Edgar Brau

LA PIEDRA

(Relato completo)

Ahora soy un dios, pero cuando mi —¿cómo definirlo?— extraño destino comenzó a manifestarse, yo era apenas un ordinario trozo de mármol. Ahora soy adorado y los hombres más distinguidos se postran ante mí, pero al principio hasta el más ruin de los sirvientes se permitía orinar contra mis flancos… Innumerables tratados explican y justifican mi potestad actual. Yo sigo sin entender lo que ocurre. Aun así, este relato no pretende contradecir ninguna exégesis o doctrina, sino comunicar, bien lejos de la apariencia y del rumor, ciertos pormenores poco conocidos de mi historia.

La cual (y me consta que se afirma otra cosa) comienza en una de las principales canteras de mármol de la antigüedad, en el instante de ser yo separado, a fuerza de picos y de mazas, de un gigantesco bloque recién arrancado de la montaña. Cuando el último golpe me separó definitivamente de la mole, mi conciencia, que permanecía un tanto turbia, se clarificó. Entonces, y aunque confundido por el estrépito y el polvo, alcancé a oír al capataz que decía, refiriéndose a mí, No sirve, y luego, a manera de explicación, algunas palabras sueltas como veteado, manchado y otras por el estilo. De inmediato me sujetaron con unas correas trenzadas y después fui arrastrado por una yunta de bueyes hasta un costado de la cantera, donde me abandonaron.

Permanecí allí a la espera de que más adelante los obreros me redujeran a proporciones de baldosas o algo así, ya que era usual destinar el mármol inservible para el embaldosado de los baños públicos; pero pasó el tiempo y nadie se acercó.

Un día, apareció en la cantera un hombrecillo de apariencia grosera que se tambaleaba al caminar. Se acercó al capataz y con términos afectados le comunicó su interés en adquirir un bloque de mármol. Grandes risotadas celebraron las palabras del borrachín, a quien todos allí conocían, pues se trataba (según había de enterarme después) del principal bromista de la ciudad, cuyas disparatadas pretensiones filosóficas le habían valido por parte de los ciudadanos el mote burlón de “el Filósofo”. Sus bromas, en las que incluía desde lo vil hasta lo más sagrado, eran legendarias, y aunque peligrosas en ocasiones, se las toleraba por considerarse que su autor estaba completamente loco.

Una vez acalladas las risas, el Filósofo insistió en su pedido. Pero al ser interrogado por el capataz acerca de sus intenciones, se limitó a responder con un afectado gesto de silencio, que fue luego repitiendo ante cada uno de los obreros que formaban un círculo a su alrededor. Entonces el capataz, divertido pero al mismo tiempo irritado por ver que el trabajo se retrasaba, le indicó el lugar donde se amontonaban los trozos inservibles. El Filósofo intercambió una mirada de picardía con el capataz y después, ansioso y casi cayéndose, corrió hacia el sector señalado. Se dirigió directamente hasta donde yo estaba y sus manos palparon largamente la rugosidad de mis caras. Luego, entre murmullos de satisfacción, preguntó el precio. El capataz le respondió con un gesto de desinterés que aumentó aún más la alegría del Filósofo, quien tras repasarme una última vez con sus manos, se trasladó rápidamente hasta un promontorio, donde silbó y agitó los brazos. Enseguida aparecieron unos hombres con un par de bueyes y unos troncos; eran los encargados del transporte. Antes de moverme, y recelando una broma, el Filósofo se hizo repetir varias veces por el capataz que el mármol era un regalo; únicamente entonces los peones procedieron a instalarme encima de los troncos. Abandonamos el lugar entre chistes y pronósticos pesimistas.

Tras diversas peripecias arribamos a la ciudad al día siguiente. Antes de ingresar en ella el Filósofo me cubrió con una tela oscura; después nos dirigimos hasta la plaza principal, donde me depositaron sin destaparme.

Cuando los hombres se fueron, el Filósofo se trepó encima de mí y comenzó a golpear las manos y a llamar a la gente con fuertes voces. Un rato después la plaza aparecía cubierta de curiosos atraídos por el escándalo. El Filósofo pidió entonces silencio, se descolgó por un costado y con una exclamación triunfal descorrió el trapo. Un murmullo entre divertido y decepcionado acogió mi presentación. Cuando el rumor se acalló, el bromista volvió a subirse, y no bien logró la suficiente estabilidad, extrajo de entre sus ropas, con un gesto de ilusionista, un martillo y un cincel. Luego habló a la multitud.

