Edgar Brau

SUITE ARGENTINA

El Cristo de Grimaldi

(Fragmento)

I

Se acordaba (y la lluvia, afuera, agregaba un matiz de complicidad a la evocación) se acordaba el capitán de navío Prieto, fija la mirada en el Cristo crucificado que colgaba de la pared, tras su escritorio, de las primeras misas de su infancia, en la capilla del colegio religioso al que había sido cambiado. Se acordaba de su impresión asombrada ante ese mundo de devoción que acababa de conocer y de su no menos sorprendente e inmediato apego a él. Se acordaba sobre todo del gran Cristo doliente, junto al altar mayor, que entre relámpagos de cirios y alertas de campanillas hundía sus empañados ojos en el alto techo abovedado, como buscando allí un  sitio abierto por donde mejor cumplir su ascensión al cielo, tan anunciada en las ceremonias — y que dejaría para quienes desearan escoltarlo (y era su caso) disponible la cruz.

Él seguía desde su banco aquella mirada, y luego, no hallando más que sombras entre los artesonados, volvía a posar los ojos en el Salvador, que entretanto, y como contrariado acaso por lo uniforme del techo, había perdido algo de su inmovilidad; los ojos no miraban ya con tanta fijeza, los labios se entreabrían un poco y las manos estaban a punto de cerrarse sobre los clavos, para arrancarlos. Sin embargo, bastaba por parte del observador nada más que un pestañeo, una distracción mínima, para que ese propósito desapareciera y la afligida mirada continuara enterrándose en las alturas, ignorante de la ilusión que allá, en uno de los bancos, acababa de defraudar…

Venían luego las Pascuas —se acordaba el capitán— y aquella expectación y aquel deseo de imitar a Cristo se acentuaban entonces hasta lo absoluto. Una suerte de continuada embriaguez invadía además en esas fechas el ámbito de la capilla. Todo era un exceso. El perfume del incienso, los hábitos oliendo gratamente como a cera y miel, los pendones con el oro de sus bordados, las suculentas hostias esponjosas, los latines, en cuya plenitud de sonido imaginaba el oído infantil la voz de lo invisible, todo ello conformaba una atmósfera de la más perfecta piedad, y servía, asimismo, junto con la veneración de cada uno, a esa apoteosis del sufrimiento divino que, según los anticipos de la liturgia, preparaba para más tarde un triunfo donde al fin y sin retrasos hallaría Jesucristo su redención.

¿Sin retrasos? Por las dudas y para obtener un mejor logro, él colaboraba con su imaginación y con su empeño: inventaba oraciones en las que abundaban palabras propicias a una buena Ascensión (y a su propia ascensión luego), exageraba por si acaso su afligimiento, se confesaba más de lo debido, cumplía después la penitencia de hinojos, los hombros como vencidos por los acordes que lanzaba desde lo alto el ubicuo órgano… Así, hasta llegar a ese domingo tan prometido, en el que no obstante su confianza, la Resurrección no arrancaba a Cristo de la cruz. Asombrosamente era aquello algo que al parecer ocurría en lo oculto, un milagro cuyos efectos se celebraban de una manera jubilosa aun cuando no estuvieran a la vista, aun cuando todo pareciera hallarse como antes. Era para sorprenderse, en verdad, o mejor dicho: para inquietarse; ¿y si el motivo de esa frustración fuera una escasez de fervor, una entrega deficiente?… Ah, entonces no quedaba más que confiar en el futuro. Tal vez el año próximo, con un poco más de ardor por su parte, la subida de Jesús al cielo fuera en serio. Pero aun así no había que descuidarse; era preciso que ya en la siguiente misa, pasado el esplendor pascual, se retomara el esfuerzo. Era cuestión de insistir e insistir. Había que comenzar por postrarse de nuevo ante el gran Cristo en la capilla y detener largamente los ojos en su rostro, así, hasta lograr convertirlo, por obra de la contemplación más devota, en un Cristo cualquiera, el del dormitorio de su madre, por ejemplo, o el de un crucifijo indeterminado en un despacho de tantos, y continuar allí con ese registro fascinado, continuar aunque se entrometa la disonancia de unos golpes y de una voz, continuar hasta…

—Permiso, mi capitán… ¿Mi capitán?…

Un cabo de marina golpeaba con suavidad la puerta entreabierta y mientras lo llamaba.  

