirugía!”, dijo con ánimo jocoso), había resuelto dejar librado a mi responsable discreción el tiempo de mi permanencia en la isla. Era, según él, una noticia importante, pero sabrá el lector que en esos momentos mi cabeza estaba más ocupada con el tema de Tito que con cualquier otra cosa. Le agradecí sobremanera esa distinción, pero de inmediato llevé la charla hacia el convaleciente. Él me secundó (con sus razones políticas, por supuesto), y luego de un rato de mutuas coincidencias me dio licencia para retirarme.

Por fortuna Tito se mostró resistente y dócil. Comía sin dificultades y apenas si había que suministrarle alguna cocción narcótica. A la semana de haberle extirpado las termitas, ya caminaba por su jaula. Dos días después fue conducido a la residencia presidencial, a un albergue construido en un rincón del parque, cerca de mis aposentos. Durante el día, en las pausas que hacíamos cada tantas entrevistas, yo le daba de comer las termitas que me acercaba un mozo que vivía en las afueras y aprovechaba también para entrar en su refugio con el fin de que se habituara a mi presencia. En varias ocasiones él manifestó su satisfacción refregándose contra mis piernas o deteniéndose de golpe para dirigirme una larga y apacible mirada. Poco tiempo después comencé a dejar la puerta de su refugio abierta, tanto de día como de noche, y luego, como él se acercaba a mi ventana para buscarme, lo acostumbré a visitar mis aposentos. La noticia de su existencia y de su relación conmigo se difundió con rapidez, y entonces los visitantes solicitaron que a mi presencia se agregara la de Tito. Le preparamos un sillón conveniente y desde ese momento todas las audiencias se desarrollaron con él a mi lado. Su actitud era tranquila y en sus ojillos se reflejaba una curiosidad atenta. A poco de agregarlo a las entrevistas, noté que muy sutilmente y mediante contracciones de su pelaje, miradas o gruñidos leves, él reaccionaba con una cierta lógica en algunos tramos de las charlas, y que esas reacciones coincidían casi totalmente con las mías; si esto no ocurría, seguramente que el equivocado era yo. Me mostré atento a esa cualidad, y para mejor estudiarla dejé que me acompañara durante las comidas de la noche, que habitualmente yo tomaba solo en mis aposentos. Mientras comía le hablaba de los temas del día y como si se tratara de Charlie o del maestro de inglés. Él escuchaba y al cabo de unos segundos de silencio, en los que parecía repasar mis palabras, asentía o negaba con movimientos de su pequeña cabeza. En una oportunidad, llevado por una ocurrencia del momento, comencé a repetir su nombre, tal como se hace con un niño. Tito escuchó con la atención habitual y después intentó repetirla; el extremo de su trompa se movía con esfuerzo, insinuando la forma de la palabra. Por fin, tras contraer el pelaje del lomo, rascar el asiento con las uñas y pestañear varias veces, de su boca emergió, como originado en un sitio lejano y estrecho, el sonido de la palabra Tito.

Fue un acontecimiento y fue un principio. Como si pronunciar su nombre hubiese librado su boca de un obstáculo, las nuevas palabras lograron ser repetidas con mucha más facilidad. Además, con el transcurrir de su aprendizaje advertí que su relación con las palabras tenía una cierta cualidad primordial. Si él decía, por ejemplo, árbol, yo sentía que tanto la resonancia fonética de ese vocablo como lo que a él se le representaba en su interior, eran algo más verdadero que aquello que en idéntica situación podía sucederle a un humano; él, se me ocurrió pensar, se engañaba menos. Esto me llevó a experimentar con frases. Yo tenía interés en saber cómo sonaría un comentario hecho por alguien en quien las palabras estaban intactas, por alguien capaz acaso de recrear la condición del primer lenguaje de nuestros padres en el Paraíso. Para ello probé con frases relacionadas con el alimento que Tito recibía, buscando que una repetición de ese tipo lo involucrara mucho más. Como lo había supuesto, las palabras (un tanto deformadas por la sonoridad que le infundía la conformación de la trompa), ni sonaban ni significaban lo mismo que cuando yo las pronunciaba. Una simple frase como “Me agradan las termitas”, en boca de Tito aparecía como enfundada en el oro de una significación luminosa. Quedaba no obstante por ver cuánto había de comprensión, de discernimiento en aquello que él repetía.

Lo examiné con frases de índole física y también moral. Las primeras las superó con facilidad, como un niño adelantado; hasta se atrevió a introducir alguna variación. Con las segundas fue más difícil, pero debido a las características que les eran propias a las frases, no a una falencia de su parte. Probé asimismo su perspicacia. Le decía, por caso, “Odio a Charlie, Tito”, y él entonces se inmovilizaba y en su mirada aparecía por unos momentos la fijeza neutra del mundo inorgánico, algo similar a lo que resultaría de unas vetas con forma de ojo en una piedra. Luego pestañeaba y repetía la frase; y en ella habitaban la misma sonoridad gastada y la misma falsedad que tenía al pronunciarla yo. (No quise imaginar la terrible naturaleza refulgente que tendría una frase de ese tipo dirigida por él con sinceridad a alguien.)  Si le decía, en cambio, “Charlie me cae bien”, su repetición producía un estallido de irradiante comunión. Aun así, y para ampliar sus percepciones y su saber de ambas esferas, la física y la moral, era preciso continuar exponiéndolo a otras personas, pero sin dar ninguna pista acerca de sus conocimientos; solamente yo debía saber allí de eso. Le expliqué el silencio al que tendría que ceñirse y él estuvo de acuerdo.

Las entrevistas aceleraron extraordinariamente sus conocimientos y su experiencia anímica y moral. Yo introducía en las conversaciones, adrede, cuestiones que inducían a la polémica y con las que los visitantes se comprometían de un modo mucho más personal. Tito escuchaba según su estilo y después, durante la cena, nos entreteníamos en repasar ciertas cuestiones que habían surgido y sobre las cuales él tenía una impresión tan penetrante como la mía. Todavía no podía charlar con él como con mis dos potros grises, pero esa insuficiencia era ampliamente compensada por la cualidad esencial que adquirían sus frases, aun las que no lograban completarse. Hablábamos mayormente en inglés, aunque él entendía de un modo análogo el seprunioh. Por ese tiempo habíamos empezado a preparar, con el maestro de inglés, un diccionario para suplantar el de Yonahtah, lo que le procuró a Tito, que nos acompañaba durante las reuniones de trabajo, un conocimiento muy amplio de nuestra lengua y del seprunioh. Además, y si bien el diámetro de su cabeza no superaba el de un pomelo, su capacidad para memorizar era notable, al igual que sus dotes de improvisador: una vez en que discutíamos con el maestro de inglés acerca de una palabra determinada, Tito se descuidó y nos sugirió un término. Él maestro lo miró como si se tratara de un aparecido, y entonces Tito, dándose cuenta de su error, fingió un acceso de tos, lo que me dio un pretexto para decirle al maestro que lo que había tomado por una palabra no había sido más que una de las primeras manifestaciones de esa tos.

Más adelante el tema de ocultar su capacidad se volvió algo delicado. Sobraban las oportunidades para que Tito se olvidara de que debía mantenerse en silencio y hablara. Esto dio ocasión a una charla entre él y yo que duró toda una noche. Cuando la Cruz del Sur empezaba a confundirse con el celeste ceniciento del cielo, nos separamos, él decidido ya del todo a no traicionarse jamás. Había entendido, apoyado en mis razones, que de no hacerlo su destino estaría en la feria o en una jaula en el parque de la residencia de alguien como Márquehs Garcíah. 

Todo el tiempo, por lo demás, que duró mi estadía en la isla, lo pasamos juntos. Compartíamos salidas, encuentros, agasajos. Nuestras siluetas fueron incluso motivo de ilustración para adornar los recipientes de un veneno contra las termitas que comenzó a venderse por ese entonces en la metrópoli. En las noches, si no debía yo salir, él me acompañaba durante la cena y después en las largas sobremesas. Allí aprendió a beber vino, el cual le daba un talante meditativo que convenía muy bien al tipo de charlas con que nos entreteníamos. ( A mí me agradaban los temas relacionados con la historia y la política; Tito prefería los metafísicos: el porqué de su apariencia y de su función en la naturaleza eran dos tópicos que lo obsesionaban).

Fue en esos encuentros donde surgió el tema de su vida luego de mi partida. El Presidente y otras personas manifestaban su estima y su simpatía hacia él, pero Tito prefería regresar al monte, entre los grandes termiteros; según me confió, había dejado allí a una osa hormiguera que le agradaba mucho y con la que había tratado la posibilidad de juntarse y formar una familia. Pensaba también que la inesperada adquisición del habla humana y, esencialmente, las zonas de pensamiento que ese hecho le había habilitado, servirían para que sus congéneres mejoraran y trascendieran un poco las duras condiciones de esa vida tan silvestre; quizá hasta buscaran una forma de alimentación más refinada, ya que a pesar de las apariencias, tanto él como sus compañeros de especie sufrían de la acidez que les producían en el estómago las picaduras de las termitas más resistentes. Hablamos bastante al respecto y al fin hube de arrancarle al Presidente, con razones puramente sentimentales, la promesa de que Tito volvería a su lugar de origen, promesa que tuve la satisfacción de ver cumplida unos pocos días antes de abandonar yo la isla y en unas circunstancias personales mías quizá no completamente ideales, aunque todo esto será relatado en el lugar y la ocasión que le corresponda.


SEGUNDA PARTE – Informe sobre Incognitahriah
TEMOR Y TEMBLOR

Aprovechándome de mi condición de médico experto e informado, creo poder afirmar que las ciencias médicas, que la medicina incognitahriah no tiene parangón, en cuanto a conocimientos acerca de las dolencias y los males que menoscaban la salud humana, con ningún país del orbe, por lo menos de los conocidos por mí. A tanto llega esa dilucidación científica, que las personas de la isla no acuden a un licenciado o a un doctor en Medicina para que les informe qué enfermedad padecen, sino para enterarse de cuál es la clase y el nombre de la salud que poseen. Dicho de otro modo, son tan numerosas las afecciones y las enfermedades allí catalogadas, y es tanta la difusión que se le da a ese saber medicinal, que lo normal no es ya la salud sino la enfermedad. Cada niño, cada mujer y cada hombre conocen en la isla que al acostarse en las noches sus cuerpos albergan, en estado primario, secundario o terciario, por lo menos una buena media docena de patologías de menor o mayor gravedad, y que al levantarse, esa posesión puede incluso estar ya acrecentada por algún nuevo quebranto adquirido durante el reposo. Es ese, por otro lado, un saber que ni siquiera precisa de la palabra autorizada de un galeno. Cualquier habitante de la metrópoli o de las provincias puede informarse al respecto en unos grandes volúmenes que se hallan distribuidos en distintos puntos de las ciudades más importantes y que reproducen los contenidos del Vademecum (este nombre le doy, aunque en la isla se lo denomina simplemente Brohlih o Libro) donde se asientan y describen todas las enfermedades. Yo mismo pude observar en más de una ocasión las filas de interesados que suelen formarse ante esos volúmenes, y cómo luego de darles una leída los semblantes empalidecen y el andar se vuelve más vacilante, por más que se trate de un joven vigoroso o de una muchacha con mejillas de melocotón.