Les explicó, con gritos y ademanes, que ya no era posible soportar el absolutismo y el engreimiento de los artistas escultores, que con sus capacidades de picapedreros ennoblecidos a modo de lanzas, aparecían empeñados desde un tiempo atrás en arrinconar a los demás hombres en el desierto de la contemplación pasiva, intento cuyo éxito era un escándalo, puesto que solamente la creación personal —y era la nueva que él venía a anunciarles— los dejaría cara a cara con lo Absoluto. Alfarería, pura y simple alfarería era todo ese conjunto de dioses y de héroes que con sus expresiones bobaliconas pretendían estar más allá de cualquier contingencia. Por lo tanto —preguntó con un  rugido—, ¿qué era eso de postrarse como esclavos ante el producto de unos alfareros pretenciosos?…

Y ese chiste, esa broma de moda acerca de que el escultor es el partero sublime que libera la figura aprisionada entre la piedra, ¿no era acaso una afrenta a la inteligencia de los ciudadanos, una burla?… —volvió a preguntar envalentonado—. Después les recordó cuánto había costado sacudirse el yugo que ya una vez, y en un proceso similar, habían tratado de imponerles los filósofos a través de sus peroratas extravagantes, y les pidió que nunca olvidaran al grave pensador que por mirar las estrellas cayó ridículamente en un pozo.

Pero volviendo a los escultores, les advirtió que estos viles mistificadores trataban de conformar, ellos también, una suerte de corporación, destinada sin duda alguna a proteger la petulancia y el privilegio de sus integrantes. Por todo ello, él invitaba a cada ciudadano a crear su propia obra, e incluso les acercaba, a costa de grandes sacrificios, los elementos necesarios para tal fin. De ese bloque deforme, despreciado por la exquisitez de los artistas más famosos, debía surgir una obra colectiva, una obra en la que cada uno pusiera sus talentos y sus anhelos más secretos, para demostrarle así a esa casta de “elegidos” que sus creaciones eran del todo innecesarias. Y para finalizar agregó que bloques como ese, trabajados por el genio de simples ciudadanos, debían brotar en todas las esquinas de la ciudad.

Una estruendosa carcajada, largamente contenida, acogió su discurso. No obstante, para participar de la broma algunos hombres se prestaron a lo que les solicitaba. Pero al primer golpe de cincel una esquirla fue a dar en un ojo del Filósofo, quien debió ser conducido a un médico entre gritos de dolor. Este accidente aumentó extraordinariamente el regocijo de la multitud, que acompañó la retirada del frustrado escultor con cantos burlones y crueles risotadas. Luego la gente se fue dispersando y solamente quedaron unos niños que se entretuvieron toda la tarde en golpearme con el cincel y con el martillo, tratando de esculpir alguna figura. Cuando oscureció quedé allí, abandonado.

Al día siguiente se acercó un grupo de notables, quienes hablaron al principio gravemente. Pero después alguien recordó cómo había terminado el intento del día anterior y entonces la discusión continuó entre sonrisas. Se trataba de saber si debían o no retirarme de ese lugar. Al final resolvieron que yo permanecería allí como ejemplo de la locura humana, de su pretensión de rebajar los merecimientos de quienes encarnan el deseo de los dioses a través de su condición de elegidos, y de la cual muchas veces los honores y las riquezas no hacen sino ocultar a los ojos de los ignorantes su verdadero carácter de maldición. Se decidió también dejar las herramientas del Filósofo para ver si alguien se atrevía a seguir su ejemplo.

Por supuesto: los únicos que se animaron fueron los niños. Acudían en grupos (algunos con sus padres) provistos de cinceles y de martillos, y durante horas se entretenían en aporrearme con sus golpes desmañados. En ocasiones pasaba por allí algún escultor. Los niños, al reconocerlo, le pedían que tallara alguna figura. El artista empuñaba entonces el cincel y con unos pocos golpes de martillo lograba que un rostro de mujer o la imagen de un animal surgiera de una de mis caras. Los chicos gritaban, maravillados, y cuando el hombre se marchaba se entretenían en desfigurar la talla por medio de golpes o pintando sobre ella rasgos grotescos. En las noches se acercaban algunos muchachones para tallar malamente figuras obscenas o para pintar leyendas injuriosas o lascivas destinadas a algún hombre del Gobierno o a alguna famosa cortesana. El resultado de todo ello fue que en poco tiempo mi apariencia era por demás estrafalaria. Erizado de rostros a medio hacer, de animales sin proporción, de dioses lamentables y de falos mutilados, terminé por asemejarme a un cubo de desperdicios que rebosara por todos sus lados las barreduras de un taller de escultor. De ejemplo de una clase de locura yo me había transformado en ejemplo de otra clase de extravío, y la del Filósofo, a quien nunca volví a ver, ya no me pareció entonces tan extraordinaria.