El capitán Prieto, que estaba de espaldas, la cabeza apoyada en el respaldo del sillón giratorio, tardó un momento en volverse.

—Perdone, mi capitán. Como no contestaba abrí la puerta —se disculpó el cabo cuando aquel giró, y se adelantó precavidamente. Traía unas carpetas y un paquete no muy grande, envuelto con papel de regalo.

El capitán Prieto se frotó la cara, le indicó con un ademán el escritorio y se volvió de nuevo hacia la pared.

—Gracias, mi capitán —dijo el cabo luego de depositar las carpetas y el paquete en el escritorio, y se quedó esperando.

—Vaya nomás, cabo —le pidió el capitán Prieto sin darse vuelta.

—Sí, mi capitán —contestó el cabo y abandonó la habitación.

El capitán Prieto llevó las manos detrás de la cabeza y se quedó mirando el crucifijo. La lluvia ahora golpeaba con violencia los postigos de la ventana. De repente giró hacia el escritorio, tomó el paquete que había traído el cabo y lo abrió. Eran dos huevos de Pascua. Por si no lo veo el domingo. ¡Felices Pascuas! Cap. Grimaldi, decía la tarjeta que acompañaba el obsequio; y más abajo, como aclaración: El otro huevo es por el que no le mandé el año pasado.

El capitán Prieto arrojó la tarjeta sobre el escritorio, se echó atrás en su sillón y, aun cuando captó al instante que se trataba de una alusión a una supuesta falta de coraje o algo así (alusión que la posdata disimulaba apenas), comenzó a sonreír: no faltaría ocasión para hablar de coraje cuando se cumpliera la trama que había ideado para arrastrar al capitán de fragata Grimaldi hasta un consejo de guerra, para destruir su carrera. Dos años hacía ya que duraba el pleito entre ellos; prácticamente desde el momento en que, a poco de llegar Prieto ahí, el contraalmirante a cargo del lugar (menos inquieto por la lucha antisubversiva que por la bebida y por sus relaciones con una prisionera), había delegado en él la mayoría de sus funciones. Grimaldi era en esa época teniente de navío, y su temeridad y su extravagancia lo destacaban ya ampliamente de sus colegas. Tenía dos debilidades: sorprender a sus camaradas de los modos más dispares y conducir a un hotel por horas a prisioneras recién salidas de una sesión de tortura; la docilidad casi animal de esas mujeres en tales momentos lo excitaba hasta el extremo de llevarlo a desafiar cualquier reglamentación. Enterado Prieto de esa costumbre, le ordenó a Grimaldi que la suprimiera. Este, que aguardaba ser ascendido por su desempeño al frente de uno de los grupos encargados de secuestrar a quienes estuvieran vinculados con la subversión, no quiso arriesgarse y obedeció, si bien a su modo: las mujeres a partir de ahí fueron sometidas en la misma sala donde se las martirizaba. Prieto se enfureció y lo amenazó con llevarlo hasta el contraalmirante. Esta vez Grimaldi debió acatar la orden de su superior — luego se encargaría de hacerle llegar toda suerte de habladurías acerca de sus intenciones de vengar prontamente esa afrenta.

El segundo hecho importante que aumentó el encono entre ambos sucedió unos meses después, cuando ya Grimaldi era capitán de fragata y el tercero allí en la jerarquía de mando, detrás de Prieto y del contraalmirante. Se les prohibió esta vez a Grimaldi y a otros hombres de su comando que utilizaran para su beneficio personal los bienes que se incautaban en las casas de los secuestrados. Hubo altercados, justificaciones, anónimos con amenazas de muerte —que Prieto guardó con todo celo—, pero al final este consiguió que su oponente (pues la impresionante eficiencia de Grimaldi le daba, de hecho, a los ojos de todos tal jerarquía) se aviniera a aceptar esa nueva restricción.