Las voces más autorizadas de la isla afirman, con respecto a la amplitud del contenido del Vademecum, que no se trata más que del resultado natural de las investigaciones realizadas a lo largo de los años, y que el ritmo de los hallazgos científicos ni se aceleró ni se retrasó en ningún momento. Añaden, asimismo, que mucho de ello se debe al auxilio del Ojehteh-deh-Yoh u Ojo de Dios, un aparato similar a un catalejo gigantesco, construido con placas de un muy raro cristal que se extrae de las montañas del noroeste de la isla, y que permite, exponiendo el cuerpo desnudo de un hombre al sol del mediodía, que su interior resulte visible. El conjunto del pueblo, en vez, atribuye esa avalancha de conocimientos en medicina y cirugía a algo así como una eclosión repentina, un hecho súbito que no precisó más que un puñado de años para formarse, es decir, algo parecido a lo que un inglés con mucha imaginación podría suponer que sucedería si de pronto en Inglaterra nacieran, por capricho divino, mil niños portando las cualidades naturales del grandioso Hipócrates. Los ancianos, por ejemplo, declaran que un día, de repente, sus hijos aparecieron con tales o cuales novedades relacionadas con la salud y la enfermedad, y esos hijos por su parte les achacan a sus pequeños o también a algún pariente o conocido la mención de esas primicias  que fueron creciendo con el empuje de una hiedra silvestre y que cambiaron la existencia de todos allí.

Porque hasta no mucho tiempo atrás lo normal era nacer, padecer durante el transcurso de la vida estas o aquellas afecciones, estacionales algunas, un poco más traicioneras otras, pero a fin de cuentas se moría casi siempre viejo y con un camino detrás en cuya mayor parte se destacaba el tono ambarino de la salud, ese tono semejante al de un plácido y extendido lago. Pero luego, de improviso, he aquí que cada existencia comenzó a recibir a diario unos como flechazos, disparados sin falta y sin pausas desde el cada vez más hinchado y temible Vademecum. Para colmo, se trataba de unas flechas envenenadas: su impacto no solo daba cuenta de que lo que se reputaba como un vulgar resfriado, una común tos o una todavía más común diarrea provocada por unas peras verdes tenían otros nombres y otras consecuencias, sino también que esos nombres y esas consecuencias se bifurcaban a su vez en otros nombres y en otras consecuencias, las cuales, más allá de lo estrictamente patológico, acarreaban igualmente obligaciones de tipo práctico, como lo ocurrido con los imprenteros, por caso, que debieron recurrir al genio y al ingenio de Márquehs Garcíah en procura de un papel cuya delgadez permitiera que el asediado Vademecum siguiera constando de un solo volumen.    

Es posible, sin embargo, que en esa percepción, en esa idea de que se había tratado de algo más o menos súbito, actuara el tan comprensible y esperable factor humano que lleva a considerar como un milagro todo aquello que rebasa nuestra capacidad de asimilación, a adjudicarle a la cola del diablo el resultado de unas causas y efectos cuya progresión y entrelazamientos no podemos o no queremos seguir. Porque yo también, médico, como dije, y no justamente de los más impresionables, en un principio, al enfrentarme con las descripciones de uno de los enormes volúmenes expuestos en la calle, sentí que las sienes me zumbaban y que mi visión se borroneaba; a punto estuve de desvanecerme. Pero luego, a medida que mis ojos recorrían las muy delgadas páginas y mi inteligencia captaba, combinaba y daba en finales patológicos cuyas particularidades conducían —tanta era la agudeza médica que se había posado en ellas— a nuevos principios igualmente nocivos, a medida que eso sucedía todo aquello comenzaba a parecerme lógico y razonable, aunque al mismo tiempo era también imposible no sentir la insinuación de algo como un vértigo. Y es que el barro de Adán parecía haberse convertido en papel y su sangre en tinta, una tinta con la que parecía también que Dios mismo escribía en aquel papel los principales secretos de su soplo animador.

Pero lo concreto, más allá de cualquier consideración acerca de lo súbito o no súbito, es que a partir de cierto momento cada ser humano en la isla, y proviniera de una cruza equina, bovina o mixta, supo que todo lo que contenía aquel Vademecum estaba también de algún modo inscrito en su organismo; que él mismo era un Vademecum en tránsito y que su lectora era la vida, una lectora que más tarde o más temprano habría ineludiblemente de detenerse en una o en varias páginas para leerlas, por decirlo así, en voz alta. Esto, como es de suponer, le dio a la existencia una pesantez y una lentitud hasta ahí desconocidas. No era sencillo saberse participante de una lotería en la que casi existían más bolillas que casilleros en blanco. Las consultas médicas se llenaron rápidamente, tal como si una peste desconocida se hubiera presentado sin ninguna manifestación previa. Hombres y mujeres perfectamente sanos se derrumbaban no bien los médicos abrían la puerta para recibirlos, o ingresaban en las salas entre quejidos o gesticulaciones demasiado similares a los que el Vademecum adjudicaba a ciertas dolencias. Porque el hecho es que la mayoría concurría allí después de haber recorrido página por página alguna de las copias del docto libro y de haber decidido cuál era la enfermedad o las enfermedades que padecía. (Esas copias fueron confeccionadas por presión de los ciudadanos y apenas se tuvo noticia de que en poco tiempo el original había crecido monstruosamente.) Si el galeno no coincidía con ese diagnóstico previo o si declaraba, después de observarlo con el Ojehteh-deh-Yoh, que ningún mal existía, el interesado abandonaba la consulta con un portazo o, como había sucedido en algunos casos, con un puñetazo aplicado al sabio, y se dirigía en busca de un nuevo facultativo. Este hecho, al repetirse, provocó que médicos, cirujanos y todos aquellos que se relacionaban de algún modo con un paciente, adoptaran la estrategia de engañar a quienes se empecinaban en considerarse enfermos diciéndoles que sufrían de alguno de los males descritos en el enorme libro, males que eran seleccionados de entre aquellos con síntomas más generales e inocuos.

Por un tiempo el plan funcionó. Luego, sin embargo, al extenderse entre la población el conocimiento del Vademecum, y como no pasaba además un día en que no se le agregara a sus páginas alguna novedad, el ardid se reveló insuficiente para contener la marea de quienes no podían creer que se habían librado de quedar atrapados en la inconmensurable telaraña cuya existencia habían revelado y continuaban revelando los capítulos del horroroso volumen. Multitudes intercambiaban datos sobre sus males reales o supuestos y acto seguido acudían en avalanchas a golpear las puertas de los hospitales o de las consultas particulares. Funcionarios, asistentes, sirvientes, cocheros, lustrabotas, toda clase de gente dejaba de asistir a sus tareas no bien un escozor leve en alguna parte del cuerpo o unos ruidos casi imperceptibles en las tripas le recordaban los síntomas de alguna de las enfermedades asentadas en el Vademecum. Cuando ese estado de cosas se volvió intolerable, el Gobierno resolvió, mediante una prueba realizada en la Plaza Mayor, demostrarle a la población que no había ningún motivo que justificara semejante revuelo.

Luego de una selección rigurosa se eligió a un hombre rebosante de salud, un leñador que nada sabía del Vademecum y que descreía totalmente de los conocimientos médicos oficiales. Se lo condujo ante la multitud y un lector designado por el Gobierno empezó a leerle el contenido de las páginas. Al comienzo, el hombre sonreía desdeñoso, sobre todo cuando el gentío, al escuchar lo que ya todos ellos habían leído antes, reaccionaba con muecas y rumores de angustia. A veces, incluso, al mencionar el lector una dolencia menor, trataba de llevarles a los presentes, con paternal suficiencia, un poco de sosiego, diciéndoles “Yo lo tuve, yo lo tuve”, para completar enseguida, con una risotada de satisfacción y mientras les exhibía su magnífico cuerpo: “¡Y aquí estoy!” Pero después, de a poco, sus comentarios y sus sonrisas se fueron espaciando. Al dejar el lector atrás las primeras cien páginas, ya no sonreía; cruzado de brazos, se tomaba el rostro con una mano y miraba fijamente el piso. Luego de otras treinta o cuarenta páginas, además de los brazos cruzó también las piernas y se dobló un poco, como si alguna necesidad natural lo apremiara. Unas pocas páginas más y apareció el sudor en su rostro. Cuando la lectura arribó al folio doscientos, algo así como la décima parte del libro, el hombre empezó a temblar y en sus ojos, ahora parecidos a los de un anciano, se reflejó algo similar al pánico. Tras escuchar, retorciéndose como una hoja entre las llamas, un par de folios más, se tapó los oídos, luego se refregó el cuerpo con violencia y a continuación, entre gemidos breves y roncos, salió disparado por uno de los laterales. Se produjo un momento de confusión hasta que al fin algunos funcionarios reaccionaron y corrieron en busca del hombre; pero ni siquiera consiguieron ver la dirección que había tomado, tan rápida fue su huida. Una media hora después, mientras la multitud, dividida ahora en pequeños grupos, comentaba lo sucedido, se presentó un muchacho con la noticia: el infeliz leñador se había ahorcado en una callejuela escondida.      