Luego de un tiempo, ya pasada la novedad, se dispuso que me trasladaran a un suburbio. Mi aspecto era en ese momento deplorable; las indecencias más laboriosas aparecían talladas o pintadas en mi superficie. Afortunadamente, una vez instalado en mi nuevo emplazamiento las gentes fueron borrando, a fuerza de golpes y de frotamientos, todas las infamias que yo portaba. Algunos abusaron sin embargo el intento y se llevaron trozos importantes de mi estructura; pero una orden del Gobierno detuvo el incipiente desmembramiento. Después la hierba y las malezas me ocultaron y ya nadie me prestó atención.

Por aquella época yo aún no sabía calcular el tiempo, de manera que no puedo precisar cuánto duró mi estada en ese sitio. Puedo conjeturar, sí, que fue mucho tiempo. Ciertas señales me lo indicaban, por lo demás, ya que no solamente cambió la vestimenta de las personas, no solo se modificó el lenguaje, sino que la tierra misma experimentó una importante transformación. (En verdad, no tanto el suelo como la ciudad y los emplazamientos.) Sí, muchos y fundamentales sucesos me fueron permitidos contemplar desde mi ignorada inmovilidad. Ciudades se levantaron en el horizonte y luego se abatieron destruidas por el saqueo y el fuego; caminos empedrados me rodearon como gigantescas serpientes y pronto fueron consumidos por la hierba. Invasiones, éxodos, batallas, juegos, procesiones de triunfos y de derrotas… Todo eso colaboró en mi distracción.

Lo repito: no sé cuánto tiempo transcurrió hasta ese atardecer de verano en que un hombre volvió a posar en mí su mirada atenta. Entontecido por el fuerte sol, que había calentado hasta la más recóndita de mis vetas, permanecía yo en un profundo letargo cuando un ruido de cadenas me sobresaltó. Miré; un grupo de esclavos era conducido por el camino, distante unos treinta pasos de mi ubicación. El cansancio trababa la marcha y cada tanto debían detenerse; pero enseguida restallaba el látigo y los miserables eran obligados a retomar la caminata. De pronto, al pasar frente a mí, uno de los esclavos me miró insistentemente, como si me reconociera. Justo en ese instante se produjo una pausa bastante prolongada, en cuyo transcurso el esclavo no apartó la vista de mí. Cuando retomaron la marcha continuaba mirándome; al desaparecer en un recodo del camino aún conservaba la cabeza dada vuelta en mi dirección. En aquel momento no le di mayor importancia, pero ahora pienso que fue ese precisamente el instante (los historiadores pueden decir lo que les plazca) a partir del cual yo empecé a ser algo más que una piedra abandonada.

En efecto: al poco tiempo numerosos esclavos posaban sus miradas en mí. Primero pensé en alguna inscripción o figura existente en aquel de mis costados que enfrentaba el camino; pero no recordaba que alguien se me hubiera acercado con el fin de tallar o de escribir algo desde mi arribo a ese sitio, y, por lo que atañe a lo que yo portaba de antes, la lluvia había ya pulido y suavizado toda mi superficie. Evidentemente se trataba de otra cosa. Un anochecer el horizonte púrpura destacó las siluetas de cuatro o cinco hombres que se dirigían con sigilo hacia mí; por sus vestimentas reconocí que eran esclavos. Al llegar a mi lado me palparon cuidadosamente y pronunciaron palabras que no pude distinguir. El más joven se despojó de sus ropas y aplastó su cuerpo tembloroso contra uno de mis flancos. Un momento después aulló un lobo. Los hombres se agazaparon y permanecieron un rato a la expectativa. Luego desaparecieron entre los arbustos.

A partir de esa noche las visitas se sucedieron. Comenzaron a venir mujeres; a estas se agregaron viejos y niños. Pronto crecieron en audacia y las reuniones se hicieron a la luz del día. Nunca me rodeaban menos de veinte o treinta personas. Las mujeres se ponían de rodillas y me acariciaban con sus cabellos; algunas gemían. Los hombres, entretanto, se limitaban a recorrerme con la mirada y a calmar a los niños asustados por el comportamiento de sus madres. De vez en cuando aparecía entre los esclavos algún ciudadano, y en una ocasión me pareció incluso ver a un oficial, aunque no estoy seguro de que hubiera sido realmente un soldado, pues aquellos que no eran esclavos ocultaban su condición vistiendo un manto de tela ordinaria. Yo seguía, mientras tanto, sin entender ese comportamiento; hubiera querido preguntarles a esas gentes qué significaba todo eso, pero ni entonces ni ahora me es posible hablar, de modo que debía (y debo) aceptar calladamente esos homenajes — de los que la gente libre ya comenzaba a burlarse, por otra parte.