En los meses siguientes los casos de desobediencia por parte de Grimaldi fueron en aumento. Prieto, que los sabía en su mayor parte deliberados, probó por un tiempo la indiferencia. Muy pronto se enteró de que lo reputaban de flojo y sin carácter. Acudió ante su superior; pero Grimaldi, con su eficacia, se había transformado en alguien poco menos que intocable; el contraalmirante solo sabía de sus logros. Comprendió entonces Prieto que tenía dos alternativas: o recurrir al almirantazgo (que se fijaría seguramente en su tardanza para reaccionar) o pedir el traslado. Tras considerarlo unos días, optó por lo segundo. Redactó su solicitud y esperó a que se cumplieran exactamente dos años de su arribo allí. Cuando unos días después la fecha llegó, se dispuso a hacer la presentación.

Pero entonces ocurrieron dos cosas. Prieto se enteró, primero con perplejidad, luego con indignación, de que en caso de ser él trasladado, Grimaldi ocuparía su lugar. También oyó un rumor. Un rumor que involucraba al capitán Grimaldi y que él en un principio desestimó, pues aunque lo sabía a su subalterno capaz de los mayores desatinos (y no era una casualidad que el alias utilizado por aquel en las operaciones fuera Locura), no creía sin embargo que se atreviera a tanto. Pero ciertas averiguaciones hechas en el transcurso de ese día con la ayuda de un teniente de su confianza que detestaba a Grimaldi, lo habían convencido después de que el rumor era verdadero.

Se trataba de la misa de Resurrección, que, como todos los años para Pascuas, sería oficiada en el anochecer del domingo siguiente al Viernes Santo en la plaza de armas de ese lugar, frente a la gran cruz que se levantaba en uno de los bordes, a espaldas del río. La cruz no poseía un Cristo; el capitán Grimaldi había anunciado que él se encargaría de enmendar “ese hecho vergonzoso”, y que lo haría crucificando a un hombre vivo, en las mismas condiciones en que había muerto Jesús, esto es, fijado con clavos a los maderos y vistiendo solamente una falda corta. Los detalles de la presentación (una tela negra ocultaría su “regalo” hasta el momento culminante del oficio) ya habían sido arreglados con el cura encargado de la misa, aunque sin aclararle que se trataría de un crucificado verdadero. Precisó también que al estar él impedido por ciertos compromisos de llegar antes del inicio de la misa, dejaría la tarea a cargo de dos tenientes de fragata que conocía de un tiempo atrás y que acababan de llegar ahí para  participar del próximo “traslado” de  prisioneros — tal la palabra en uso para encubrir el hecho de arrojarlos vivos desde un avión al mar. En cuanto a la víctima, no había querido decir de quién se trataba; su identidad era acaso lo más importante de la sorpresa, por lo que su rostro, incluso, estaría escondido tras una capucha hasta que se descorriera la tela. Suponían, sí, que podía tratarse de un subversivo de cierto nivel, detectado últimamente en un barrio de la Capital, al que Grimaldi perseguía desde tiempo atrás y para el que había prometido un tratamiento “particular”.

Prieto, para asegurarse, decidió vigilar discretamente a Grimaldi con la ayuda del teniente. Lo vieron acercarse a la enorme cruz y hacer anotaciones en un papel. Lo vieron, en el pañol, extender un lienzo negro (con el que se confeccionaban las capuchas para los prisioneros) y calcular medidas. El teniente lo oyó después ordenarle a un suboficial que fuera a la herrería “por el asunto de los clavos”. La vigilancia se tornó minuciosa. Un día lograron captar una conversación de Grimaldi con el médico encargado de adormecer a los prisioneros que eran arrojados vivos al mar. Hablaron de las posibilidades de supervivencia que tenía un cuerpo suspendido de clavos. El médico mencionó ciertos músculos y ciertos efectos; calculó riesgos y tiempos; pronosticó causas de muerte y al fin terminó con una recomendación: para evitar retorcimientos o estertores, convenía que la víctima estuviera bajo los efectos de un tranquilizante, como los que se utilizaban con aquellos prisioneros… Prieto no necesitó más. Le pidió al teniente que no diera cuenta a nadie de las investigaciones que habían hecho, se encerró en su despacho y rompió la solicitud. Todo se había acomodado como para darle al capitán Grimaldi una respuesta en su mismo estilo…

De Suite argentina

METZENGERSTEIN, Buenos Aires, 2000, 2014