El alboroto que se produjo una vez conocida la novedad fue descomunal. Indignados, los concurrentes atacaron a los funcionarios, que de milagro lograron escapar, aunque con sus trajes a la inglesa destrozados. Después se dirigieron hasta las esquinas donde se exhibían copias del Vademecum y les prendieron fuego. Pero mientras el viento se llevaba las cenizas y cuando se disponían ya a ir también por los ojehtehs-deh-Yoh, una reflexión súbita sacudió el ánimo de los incendiarios: si destruían los nombres y las señas de sus “enemigos”, de las enfermedades, implantarían un mal todavía más terrible: a partir de ahí serían asediados por lo anónimo, por lo desconocido. Esta consideración afligió y desesperó todavía más a los pobladores. Se produjeron entonces escenas impensadas un poco antes. Hombres y mujeres se cortaban las venas en las veredas, entre los enloquecidos canes, mientras declaraban que preferían esa hecatombe a dejarse atrapar por alguno de los invisibles e innumerables lazos que la taimada Muerte había dispuesto para mejor cazar a la criatura humana, violentando, con tal proliferación desproporcionada, los equilibrios que la Madre Naturaleza había implantado para permitir el delicado juego de la vida. Esa resolución extremada, esa resolución de terminar  ellos mismos con sus vidas —decían con un brillo de ilusión en los ojos— los volvía seres libres. Otros, menos filosóficos pero igualmente drásticos, se instalaban en el medio de las calles y, tras bajarse las calzas a la inglesa y apuntar el trasero al cielo, se administraban allí, por mano propia o ajena, una lavativa tras otra, pues deseaban, según sus gritos, acabar de una vez con sus existencias evacuando hasta el alma. Cuadrillas de alguaciles y hasta de guerreros fueron enviadas por el Gobierno para rescatar a las personas de esa fiebre de autodestrucción, pero la mayor parte de sus integrantes, que compartían la misma aprensión, se plegó al desquicio general. Fue entonces cuando el periódico más importante de la metrópoli resumió la situación con este título: Temor y Temblor, un título, una consigna que empezó a repetirse por doquier, tanto en las tapas de otros periódicos como en las ferias, los presidios, las tiendas y hasta los cementerios donde se enterraba a las víctimas de las sangrías y de las implacables lavativas.

Milagrosamente, eso resultó una suerte de bálsamo, y las convulsiones que todavía persistían cesaron casi por completo. Parecía que tal como sucedía con los temores instalados por el Vademecum, a los que solamente un diagnóstico, la certeza de saberse poseedor de un mal determinado lograba atenuar, también aquí el acertado diagnóstico periodístico, el haberle dado nombre a esa enajenación de la que casi nadie podía librarse, consiguió que el cuerpo y el alma sociales se apaciguaran. El Gobierno, sirviéndose de esa impensada tregua, aprovechó para anunciar que un grupo selecto de médicos, de cirujanos, de boticarios y de investigadores acababa de ser comisionado para que hallara una solución a los dañinos efectos que provocaba la existencia del Vademecum, puesto que destruirlo, como había enseñado una reciente y pirómana experiencia, solo atraería el flagelo de una mayor desazón. El grupo de sabios tenía una semana para expedirse.        

Ese comunicado aquietó todavía más los ánimos y le dio a cada cual la posibilidad de meditar, con una distancia conveniente, acerca de su condición de habitante de esa tierra paralela, de esa tierra de sudores y de miedos en la que uno se adentraba no bien abría las páginas del Libro, y cuyo nombre, ahora se sabía, era Temor y Temblor. Una tierra, conviene también que lo diga, donde el Consejo que comanda la Factoría de Drogas y Pociones Curativas es el rey, los médicos y cirujanos sus ministros, y los investigadores, tanto aquellos que agregan nuevas páginas al Brohlih como quienes experimentan con nuevos potajes, tisanas, ungüentos y elixires de todo tipo, algo así como los encargados de la huerta real. Porque el inspirado título, a la vez que atenuó la convulsión popular, dejó también a la vista cuán amplia es la dependencia de los habitantes de la isla con respecto a esa monarquía médico-comercial. Esta impera sobre las voluntades de un modo al que ninguna otra fuerza, ni política ni de ningún tipo, puede aspirar. Con ella no caben convivencias igualitarias; el vasallaje es el único término que acepta en sus relaciones con la humanidad isleña. Incluso aunque un mariscal rebelde o un santo se atrevieran a arrasar su fortaleza y rasgar sus pergaminos, no sería ello algo muy distinto de pretender que desaparezca el sol borrando esta palabra de los diccionarios. Su poderío, por lo demás, no está emparentado con ningún tipo de abolengo. Al revés, quizá se origina en lo modesto y heterogéneo de sus inicios, en el haber emprendido esto o aquello de manera no muy premeditada, en haber plantado una semilla aquí, otra más allá, en haber aguardado después la germinación con serenidad, en haber recogido los frutos y ensayado otras siembras, en haber ido anexando e injertando unos distintos elementos (el portentoso Ojehteh-deh-Yoh, por caso) para mejor configurar lo que ya empezaba a definirse como una fértil e influyente enredadera. En haberse construido, en suma, y en haber construido mientras eso ocurría, una realidad que al final le garantizaba su categoría de intocable. Temor y Temblor: algo, entonces, como los humos intoxicadores que surgen de la gran chimenea de la Factoría de Drogas, fundamentalmente de sus cocimientos más evidentes: la averigüación y la catalogación de enfermedades, la producción de medicamentos para combatir esos males, el regimiento de médicos, de cirujanos, de comadronas y de encargados de lavativas para recomendar los elixires curativos, y, como agente provocador, el sedicioso texto en las copias del Vademecum que aguardan al transeúnte en cada esquina.

“Sus cocimientos más evidentes”, dije. Porque todavía, deberá saber el lector, existen otros más cuyas humaredas no surcan ni cielos ni caminos. Me enteré de ellos un poco debido a mi condición de extranjero y un poco, quizá, por inconsciencia de quienes me lo permitieron. Ya que habrá también de saber el lector que la población de Incognitahriah nada conoce de esos experimentos, y que incluso entre los miembros del Gobierno son muy pocos quienes saben algo al respecto. Se trata, para ir al punto, del Pabellón de Exploración y Sondeo de Enfermedades Medio-Conocidas y por Conocer, un sitio altamente secreto, propiedad de la Factoría de Drogas, donde se ensaya la combinación de ciertas enfermedades. Por ejemplo (y son tantos los ejemplos), se toma a un enfermo de influenza y se lo junta con alguien que sufre de viruelas, o se expone a alguien con los pulmones carcomidos al contacto con un bebedor cuyo hígado se ha convertido poco menos que en una piedra. Luego, cuando los males se acoplan, se agrega a un tercer voluntario (todos quienes participan de esos ensayos son personas cuya pobreza los lleva a ganarse unas monedas de ese modo) para intentar que aquella mixtura germine en su organismo. Si eso ocurre, se catalogan sus síntomas y se inicia de inmediato la búsqueda de un preparado para combatir el flamante mal (por la índole de su colaboración esos terceros voluntarios —y pueden ser octavos o vigésimos, si los anteriores mueren antes de que aparezca una cura— reciben un salario más importante). Según el Consejo de la Factoría, esas pruebas no tienen como fin último crear una tercera enfermedad, sino descubrir, curaciones más completas para las que les dieron origen, es decir, que esperan encontrar allí la solución tanto para los estragados pulmones de Pérehz como para el hígado pedregoso de Gonzálehz. Esa es la explicación oficial, la que acepta y a la que adhiere el Gobierno.

Otra explicación (comunicada en sordina, como desde atrás de una pared) afirma sin embargo que todo eso es una falsedad, que la única ambición de la Factoría es agregar padecimientos a los ya conocidos, para asegurarse, una vez que estos van siendo dominados a través de los remedios que ella misma produce y vende, la existencia de enfermedades “de repuesto”, por decir así, y la consiguiente demanda de nuevos preparados curativos. Se añade, también, que se guarda allí, en los subsuelos de la Factoría, un Vademecum más pequeño que el oficial, donde están asentadas todas las enfermedades “de cultivo” que ya germinaron, y, en los casos en que existen, los nombres y las cualidades de los elixires para curarlas. (Esos casos no son abundantes, ya que es mucho más sencillo crear una enfermedad que un elixir para combatirla, por lo que el tema es muy grave. ¿Y si en un descuido uno de los voluntarios que habita el Hotel de Pruebas —tal el nombre interno que se le da al conjunto de salas donde viven todos aquellos que son sometidos a los experimentos— se fuga portando un nuevo mal? A mi pregunta se respondió señalando el cercado de arbustos espinosos que rodeaba las salas y los guardianes con mosquetes que estaban allí apostados.)

Aquellas voces incriminadoras le reprochan además a la Factoría la degeneración de tipo moral que su codicia ha provocado entre los médicos, los cirujanos, los boticarios y hasta las comadronas. Los primeros, dicen, pasaron de la palabra tranquilizadora y la palmada en el hombro del paciente, a mirarlo a este con una expresión dramática bien ensayada y a recargarlo después con un extenso listado de elixires que de ningún modo precisa; los cirujanos, de la piedad y el espanto ante cualquier amputación que debían realizar, al cálculo de cuánto más dinero ganarán si en lugar de cortar a la altura del tobillo lo hacen a la altura de la rodilla, o de si serán descubiertos si extirpan, alentados por un interés material idéntico, un órgano del todo sano; los boticarios, de hombres de confianza de sus clientes a falsificadores de ungüentos y elixires; las comadronas, de habilidosas hadas hogareñas a alcahuetas de médicos y de cirujanos, a quienes derivan de urgencia a las parturientas luego de simular que el nacimiento se presenta complicado y con muchos riesgos… En cuanto al Ojehteh-deh-Yoh, que tanto se usa y abusa, reconocen, sí, que su creación ha resultado positiva para conocer mejor el cuerpo humano y sus penurias. Pero —agregan enseguida— pese a que sus acoplados y milagrosos cristales permiten, por ejemplo, ver el carozo de un durazno atascado en las tripas de un glotón, o la rajadura en el fémur apolillado de una vieja, pese a esos prodigios, o a causa de ellos, sus operadores (y los médicos y cirujanos que de él se sirven) no pueden ya ahora ver lo más importante de todo: el hombre.        

