Edgar Brau
EL DIOS OLVIDADO
(Relato completo)
De Prometeo informan cuatro leyendas…
Según la tercera, la traición fue olvidada en el
transcurso de los siglos. Los dioses lo olvidaron,
las águilas lo olvidaron, él mismo se olvidó.
KAFKA, Prometeo
I
Ya no había heridas, águilas ni cadenas. La roca se había disuelto en el aire.
Había desaparecido la luz y ningún sonido podía oírse ya. Pero en lo absoluto de ese vacío, aislada como un germen, latía una conciencia.
Era un tenue revolverse, un reacomodamiento dentro del letargo inmemorial. La ininteligible percepción de algo que se ubicaba fuera del tiempo y que sin embargo parecía disuelto en este, como si siempre hubiera estado allí… Pero nada podía definirse aún. Era solamente la suave impresión de un roce, de un temblor comunicado por una especie de onda cuyos bordes apenas elevados rompían, exhaustos y puntuales, en el centro mismo de esa conciencia que nada conocía.
Pero entonces, repentinamente, se amplió la percepción y hubo algo así como un entendimiento. Aumentó el temblor y en la niebla del letargo se produjeron algunos desgarrones de luz. El entendimiento se fue precisando. Y apareció la angustia.
Angustia de lo inminente, de lo que finalizando se vuelve principio. Una infinitud de angustia como respuesta al entendimiento, que de pronto advirtió que algo se acercaba. Algo semejante a una conciencia más poderosa, que invadía la otra conciencia y le comunicaba una sensación y el retazo de un recuerdo. La sensación de una concavidad suavemente rugosa; el recuerdo de una sombra aleteante y de un crujido oxidado.
Se produjo un reconocimiento. Y súbitamente el dolor anegó la conciencia. Un dolor angustioso, agudo y sofocado a un tiempo. Un frenesí de puntadas desiguales que hurgando hasta lo más profundo dejaban tras de sí la impresión de una merma, de un despojo irremediable.
Por un momento no hubo sino esta marea de dolor. Pero luego, lentamente, desgastada la fuerza de lo repentino, el dolor se fue diluyendo en un puro malestar, a instancias del cual la conciencia recuperó rápidamente la sensación de un agobio antiguo, hecho de chillidos y de peso y cuyo recuerdo comenzaba a resolverse en una imagen que la acrecida luminosidad del sol volvía transparente.
El entendimiento, sin embargo, era ahora incontenible. Tanto, que podía incluso imponerse a ese círculo de luz que se empeñaba en borrarlo todo con su incandescencia sin límites y lograr que la conciencia reconociera, ayudada por una sombra que se interpuso de repente allí, que ese cuerpo espectral que se retorcía debajo de enormes cadenas, el flanco quebrado y borboteante, era… Sí, era una continuación, una prolongación de sí misma, el comentario objetivado de sus percepciones, las cuales se agrupaban en una reminiscencia oscura y flotante que parecía crecer ante esa sombra que empezaba ahora a elevarse sobre el horizonte de luz, balbuceando un nombre: Prometeo…
II
Prometeo… Insondable era el mundo que esta palabra evocaba. Un abismo de cosas sucedidas alguna vez. Cosas que la conciencia trataba de recordar.
Prometeo… Como un encantamiento, la repetición de este nombre atrajo dentro de sí a la conciencia y le comunicó una idea de pertenencia. Ahora la percepción, el conocimiento, provenían de ese nombre. Solamente así era posible comprender cabalmente esa roca, esas cadenas, la herida en el flanco y el chillido alarmado que parecía surgir del mismo sol. Únicamente sabiéndose Prometeo era posible incorporarse un poco, levantar un brazo para ocultar los ojos del sol y mirar a ese hombre, a ese joven, que se destacaba, luminoso e inseguro, en el aire azulado.
Prometeo… La débil voz se confundía con el rumor del oleaje, que ascendía como una plegaria por los flancos verdosos y herrumbrados de la montaña. El titán retiró la mano del rostro y atisbó el cielo. El joven, entretanto, continuaba balbuceando su nombre. Después se adelantó unos pasos y se afirmó en una saliente de la roca; desde allí siguió nombrándolo.
Prometeo permanecía con la cabeza vuelta hacia arriba. Desde esa posición su mirada se encontró con la del joven, y por un instante tuvo la impresión de observarse a sí mismo con los ojos del otro. Se volvió hacia un lado y cerró los ojos. El joven comenzó a hablar atropelladamente. Pero Prometeo no lo escuchaba: sumergido en sus recuerdos, buscaba un momento. Halló, al cabo, las tinieblas acogedoras en las que un yo agradecido se había disuelto lentamente, al fin olvidado. Se aventuró un poco más… justo hasta el borde donde empezaba el acoso de la agitación, del dolor… Regresó de inmediato a su refugio de sombra. Pero otro acoso llegaba hasta ese sitio de dicha: el acoso de una tozudez candorosa, que insistía en su llamado…
Se volvió otra vez y abrió los ojos: el asombrado rumor de un mundo parecía crepitar en torno del joven, cuya mirada era radiante. Los cerró nuevamente. Enseguida fue sobresaltado por un chillido; sus manos se crisparon y una mueca de dolor le desfiguró el rostro. Después de un momento giró hacia el joven, que trataba de hacerse entender, y le hizo una seña para que cesara de hablar; luego le mostró las cadenas. El joven, cuyo semblante se iluminó de inteligencia, le contestó con un gesto y abandonó su sitio.
Empezó a trepar cuidadosamente, aferrado a la roca. Prometeo lo alentaba con señas. Al final llegó junto al titán. Un filoso escalonamiento de precipicios refulgía alrededor de la roca. El joven se incorporó para tironear de las cadenas; pero se detuvo al ver que Prometeo trataba de unir sus brazos. Las miradas se encontraron. Y aun cuando el joven percibió el empujón, sus ojos no se apartaron de esa mirada triste que lo acompañó al abismo.
De El Proyecto Golem
METZENGERSTEIN, Buenos Aires, 2023