Como podrá advertirse, es este quizá uno de mis informes de contenido más delicado. Yo todo lo apunté pero de su fondo fue muy poco lo que pude discutir. En Incognitahriah, quiero decir. Porque no necesité de ninguna especial perspicacia, ni tan siquiera de la que comúnmente presento, para advertir cómo se esquivaba este tema no bien aparecía o se insinuaba. Todos, incluidos aquellos que me dispensaban una mayor confianza y amistad, apenas les daba yo cuenta del modo en que iba estructurando lo que mi lector tiene hoy ante su vista, se apresuraban a comunicarme algún detalle más acerca de la solución a la que arribó el grupo de notables al cabo de los siete días que les había concedido el Gobierno, pues sabían que con esa noticia habría de acabar este capítulo de mi Informe; y al parecer no deseaban que ese final se retrasara más. Pues bien —como les decía yo con una sonrisa irónica a quienes actuaban en esos momentos de involuntarios correctores (o censores)—: Completemos entonces el círculo, es decir  —y hablo aquí ya para mi lector— expliquemos someramente cómo se llegó en la isla a esa costumbre de informarles a los pacientes no la enfermedad que presentan, sino la salud.

Casi transcurrida la semana de plazo, el grupo seguía sin hallar una solución. Unas pocas horas más y deberían confesar su fracaso. Entonces arribó una paloma con un mensaje dirigido al director del grupo. Provenía de un lingüista renombrado, experto en los dialectos del país, quien decía tener la clave que ellos no habían podido encontrar; los esperaba en su casa, ya que debido a su peso excesivo él nunca salía. Allá fue el grupo de sabios. El gordo lingüista, que estaba echado en su cama, apenas vio las caras de los confundidos y preocupados visitantes, exclamó: “¡Temor y Temblor, eh!”, y prorrumpió en una risa incontenible. Quince minutos después continuaba riendo, ahora tentado por la perplejidad que su actitud despertaba en el grupo. Entonces un integrante de este corrió hasta una panadería cercana, regresó con una bandeja de bollos dulces y se la presentó al lingüista, que no había parado de reír. Al devorar el sexto bollo la risa ya no era tan retumbante. Cuando completó la docena empezó a hablar. Les explicó, entre residuos de risa y algunos hipos, que todo era una cuestión de palabras. Después hizo silencio y engulló cinco bollos más. Con el decimoctavo bollo en la mano, dijo que la palabra enfermedad debía ser suplantada por la palabra salud. Se llevó el bollo a la boca y cuando volvió a hablar fue para informarles que eso era todo, que allí estaba la solución. Los doctos hombres primero se miraron desorientados; después una sonrisa empezó a insinuarse en sus caras. Al final abandonaron la casa entre risotadas de alegría y como empujados por las renovadas y todavía más estentóreas risotadas del lingüista.

Como apunté al principio de este capítulo, ahora los sosegados habitantes de Incognitahriah acuden al médico para saber cuál es el nombre de la salud que padecen.  


TERCERA PARTE
CAPÍTULO XII

Continúa el periplo por la Casa de Alienados Irrecuperables. Las grandes enamoradas y los hombres que pactaron. El pintor de girasoles. La sala de los filósofos y la sala de los poetas. El alma más grande. Una nueva caída del Autor y de Tito.

El pasillo, como dije, no era extenso y lo iluminaba una de las antorchas que estaban junto a la abertura. También aquí había dos guardianes. Entramos del mismo modo que en la sala anterior, y el pegoteado movimiento de las internas al verse de pronto iluminadas fue similar al de los hombres. Algunas estaban abrazadas en grupo, de una manera que resultaba equívoca aun para la mirada más distraída. Otras permanecían solitarias, sentadas o acostadas, y sus expresiones eran como la de quien ha pasado mucho tiempo ante una pared blanca: una pura vaciedad impersonal. Acaso porque creyeron que se trataba de una de las tantas rondas de los guardianes, no demostraron ningún interés especial por nosotros. Una sola de ellas, una joven de largos cabellos castaños y ojos soñadores, se acercó gateando y rozó el lomo de Tito con una de sus manos; luego llevó la mano al rostro y cerró los ojos. Más allá un grupo pequeño se preparó para interceptar nuestro paso. Mister V adelantó entonces la antorcha y la movió hacia los lados, lo que consiguió que las alienadas se apartaran; pasamos entre miradas libidinosas y murmullos obscenos. “Poco para ver; muy poco”, dijo en eso Mister V, deteniéndose en el medio de la sala y elevando la antorcha sobre su cabeza. “Unas muy humildes posibilidades declamatorias y de representación tenemos aquí”, agregó irónico, repitiendo la frase de Tito. Yo miré alrededor. El fuego de la antorcha creaba en el hielo del techo abovedado una suerte de gran hoguera achatada, cuyos reflejos luminosos, semejantes a unos hilos de sangre, descendían por las paredes para atrapar como en una red a las muy blancas y espectrales siluetas que allí moraban. “Unas representaciones —dijo Mister V para terminar y mientras observaba dos o tres grupos de mujeres cuyas integrantes se besaban entre sí o rodaban con sus cuerpos entrelazados— unas representaciones para distraer a algún guardián aburrido.”

Cruzamos lo que restaba de la sala y salimos a un corredor de unas treinta yardas de extensión y bastante ascendente, que doblaba hacia la izquierda y al que iluminaban las dos antorchas ubicadas en la entrada de la siguiente sala — que custodiaba un solo guardián y que, según me adelantó Mister V, también albergaba a mujeres, solamente que de otra categoría. Antes de entrar, el poeta de la cara escrita tomó una de las antorchas para agregarla a la que ya portaba; después nos hizo una seña que no entendí y penetró en la sala.

Se paró cerca del umbral, y cuando ingresamos nosotros levantó las dos antorchas para iluminar mejor la sala, que no estaba totalmente a oscuras; aquí y allá aparecían una velas encendidas. La cantidad de mujeres era inferior, pese a lo cual daban la impresión de ser más, acaso por la actitud, que tenía un algo de independiente, de despejado. Vestían un mismo tipo de abrigo, pero el modo de llevarlo hacía pensar en esas prendas que en ciertas noches tempestuosas utilizan las damas para salvaguardar, durante su traslado a los salones palaciegos, los elegantes vestidos que lucirán después. Todas tenían el cabello muy bien arreglado, y en algunas manos o cuellos no faltaba el adorno de una alhaja. Al contrario de sus vecinas menos afortunadas, no se arrastraban por el suelo ni formaban grupos licenciosos, sino que se distribuían por la sala según lo que parecía un criterio de afinidad. Así, podía verse a una dama de cierta edad, de armónicos rasgos bovinos, sentada en un canapé, y a su alrededor a media docena o más de otras damas más jóvenes, con las que dialogaba quedamente, menos con la voz que con la mirada. O junto a una mesa pequeña a una dama solitaria leyendo, con talante melancólico, una carta a la luz de una vela. O a otra dando una especie de paseo por entre los grupos, como ocurría con la primera que Mister V eligió para destacar, una dama muy bella que caminaba sosteniendo una sombrilla cerrada y llevando de una correa a un perrito de estopa. La observé, como fascinado; había algo de endeble, de desesperado en su semblante. Uno la suponía como buscando un modo de franquear el abismo existencial que le cerraba el paso, mientras su amante, satisfecho, comía quizá por ahí cerca una tajada de sandía.

Mister V se me acercó. “Anah, una de las grandes heroínas de esta sala —dijo en voz muy baja refiriéndose a la dama del perrito—. Esta sala, dedicada a las que cambiaron el mundo del mundo por… Dedicada a las que comprimieron el mundo del mundo en un mundo de pasión amorosa.” Yo la seguí observando. Ahora se había detenido y le sonreía a su mascota de trapo. Mister V prosiguió: “Una famosa historia de amor, la de esta alma. Casada ella, casado él, viviendo en ciudades distintas… Complicado. Pero no le diré el final. Porque para ella no existe final alguno. Arrímese y escuche. Ella habla ciertas palabras. Y las habla como desde la boca de otro. Y es todo lo que dice.”

Hice lo que me pedía y me aproximé a la dama, como si también yo fuera un paseante. La saludé con una inclinación ligera y me ubiqué de perfil, simulando contemplar un paisaje. Ella se alejó unos pasos, jugó con el perrito, abrió apenas la sombrilla, la cerró, pasó por detrás de mí dos o tres veces, canturreó algo con la boca cerrada… Al final, con una voz en la que la piedad se imponía a la esperanza, le oí decir esto: “Y les parecía que transcurrido cierto tiempo podría hallarse la solución, y que entonces comenzaría una vida nueva y maravillosa; y ambos veían con claridad que el final estaba muy lejos aún, y que lo más complicado y dificultoso no había hecho más que empezar.” Eso dijo, y cualquier otro sonido fue borrado allí por el silencio que siguió a esas palabras. Porque no era silencio, en verdad, sino resonancia: aquella que produciría un alma relatando bajo los ojos secos de la noche el punto en que dejó de divisar su vida.   

 Transcurrió un tiempo que no podría precisar. Las blancas sombras iban y venían a mi alrededor, con lentitud de barcas; algunas abandonaban los canapés y se recostaban en los camastros. Cuando salí del ensimismamiento, vi que Mister V se había corrido hasta el medio y me llamaba con señas. Nos acercamos con Tito y él entonces continuó informándome acerca de esas mujeres, todas protagonistas de unas historias de amor trascendentes en mayor o menor medida. Mientras escuchaba los detalles me iba convenciendo de que en el fondo se trataba de una única historia, que tanto los pormenores como los nombres más destacados que pronunciaba Mister V, esos sonoros y acariciantes Annah o Emmah o Soniah, no eran más que variantes de un mismo incidente y de un mismo nombre, que todas esas mujeres no eran más que una mujer y que esa sala era como la caja de costura donde guardaba la vida aquel de sus bordados cuyos motivos y colores habían resultado muy intensos para el gusto de la feria. Atendí, pese a todo, a sus revelaciones, discutí, incluso, ciertas aseveraciones de su parte que no me parecían correctas, le di participación a Tito, que se excusó de intervenir por considerarse un ignaro del mundo femenino, pero aun así sentía que la presentida historia de esa dama del perrito había colmado (y calmado) mi interés por el mundo de esa sala. Cualquier “algo más” sería redundancia, sería contradecir esa uniformidad esencial que, más allá de la voluntad que pudieran manifestar quienes allí vivían, parecía condensarse en un hecho tan simple como el de mirar: todas esas mujeres exhibían una misma “temperatura” de mirada, todas eran como el ciego que percibe cierta presencia y que una y otra vez orienta inútilmente sus ojos hacia ella.

Nos retiramos como pisando el suelo de un sueño que no debía ser interrumpido y cuyo soñador y partícipe no hizo más que atravesarnos con su mirada, como a seres transparentes.

Una vez en el pasillo, Mister V se detuvo y se apoyó en la pared. Reflejaba la satisfacción que al volver de su habitual ronda siente un guardián de museo que gusta de la pintura. Empujó las oscuras gafas hasta su frente y, sosteniendo una antorcha a cada lado del cuerpo, se quedó mirando el techo con una sonrisa. Tras permanecer así un momento, hizo caer las gafas hasta su ubicación habitual con un movimiento de cabeza, dijo “Adelante” y avanzó por el pasillo rumbo a una nueva sala.

Esta vez se trataba de una habitación rectangular, no muy espaciosa, donde resonaba el sonido de una flauta. Era una música un tanto disonante, que oscilaba, antes de entregarse a la tutela de un acorde principal, de un acorde conductor, entre distintas y contradictorias variaciones. El ejecutante era un hombre de edad mediana, de rasgos bovinos y semblante demacrado, que estaba sentado en su camastro y que no dejó de tocar cuando ingresamos nosotros. Las antorchas que sostenía Mister V bastaban para iluminar hasta el último rincón. Pudimos así ver que otros cuatro o cinco hombres, casi todos jóvenes, acompañaban al flautista, aunque cada uno permanecía instalado en su sitio. Mister V me dijo al oído que en todos los casos se trataba de personas que habían pactado con alguna figura demoniaca para conseguir algún tipo de poder, es decir, según sus palabras, se trataba de seres con aspiraciones de absoluto, aun cuando en ciertos casos lo que se solicitaba a cambio de la vida y del alma no era más que volverse, por ejemplo, irresistible a los ojos de una muchacha o conseguir la muerte de un enemigo. El caso del flautista era distinto. Se llamaba Adriahn y había hecho una carrera musical extraordinaria, tan extraordinaria, que esto, según creía él, Mister V, lo había extraviado hasta el punto de llevarlo a confesar en público que su obra era fruto de un pacto y alianza con el principal demonio de la mitología isleña. Luego de la confesión había sufrido un colapso que obligó a llevarlo ahí, donde no hacía más que tocar malamente en una flauta sus grandes creaciones anteriores y relatar, en las pausas que de vez en cuando se permitía, los detalles de su caso.

La historia me interesó mucho, por cuanto me recordaba una obra teatral de un colega y adversario del gran Shakespeare, en la que retrataba a un doctor alemán que había pactado con el diablo. Se lo comenté a nuestro guía, y entonces él nos indicó un lugar junto al músico, donde nos sentamos a esperar que se produjera uno de aquellos intervalos, lo que ocurrió, debo decirlo, cuando apenas si resistíamos ya en nuestros traseros el frío del piso. Dejó de tocar, nos miró, le sonrió a Tito, y dijo con voz triste: “A vosotros he de dirigir ahora una amable súplica: la de que no toméis con malicia ni recelo mis palabras, ya que tengo necesidad de haceros una total y humana confesión: que ante mí tengo el reloj de arena, y que debo estar preparado para cuando el último grano caiga y venga en mi busca Aquel a quien tan caro me vendí con mi sangre, en cuerpo y alma y por la eternidad”. Se detuvo, miró la flauta, y durante un tiempo que no puedo precisar, pero muy extenso en cualquier caso, nos relató lo ocurrido con él y con su obra en los últimos veinticuatro años de su vida, tiempo este en el que se había desarrollado su alianza con la maléfica deidad. Cuando concluyó llevó la flauta a su boca y siguió tocando. Sentí, en eso, una mano en mi hombro. Era Mister V, que sonriente, como si quisiera con ello disculpar al músico por insistir con lo del pacto, me anunciaba que debía incorporarme para seguir el recorrido. Me puse de pie y trastabillé. Mi cabeza rebosaba de sonidos reales e imaginados, de escenas truculentas, de diálogos cuyo alcance sobrepasaba ampliamente mi capacidad de inteligencia, de multiformes intuiciones disparadas desde retazos de frases o aun desde unas palabras sueltas… Tito advirtió mi turbación y se puso a mi lado para que me apoyara en su lomo. Abandoné ese lugar como un convaleciente.

La habitación desembocaba, por supuesto, en un nuevo pasillo, que estaba lleno de una luz mortecina. “Ya amaneció”, avisó Mister V mientras apagaba las antorchas. Yo recordé vagamente nuestra llegada allí, en la mañana, por lo que lo consulté a Tito sobre el tiempo transcurrido; pero él me manifestó que le resultaba imposible orientarse ahí adentro, y que si bien había percibido la llegada de la noche y ahora del día, no sentía que hubiera nada de extraño en ello, aunque podía estar equivocado. Mister V escuchó nuestro diálogo y entonces, misterioso, apoyó las antorchas apagadas en el suelo y escribió en la pared con su punzón: “El tiempo no está hecho de tiempo, aquí”. Después nos indicó el pasillo, que doblaba otra vez a la izquierda.

La siguiente abertura estaba guardada por dos hombres enmascarados, y un cierto resplandor amarillento definía sus bordes. Mister V sonrió al ver que yo reparaba en ello pero nada dijo. Cuando arribamos se puso junto a uno de los guardianes y nos cedió el paso. Entramos y una luz casi solar nos cegó por un momento. Cuando nuestros ojos se habituaron, nos dimos cuenta de que se trataba de un primer rayo de sol que entraba por uno de los cilindros de la iluminación (un cilindro dispuesto casi en forma horizontal) y rebotaba en unos cartones que cubrían un costado de la sala y sobre los cuales un hombre se afanaba. Sin aguardar ninguna indicación por parte de Mister V, me acerqué a los cartones, que parecían emanar la calidez de un mediodía veraniego. Me abrí paso con los ojos por entre toda esa luminosidad y descubrí que se trataba de cuadros de distintos formatos y que representaban en todos los casos girasoles, pero unos girasoles que eran como el arquetipo de esa oleaginosa, algo como el primer girasol retratado por el pincel áspero de un artista que hubiera acompañado al padre Adán mientras este daba su nombre a las cosas. Curiosamente, el hombre que los había pintado y que trajinaba por entre los cartones aplicando aquí y allá unos toques últimos de pintura, era un caballero cuya apariencia podía muy bien asociarse con la de aquel artista adánico: de edad mediana, con un rostro entre equino y bovino, cabellos y barba rojos y mirada intensa y profunda, parecía en verdad el reportero más adecuado para dar cuenta de la apariencia primera de cada cosa, ya fuera animada o inanimada. Esta vez me adelanté a Mister V, y antes de que él dijera nada lo consulté por ese pintor extraordinario.

“Ah, ah —dijo él, orgulloso—; he aquí al forjador de nuestro sol interno. Del sol que reposa en el núcleo de esta casa de hielo y del sol que reposa en el centro de los corazones de quienes vivimos aquí. Porque su obra ¿sabe, capitán? es la balanza que equilibra. En el primer caso, la fuerza de todo este hielo con la de nuestra pobre carne humana; y en el segundo, la poderosa fuerza de la desesperación con la fuerza esmirriada de nuestro ser anímico. Para lo uno es caldera; para lo otro, fuente termal. Una vez al año, las almas que habitan nuestra Casa visitan esta sala para recobrar fuerzas, para secar, a la vista de estos redondeles milagrosos, cualquier rastro de humedad existencial. ¡Ay de nosotros si nuestro bienaventurado Vicenteh no hubiera venido a refugiarse aquí, si el mundo hubiese apreciado su arte!” Lo miré, y él, que con su última frase había de algún modo preparado el terreno para continuar hablándome del artista, me contó que la presencia de este allí se debía al fracaso de su carrera de pintor. Nunca había conseguido vender ningún cuadro, y eso, sumado a la miseria en que vivía, lo había llevado a varios intentos de suicidio. Tras el último de ellos, y acaso por efecto de las heridas que se había producido en la cabeza, tomó su caja de pinturas y corrió hasta llegar a ese sitio, cuya puerta cruzó mientras gritaba que era perseguido por una bandada de cuervos. Luego de consultas y averiguaciones, se resolvió alojarlo en una de las salas mejor iluminadas, a la que por las dudas se le agregaron todavía dos cilindros más, casi horizontales y orientados el uno hacia el naciente y el otro hacia el poniente. Allí trabajaba, día y noche, y cada nuevo girasol que pintaba era un punto de tibieza que iba a renovar a los ya consumidos, tal como una llama reemplaza a otra. 

Escuché —y creo que a Tito le pasó lo mismo— muy impresionado esa exposición mientras recorría con la vista el resto de la sala, donde al parecer vivía solamente el pintor. Junto a su camastro se hallaba una silla de madera y mimbre, un poco desvencijada, y unos retorcidos zapatones de cuero. Cerca de esos elementos se veía un sombrero de paja, amplio y con unas velas encajadas en sus bordes, que le servía, evidentemente, para pintar de noche. Luego de escuchar a Mister V, me situé en un sitio que resultaba ideal para abarcar con la vista el conjunto de esos trabajos y miré todavía con más atención. Pronto las doradas flores empezaron a titilar y a descomponerse en una miríada de matices amarillentos que no me fue ya posible volver a agrupar, por más que lo intenté. Los minúsculos trazos se superponían formando una especie de amarillo piso de vidrio como resquebrajado por pisotones, un piso cuya disgregación era impedida por los filosos bordes de luz, que lo sujetaban todo igual que una soldadura. Un poco influido por la fuerza de atracción del centelleante ensamblaje, y otro poco por voluntad propia, empujé, si puede decirse así, con los ojos, y entonces aquello cedió igual que una puerta y yo me vi en medio de un paisaje que asocié de inmediato con la Provenza francesa. Era un día de sol, caluroso, la hierba era mecida por la brisa, los pájaros trinaban y todo venía hacia mí como si me encontrara volando. Sucedía en verdad como en los sueños, yo volaba pero al mismo tiempo corría por la candente arena y nadaba en el fresco mar y me cruzaba con pescadores y con muchachas y con una vaca y si me volvía tenía detrás de mí la pared de girasoles que mi ímpetu había forzado y esto me daba nuevo impulso y todo empezaba a convertirse en algo ideal y fuera de cualquier tiempo, el tiempo no era más que un simulacro que se manifestaba con amaneceres y atardeceres y anocheceres y aquella dicha parecía no tener fin pues ahí estaba el rojizo artista derramando nuevos chorros de amarillo y cortándolos apenas cuajados y dándoles forma de redondel y agrupándolos en una masa con el tamaño del sol del mediodía, ese sol de cegadora voz y de fuegos tan activos que llevan a los exploradores a quitarse sus blancas hopalandas y a arrojarse en un torbellino hecho de luz y arena para danzar la danza que da cuenta de esa inmortalidad a la que en instantes mágicos se accede con apenas la contraseña de una palabra o de un color, y de la que casi siempre ¡ay! se emerge apenas también con la contraseña opuesta del vocablo con el que nos damos o nos dan identidad…

Abrí los ojos (o quizá los tuve siempre abiertos) tras una cierta puja en la que fui auxiliado por el sonido repetido de mi nombre. Era Mister V, que se hallaba hincado a mi lado y me llamaba. Miré y vi que sostenía mi abrigo. Yo estaba arrodillado en el suelo, respiraba con un poco de agitación y tenía el rostro transpirado. Tito me observaba con curiosidad. Me incorporé y en ese instante reparé en que estaba oscuro; la única fuente de luz provenía de las velas en el sombrero del pintor, que continuaba trabajando en sus cuadros. “No sabía que era tan buen danzarín —me dijo Mister V, con algo de sorna, al devolverme mi abrigo—. Un verdadero trompo humano.” Después, mientras yo trataba de ubicarme en tiempo y espacio, me contó que al verme tan compenetrado con las pinturas no había querido interrumpirme; se unió a Tito y juntos se dedicaron a ver cómo trabajaba el artista, algo que a él nunca lo cansaba. Solamente cuando yo me quité el abrigo y empecé alocadamente a dar giros, volvió a acercarse; y aun así esperó para llamarme a que yo concluyera con mi danza. Le agradecí su gentileza y él me instó a cubrirme con el abrigo; pero yo no sentía frío. Se encogió de hombros y nos invitó a dar un último vistazo a los girasoles antes de abandonar la sala, algo que hice de espaldas, para aprovechar hasta el último instante la visión de esas pinturas.

Nuestro paso por las siguientes salas fue percibido nebulosamente por mí; un cierto mareo, que asociaba con esa semiconsciente danza anterior, me impedía concentrarme y asimilar tanto lo que veía como lo que escuchaba. Recuerdo, no obstante, que se trataba de unas salas con personas que presentaban una mayor variedad de manías — o de formas de regresar al árbol, como insistía en decir, acaso ya un tanto excesivamente, Mister V. Me acuerdo, por ejemplo, del caso de un mozo llamado Irenioh o Irineoh, quien una vez que veía o escuchaba algo, no podía olvidarlo más. Cuando su problema (causado por un accidente) se manifestó, algún distraído especuló con usarlo para fines políticos; sin embargo, cuando fue llevado al Parlamento y rindió una prueba de sus nuevas facultades, los políticos se espantaron y, luego de suscribir un pacto entre ellos que les prohibía cualquier contacto con el memorioso joven, lo remitieron a la casa de hielo, donde vivía, por orden también de aquellos precavidos políticos, con los ojos vendados y los oídos taponados con cera de abejas.

Otro caso singular era el de un hombre joven, que a partir de la mezcla de un sorbo de té con un trozo de torta, comenzó a vivir en el pasado. Mejor dicho: descubrió el modo de reencontrarse con su pasado, un modo cuasi onírico, de evocaciones involuntarias y asociaciones casuales. Desde ese instante se dedicó, con voluntad maniática, a poner por escrito sus experiencias anteriores, su pasado. No comía ni dormía. Alarmada, su familia buscó el socorro de la ciencia, que dictaminó que la salvación estaba en la casa de hielo, donde los enfermos (y ese hombre ciertamente lo estaba para ellos) no precisaban alimentarse. Trasladado allí, demostró, en efecto, que algo ocurría con su mente (o que ese lugar permitía en ese respecto otras combinaciones, según especuló Mister V al comunicarnos este punto de la historia) pues se mantuvo muy bien sin recibir ninguna comida o bebida. Permanecía en un rincón, escribiendo sin cesar, de día y de noche, y de tal forma que, según también la opinión de nuestro guía (que dicho sea de paso lo consideraba otro de los personajes ilustres que allí se encontraban) nunca acabaría, pues eran descripciones de lo infinito interior y de lo infinito exterior, algo que, para colmo (para bien de quien fuera a leerlo), se reforzaba mutuamente.

Otras singularidades, como dije, aparecían allí, pero como también dije, yo transité por esos sitios con mi conciencia no del todo presente. Percibía las siluetas, oía las explicaciones de Mister V y algunas palabras de las “almas”, notaba los cambios en la luz, pero era como si hubiese estado durmiendo con los ojos abiertos y caminando. Únicamente cuando arribamos a la penúltima de las salas me espabilé del todo y pude participar de la visita con entero juicio. Todavía llevaba el abrigo en mis manos, pero al entrar en ese sitio debí cubrirme con él, ya que la sensación de calidez recogida en la sala de los girasoles se había ido adelgazando por el camino; y ahora tenía algo de frío. Se trataba de un salón bastante amplio con una fogata encendida en su centro, cuyo calor congregaba a un grupo de unos diez hombres, casi todos barbados y ya de cierta edad. La fogata, de acuerdo con lo que dijo Mister V, era una gracia que se les concedía a esos hombres en atención a su edad y también a su jerarquía intelectual, pues se trataba de aquellos que habían pensado y seguían pensando demasiado, esto es, de hombres cuyo suelo es el aire, esto es, de filósofos.

Al vernos entrar nos miraron con curiosidad y luego nos invitaron con señas a compartir la fogata. Uno de ellos, el más joven, un hombre de espesas cejas y con un gran bigote, exclamó, cuando nos arrimamos, “¡Sí!”, y acto continuo se agachó y lo acarició a Tito con visible gozo. Luego todavía se arrodilló y lo abrazó, mientras preguntaba a sus colegas: “¿Por qué soy tan sabio? ¿Por qué soy tan inteligente? ¿Por qué escribo tan buenos libros? ¿Por qué soy un destino?” Todos sonrieron. “Porque amo a los animales —se contestó entonces a sí mismo, arrimando de costado su rostro al de Tito—. Y los amo porque son fieles a la tierra, porque son ellos mismos, al contrario del animal humano, que es… que es…” Se interrumpió y levantó una de las manos de Tito. “Miren esta garra: una pura voluntad de poder. Una… Una…” Volvió a detenerse. “Más bien una porción de voluntad objetivada, Federihcoh; como todo en el mundo”, se sumó entonces uno de los hombres más viejos. El nombrado se incorporó y se lo quedó mirando con un brillo de picardía en los ojos, mientras los demás se ubicaban alrededor de Tito.

“El de bigotes, Federihcoh —dijo míster V— ; un día se abrazó a unos caballos que eran golpeados por un cochero, diciendo que también él era un equino. Eso lo trajo aquí. Un talentoso. Como Arturoh, el que lo corrigió con lo de la voluntad objetivada. Está aquí por haber levantado durante mucho tiempo el velo que según él cubre las apariencias. Lo que vio lo llevó derechamente al árbol. Y después (prosiguió, indicando a un caballero cuyo rostro afeitado, bigote escaso y ojos pequeños y penetrantes, que lo miraban todo con una suerte de impavidez reconcentrada que ni siquiera la vista de una criatura degollada ante sus ojos sería al parecer capaz de alterar, me recordaron a un matarife alemán) tenemos a Mahrtin, un prestidigitador de las palabras que habló del ser y al que casi todos y en todos lados alaban mientras al mismo tiempo intentan hallar las razones para justificar esa alocada alabanza. Y ahí, un paso atrás de sus colegas, nuestro buen Luisihtoh, siempre tan pálido, tan delgado y con esa actitud como de quien se recuesta contra un muro para ser ajusticiado. Pero aun así nos informó, entre otras cosas, que el único significado legítimo de las palabras es el que les otorga el uso, que solamente el fondo social y cultural vuelve inteligible un lenguaje; que no existen lenguajes privados, sino que los “juegos de lenguaje” pertenecen y hallan su legitimidad en la aldea, no en el individuo. Si un jahguar pudiera hablar, no podríamos comprenderlo, escribió para precisar su punto de vista.” Se detuvo y rió con cierta maldad. “Pero eso, claro, fue antes de conocer a nuestro amigo Tito. Veremos qué dice ahora”. Volvió a interrumpirse y miró al filósofo. “Aunque ahora, lamentablemente, ya no puede decir tanto”, agregó enseguida, con una cierta pena que no me pareció fingida, y siguió describiéndome en voz baja al resto de los presentes, que en un momento dado, cuando Tito respondió al comentario de uno de ellos, dieron un grito de alegre sorpresa y de inmediato organizaron una suerte de simposio, en el que mi amigo debió soportar un gentil aunque bizarro interrogatorio. Porque aquellos caballeros preguntaban desde unos sistemas personales desintegrados, como si se asentaran, digámoslo así, en los trozos separados de un rompecabezas que antaño ellos supieron armar. Tito, por su parte, demostraba una capacidad de adaptación asombrosa, algo que nos llevó a Mister V y a mí a sentarnos junto a la fogata y a disfrutar con sus respuestas. Inclusive empezamos a hallar positiva esa forma un tanto deshilachada de consultar, ya que lo obligaba a mi amigo a reacomodar, por así decir, las preguntas con sus respuestas, y esto constituía al final un juego del intelecto más atractivo que si las interrogaciones provinieran desde la simple y sana lógica.

Lamentablemente no puedo asentar aquí, por dificultades de espacio, lo que se discutió en esa magna reunión. Fue, de cualquier modo, asentado en nuestro diario, que como apunté en páginas anteriores, espero corregir y publicar en algún momento. Todos aquellos filósofos quedaron impresionados (la expresión de Luisihtoh, al escucharlo a Tito, era la de un alucinado silencioso) y con un problema nuevo para analizar después en torno de la fogata. Y esto porque como al final declaró uno de ellos, cuya lucidez no estaba tan afectada, había en la participación victoriosa de Tito un cierto inconveniente que se relacionaba con el lenguaje y el pensamiento, y que podía postularse de este modo: si quien respondía (Tito) no era ya enteramente un animal y mucho menos aún un hombre, pero lo hacía utilizando y combinando de una manera magistral una herramienta que se supone creada por los humanos, ¿quién era exactamente el que hablaba? Y, acaso más esencial todavía, estas otras cuestiones: ¿dónde, de qué forma y por intercesión de qué misterioso proceso se había verificado su asimilación de ese útil lingüístico? ¿Existía en la naturaleza una “matriz”, unos moldes generales de pensamiento con la capacidad de encarnarse en distintos lenguajes, incluido el de los hombres? Y, por último: antes de adquirir el habla humana, ¿tenía ya Tito, y aunque sin él saberlo, acceso a esos moldes de pensamiento, un acceso en potencia, por así decirlo?…

Esto se quedaron analizando aquellos sabios caballeros cuando nosotros, siguiendo una indicación de Mister V, abandonamos la sala de la fogata y nos encaminamos a la última de ellas, en cuya puerta los guardianes habían sido reemplazados por dos gatos, un macho y una hembra. El felino, de nombre Quiqueh, era de color gris con manchas blancas y se destacaba por su nariz alargada y plana y por la expresión combinada de sus ojos, algo a medias entre el reposado saber oriental y la astucia de un mercader armenio. Su compañera era pequeña y robusta, de color blanco con manchas atigradas, y se llamaba Genahrah. El macho pertenecía en realidad a la sala de los filósofos, pero en ocasiones solía encontrarse con su amiga, que vivía en la sala que nos aprestábamos a visitar, la de los poetas. Cuando lo vieron a Tito arquearon los lomos y gruñeron, pero mi amigo juntó las manos frente a su pecho, se inclinó hacia adelante y, con su voz entubada, les dijo “Paz, paz”, lo que de inmediato aquietó a la pareja. Quiqueh se refregó contra la pared, distendido, y Genahrah, acaso más desconfiada, se introdujo en su sala. Mister V le preguntó entonces a Tito si ya conocía esa clase de animales, y al recibir una respuesta positiva quiso además saber qué pensaba acerca de ellos. Tito contestó que le agradaban, sobre todo cuando miraban a alguien. Dijo que al cruzar la mirada con un gato uno parecía enfrentarse con unas cuantas páginas condensadas de un libro escrito por un sabio. Mister V sonrió, nos mostró la puerta y anunció, con orgullo en la voz: “La pirámide de la Pirámide; mi hogar”. Luego adelantó una mano y nos invitó a pasar.

Entramos, dimos un par de pasos y una voz ronca y cascada dijo a nuestras espaldas: “Demencia: / el camino más alto y más desierto.” Giramos y vimos a un anciano apoyado en la pared, junto a la entrada, que nos observaba con sus ojos pequeños y sonrientes. “Jacohboh; un poeta de mucha poesía y poco paraíso”, lo presentó Mister V. Nosotros lo saludamos con una inclinación, pero el anciano no hizo más que recorrernos burlonamente con la mirada. Se mantuvo así durante todo el tiempo que le llevó a nuestro guía relatarnos su historia. Después, cuando esta concluyó y los tres nos volvimos hacia el interior de la sala, comenzó a repetir aquella frase, como si quisiera empujarnos con ella.

Había en ese lugar no más de ocho o nueve hombres, algunos parados y otros echados en sus camastros; en un rincón, una mujer de edad mediana sostenía a la gata Genahrah. La atmósfera era semejante a la de una altura en la que se prepara una tormenta. Se lo comenté a nuestro guía y él soltó una carcajada. Luego dijo que nada distinto podía esperarse de un sitio donde estaban agrupadas unas almas cuyo núcleo ígneo, cuyo espinazo lo constituía la inspiración. Y no se trataba, por lo demás, de un inminente desahogo atmosférico, como yo creía, sino del descanso tembloroso de unos volcanes. Porque no otra cosa eran ellos, todos ellos, él incluido: unos volcanes con su arrasadora lava germinal hecha de palabras. Germinal, sí, y arrasadora, por más que se tratara en unos casos de un derrame no tumultuoso sino gentil o melancólico o sombrío. Por fortuna —dijo señalando a los presentes— quienes vivían en esa sala ilustraban perfectamente esa benefactora diversidad.

“Aquel hombre de ahí, por caso, con su rodilla cubierta de vendas manchadas. Ejemplo de tumultos, pasó muy joven una temporada en el infierno, escribiendo sus visiones. Al retirarse dejó abandonada allí, para siempre, la pluma que había usado. Su modo de escribir en el hielo, como yo. O ese de más allá, ese de cabellos blancos y elegante bigote. Instalado en el reparo de un cementerio marino, clavó su ojo en los delirios de las aguas bajo el sol y en la mueca pétrea de los acantilados y nos contó, con rumores de conciencia y encanto de imágenes, cómo lo que en momentánea sucesión es, derrota a lo que en eterna inmovilidad no es. O ese otro, ese hombrecito de gafas y bigote tímido. Gentil. Gentil. Le agrada cambiarse de nombre. A veces es Álvaroh, a veces Ricardoh, a veces Albertoh. Escribió: Procuro desnudarme de lo que aprendí, / procuro olvidarme del modo de recordar que me enseñaron, / y raspar la tinta con que pintaron mis sentidos. Eso escribió. Y nos enseñó a reencontrarnos con nuestro yo. Y luego aquella mujer, ahí en el rincón, tan austera con su peinado de raya al medio. Una lava arrasadoramente austera, austeramente arrasadora. Señaló, como una voz en la oscuridad, que una línea de fugas es nuestro mapa de humanos, que transitamos por él guiados por una fe de percepción, hasta que el Ojo engañado / grita arrogante en la tumba / otra manera de ver. También ese hombre, ese de ojos azules y labios húmedos, al que por poco que uno observe parece estar siempre exquisitamente encuadrado por un pórtico de hiedras entretejidas con flores. Alguien del mundo de allá escribió que su ciclo de elegías parece representar la visión de un hombre en trance de perecer ahogado y cuyos ojos vidriosos perciben formas sublimes de gloria. De ese modo, entonces, percibiendo entre sofocaciones vitales y vocacionales, reivindicó la dimensión cósmica de la poesía y de lo existente, le dio eternidad a lo transitorio, porque hallarse aquí es mucho, /  y porque parecemos necesarios a todas las cosas de aquí, / estas transitorias que nos solicitan extrañamente, /  a nosotros, los más transitorios. / Una vez cada una, solo una vez. / Una vez y nunca más. Y nosotros también una vez. / Jamás otra vez. / Pero haber sido esto una vez, / aunque solo sea una vez: / haber sido terrestre parece irrevocable… Y luego, en fin, esa alma de ahí, ese de sombrero y frondosa barba blanca. Un agua de arroyo estallando entre peñascos. Un cantor del sí mismo de cada cual. Uno que gritó: Impulso, impulso, impulso / Siempre el procreador impulso del mundo. Uno que enseñó: Apartaos de las mansiones… El alma es ella misma cuando recorre a pie el camino abierto. Uno que definió la hierba como la bandera de mi carácter tejida con esperanzada tela verde. Uno que se preguntó, ante la herida del sirviente: ¿Acaso no soy yo quien sangra asimismo de sus heridas? Uno, finalmente, que nos dio cita bajo la suela de nuestros zapatos.”

Como en un trance describió Mister V a sus cofrades, que a medida que eran señalados parecían palidecer e integrarse a las paredes que los rodeaban, cada vez más blancas por el ascenso evidente del sol. La sala daba a una escalinata de unos pocos peldaños, excavada en el hielo y que desembocaba a su vez en una especie de pequeña terraza, tal lo que se podía ver desde el interior. Mister V se había ido acercando insensiblemente a la abertura que comunicaba con la escalinata, y nosotros con él. De pronto nos dijo “Vengan, vengan, que falta conocer a otra alma, acaso la mejor de todas”, y se dirigió hacia la escalinata. Lo seguimos y al llegar arriba nos señaló, en uno de los extremos redondeados del glaciar que circuía la terraza, una grieta pequeña. Nos aproximamos con Tito y vimos a una paloma gris que anidaba allí. Mister V se nos acercó. “Nuestro máximo poeta —dijo indicando al ave—. Su poesía tiene una única palabra: Esperanza. Hace años que empolla sus huevos. No sabe que entretanto estos se han congelado, que el calor de sus plumas no alcanza para desarrollar el germen que contienen. O quizá sí sabe y no le importa. O es terca. Como sea, no podría haber mejor habitante para la cumbre de nuestra pirámide.” Se detuvo, sonrió, y tras cruzarse de brazos y apoyar la mejilla en una mano, agregó con la vista fija en el ave: “Sí: su locura es nuestra paz.”

Yo me volví y miré en derredor. La altura en que nos hallábamos superaba en unas veinte yardas el borde del cráter. Repentinamente, mientras imaginaba la metrópoli más allá del bosque petrificado y todo lo que sucedía en ella durante cada jornada, un peso desconocido, algo como un agobio, cayó sobre mis espaldas. Traté de sobreponerme, pero un martilleo hecho de palabras relacionadas con las cuestiones banales de cada día, con la vida “normal” de cada día, machacó mi cabeza y acrecentó el agobio. Giré y me apoyé en el delgado muro de hielo, ya casi sintiendo que mis pies se enterraban en el suelo. En ese instante el sol que se asomó por entre las nubes reverberó en el hielo y me cegó. Me incorporé pesadamente, estiré mis manos hacia adelante y sentí entre mis dedos el pelaje de Tito. Lo aferré con fuerza y entonces, en un relámpago, el peso que sentía en mis espaldas se trasladó a mi pecho, mientras la deslumbrante luz se espesaba con partículas de hielo que desaparecían raudamente hacia arriba, como succionadas por una fuerza poderosa. De improviso, y cuando ese juego como de una nieve que entre bandazos se escurría hacia lo alto empezaba a resultarme grato, cesó el movimiento y el rostro espantado de Tito surgió ante mí. Estábamos en realidad abrazados y se había tratado de una caída. La casa de hielo, el Asilo de Alienados Irrecuperables se alzaba ante nosotros, imponente y reflejando los rojos del sector del cráter que teníamos a nuestras espaldas. Nos miramos con Tito, y sin decir nada nos pusimos de pie. Retrocedimos un poco y observamos la pendiente por la que nos habíamos deslizado; el rastro de la caída zigzagueaba por la alta e irregular pared de hielo. Arriba, en el muro que rodeaba la terraza, aparecía el hueco donde el hielo había cedido. Grité hacia allí, varias veces, el nombre de Mister V, pero ni él ni nadie se asomó. Entonces, en un costado, una voz me llamó.


NOTA FINAL

Las palabras y/o frases que aparecen escritas en cursiva en los capítulos VII, IX, X, XI y XII de la Tercera parte, pertenecen a las obras literarias que se detallan a continuación.

Capítulo VII

Martín Fierro (José Hernández)

Capítulo IX

Hamlet (William Shakespeare)

Alicia en el País de las Maravillas (Lewis Carroll)

Moby Dick (Herman Melville)

Capítulo X

Ante la Ley (Franz Kafka)

El retrato de Dorian Gray (Oscar Wilde)

El cuervo (Edgar A. Poe)

Capítulo XI

La metamorfosis (Franz Kafka)

El extraño caso del Dr. Jekyll y Mister Hyde (R.L. Stevenson)

Viajes de Gulliver (Jonathan Swift)

Capítulo XII

La dama del perrito (Antón Chejov)

Doktor Faustus (Thomas Mann)

Ecce Homo (Friedrich Nietzsche)

Investigaciones filosóficas, II parte (Ludwig Wittgenstein)

Canto del cisne (Jacobo Fijman)

El guardador de rebaños (Fernando Pessoa)

Poema 627 (Emily Dickinson)

Rainer Maria Rilke, V (E.M. Butler)

Elegías de Duino, IX (Rainer Maria Rilke)

Canto de mí mismo (Walt Whitman)


GLOSARIO

adohquíhn: adoquín, piedra labrada en forma de cubo para embaldosar las calles.

agohrah ahl colohrahdoh, dehpoh ahl ahzuhl: “ahora al colorado (fuego), después al azul (mar).”

alcornohqueh: alcornoque, árbol de la familia de las fagáceas. fig. Persona ignorante.

anoh-deh-viehjah: ano de vieja.

ardohrvolanteh: ardor volante.

asahdoh: asado, comida típica argentina.

bentehveoh: benteveo, pájaro que habita el Río de la Plata.

bichoh-deh-luhz: bicho de luz, denominación popular de la luciérnaga.

bohlahs: bolas, testículos.

bohlahs-deh-tohroh: bolas de toro.

boluhdoh: boludo, insulto que alude a unos testículos inusualmente grandes, muy usado en la Argentina para referirse a alguien poco listo.

bohstah vah: “bosta va” (de bosta, excremento del ganado vacuno o caballar). Alusión a la frase “Agua va” que los habitantes de la Buenos Aires del siglo XVIII y principios del XIX gritaban desde los balcones un instante antes de arrojar a las veredas el contenido de sus bacines. 

brohlih: libro, según el modo lunfardo de pronunciar las palabras al revés.

cahvah-deh-sanchohpanzah: cava o cueva de Sancho Panza.

cahlandriah: calandria, pájaro de la misma familia que la alondra.

cofreh-deh-dientehs: “cofre de dientes”. Alusión a la granada y sus frutos, semejantes a unos dientes humanos.

cornuhdoh: cornudo, hombre engañado por su mujer.

cotehjoh dehxoh: cascahrah deh cangrehjoh auctóhctohnoh, auctóhctohnah bohstah secah deh cahn: “cotejo dijo: cáscara de cangrejo autóctono, autóctona bosta seca de can.”

cucoh: cuco, figura fantasmal con que se asusta a los niños. Usado aquí, sin embargo, por su semejanza gráfica con la palabra coca (cocaína).

culoh-deh-behbéh: culo de bebé.

chahmuyohs: de chamuyo (verbo lunfardo chamuyar), discurso florido y engañoso utilizado para conseguir tales o cuales fines.

chanchoh-deh-monteh: chancho de monte, jabalí.

charqueh: charque, carne salada.

chiripáh: chiripá, prenda muy usada por los gauchos.

damahs-ociosahs: damas ociosas.

dehdo-ehn-virgoh: dedo en virgo (himen).

dehgoh: Diego (Maradona)

despertahdor-deh-lah-lunah: despertador de la luna. Alusión a los hábitos nocturnos del grillo.

dragohneh: de dragón.

dulceh-deh-lecheh: dulce de leche, golosina típica de la Argentina, obtenida de la cocción de la leche mezclada con azúcar y vainilla.

empachoh-deh-cucoh: empacho de cuco (de empacho, indigestión). Alusión a un abuso con las drogas, específicamente con la cocaína.

facóhn: facón, daga que los gauchos acostumbran llevar en la cintura.

fedehrahl: federal. Alusión tanto a un pájaro de color rojo que habita las pampas y lleva ese nombre, como a un integrante del ejército federal (Buenos Aires, c. 1830-50), cuyo uniforme era colorado.

fóbahl: fútbol, soccer.

gardehl: alusión a Carlos Gardel (1890-1935), el cantor de tangos más famoso de la Argentina, al que apodaban “El Zorzal Criollo”.

gauchoh: gaucho.

guanahcoh: guanaco, mamífero rumiante que habita los Andes meridionales.

guayabah: guayaba, fruto del guayabo.

guitarrah: guitarra.

Hbairehs: Baires, nombre abreviado de Buenos Aires.

hicoh: hico, expresión infantil utilizada para azuzar a una cabalgadura de juguete.

Hijahdeunahgransiehteh: “hija de una gran siete”, expresión usada por algunas personas para suavizar la original de “hija/o de una gran puta”.

hijoh-deh-puhtah: hijo de puta.

humoh-ehn-humoh: humo en humo.

Incadelatierra: expresión con que en la Argentina, antiguamente, se aludía a Inglaterra.

Incognitahriah: de incógnita.

jahguar: jaguar, gran felino sudamericano.

jonáhs: “licencia poética” con que el autor homenajea a una paloma turca que tuvo alguna vez como mascota y a quien, en vista de las heridas que presentaba en el momento de encontrarla, bautizó como Jonás, el personaje bíblico que fue tragado y luego vomitado por una ballena.

jovahtohs-deh-Hijah: jovatos de Hija. De jovato, palabra lunfarda con que se alude a un viejo.

keh ihspah: “qué ispa”, frase admirativa en la que se utiliza, de acuerdo con los usos del lunfardo, la palabra país al revés.

keh pehrchah: “qué percha”, frase admirativa con que en la Argentina se informa de una gran elegancia en el vestir.

keh trahzoh: “qué trazo”, modo figurado de referirse a un gran arte en el diseño de una prenda.

lagartihjah: lagartija.

lahrapiñah: la rapiña, de rapiña, expoliación o robo de algo.

lenguah-deh-yesoh: lengua de yeso.

lihz: de Liz (Taylor). Alusión —y homenaje— al color violeta de los ojos de la actriz.

loquehroh extrehmahdoh: loquero (manicomio) extremado.

loquehroh modehrahdoh: loquero moderado.

lunahr-inquiehtoh: lunar inquieto.

mahlariah: malaria, palabra perteneciente al lunfardo argentino con la que se ilustra una época o un momento de penurias económicas.

mahna-deh-ahzuhl: “maná de azul”. Alusión a la abundancia de merluzas en los mares argentinos.

mateh: mate, infusión típica del Río de la Plata.

matehcocidoh: mate cocido, infusión que resulta de hervir yerba mate en un poco de agua.

meatoh: meato urinario.

mehnem-ih-kihrchnehr: Carlos Menem (1989-1999) y Néstor Kirchner (2003-2007), ex presidentes argentinos acusados de corrupción y enriquecimiento ilícito.

meohnesmortahlehs: meones mortales. Alusión al olor nauseabundo de la orina de los zorrinos.

nah dedilloh nah dentudoh: “ni dedillos (dedos pequeños y delgados) ni dentudos (con grandes dientes)”.

negrahchoh: negracho (de negro/a), mote cariñoso que se le da a alguien de piel oscura.

noh johdahn. Tohqueh deh ojoh-deh-oroh quehmah pahloh: “no jodan (de joder, verbo que en la Argentina se utiliza con el sentido de molestar, importunar, y también con el de bromear). Toque de ojo de oro (el sol) quema palo.”

ocahsoh-deh-termehs: ocaso de termes (o termitas).

ochahvah: ochava, corte que presentan algunos edificios en sus esquinas.

ojehteh-deh-Yoh: ojete de Yo. Si bien familiarmente el término ojete significa ano, y en la Argentina es mayoritariamente usado con esta significación, aquí, sin embargo, es utilizado en su primera acepción, esto es, como diminutivo de ojo — en tanto que en Incognitahriah la palabra Yo equivale, como explica Gulliver, a Dios.

ojuhdoh: ojudo (fam. de ojos grandes).

paracuarios: paraguayos.

Paraquaria: Paraguay.

pahcoh: paco, nombre que se le da en la Argentina a una droga de muy baja calidad extraída de los residuos que quedan tras la elaboración de la cocaína.

pahcúh: pacú, pez de río cuya carne es muy estimada.

pahlohborrachoh: paloborracho, árbol de la familia de las bombáceas, abundante en el territorio argentino.

pehn-dehxoh: pendejo, palabra que designa el vello púbico y que en la Argentina se utiliza, despectivamente, para denominar a los jóvenes.

pehlpah: papel, al revés.

picanah: picana, pértiga con una púa enclavada en un extremo que los boyeros utilizaban para que las reses apresuraran el paso.

pilchah: pilcha (del araucano pulcha), palabra utilizada informalmente en la Argentina para referirse a la vestimenta.

ponchoh: poncho, prenda de abrigo utilizada por los gauchos.

quebrahchoh: quebracho, árbol de madera muy dura y resistente, abundante en los bosques del norte argentino.

quihlomboh: quilombo, palabra del lunfardo argentino que designa a un prostíbulo.

rapéh: rapé.

reyh: rey.

¿sehguh?: ¿segu?, contracción vulgar que en la Argentina equivale a ¿Seguro?

sentihnah: sentina. fig. Lugar lleno de inmundicias.

suruhbíh: surubí, pez de río de gran tamaño y carne sabrosa.

tangoh: tango.

trabucoh: trabuco, especie de revólver de boca acampanada, muy utilizado en la Argentina en el siglo XIX.

vagahbundohs-ehn-pehlohs: vagabundos en pelos.

vampihroenahnoh: vampiro enano.

vangohg: alusión a Vincent van Gogh.

videlah: Jorge Rafael Videla, jefe de la Junta militar que gobernó la Argentina de 1976 a 1980. Fue juzgado y condenado por innumerables crímenes.

vulbah ih rectoh: vulba y recto. Alusión al infame decreto Nacht und Nebel (Noche y Niebla) de Hitler.