Ello ocurría casi siempre cuando un grupo de ciudadanos pasaba a caballo por el camino y veían a los esclavos reunidos a mi alrededor. Detenían entonces sus cabalgaduras y lanzaban burlas y palabrotas hacia nosotros; después se alejaban entre risas y amenazas. No tardaron tampoco en producirse los primeros arrestos, lo que logró que cada vez fueran menos los esclavos que me visitaban; pronto no vino nadie más. Una noche, sin embargo, reaparecieron portando unas bolsas que vaciaron a mi lado; picos, mazas y otras herramientas cayeron al suelo. Yo empecé a temblar. Tras unas palabras de instrucción, uno de ellos dio la orden y los golpes comenzaron.

Golpeaban desde el lado opuesto al camino, donde habían apostado a un vigía. Yo sentía los picos hundirse en mi cuerpo y con un asombro temeroso veía cómo saltaban las esquirlas. Al parecer intentaban separar una porción de alrededor de un tercio de mi volumen.

Amanecía cuando lo consiguieron. El trozo cayó a un lado, sin ruido, y de inmediato los hombres empezaron a golpearlo con las mazas. Mientras el bloque se deshacía noté que sollozaban. Dos de ellos recogían los trozos más grandes y los guardaban en las bolsas. Cuando todo fue juntado, se reunieron frente a mí y se tomaron de las manos. De repente el hombre que custodiaba el camino lanzó un grito. Entonces el grupo se alejó por entre los arbustos llevando las bolsas a cuestas. Eso fue todo. Yo me encontraba tan confundido como el día en que escuché las palabras despectivas del capataz. Enseguida salió el sol y los fragmentos diseminados en la hierba resaltaron como enormes gotas de sangre cristalizadas. Un rato después se nubló y casi a continuación empezó a llover.

Desde ese día los esclavos no aparecieron más por allí. Debieron transcurrir varias estaciones hasta recibir otra vez su visita. Pero ahora eran muchos más y entre ellos había varios jefes, a juzgar por las voces de mando que daban. Traían cuerdas, vigas, un carromato tirado por bueyes y algunas palas; tal parecía que irían a trasladarme a algún sitio. Mientras trabajaban (sin aparentar preocupación) observé que llevaban colgado del pecho un hilo en cuyo extremo aparecía una piedra pequeña, tallada a mi imagen y semejanza y perteneciente a los trozos guardados en las bolsas aquella noche. Luego de colocarme encima del carro me cubrieron con grandes cantidades de heno y la marcha comenzó.

Ignoro qué caminos transitamos, si atravesamos algún mar o si nos hundimos en la montaña, pues cegado por el heno e incapaz de mantener la vigilia con el solo interés de lo que oía, muy pronto hube de entregarme a un sueño casi continuo. Tanto es así, que cuando recuperé la conciencia me hallaba ya sobre una base de piedra y rodeado de antorchas. El lugar se asemejaba a una caverna y hasta donde mi vista alcanzaba aparecía cubierta de personas que entonaban cánticos y elevaban sus manos hacia el techo. Había allí gente de todas las edades, y no se trataba solamente de esclavos; también se podían advertir hombres y mujeres libres, y, además, esta vez sí estoy seguro de haber visto soldados entre la concurrencia. Del cuello de cada uno de los presentes colgaba una de esas tallas pequeñas tan conocidas por mí.

Después de un rato se adelantó un anciano y con un gesto impuso silencio. La muchedumbre se arrodilló y desde el fondo de la cueva avanzaron varios hombres transportando unos bultos. Se detuvieron frente a mi ubicación. El anciano tomó un extremo del trapo que cubría el bulto más grande y dio un tirón —por un instante recordé al Filósofo—. Pero no era un ordinario trozo de mármol lo que ahí se hallaba, sino algo bien distinto: un resplandor, una vehemencia de luz blanca que se proyectó violentamente hacia los lados y luego, contaminada su pureza con la herrumbre de las paredes, se vertió como una llovizna de luz cenicienta sobre los ojos deslumbrados de los presentes, quienes vieron entonces cómo la turgente figura de una diosa, tallada por alguna mano eximia en el mármol más puro y lustroso, se alzaba ante ellos igual a una aparición y en una actitud que transmitía, ya a la primera mirada, algo así como un erotismo divinizado. La vista de la soberbia escultura despertó a la multitud del letargo en que la había sumido el ronroneo de las letanías, y de inmediato empezaron a dar alaridos, que aumentaron en intensidad al descubrir el anciano las demás figuras, todas ellas espléndidas en su encarnación de algún dios.

A una señal del anciano los hombres colocaron las estatuas encima de mí, acostadas. El contacto con esos dioses me estremeció, pero lo que vi enseguida me sacudió todavía más fuertemente: el viejo se adelantaba, amenazador, empuñando una enorme maza, ante cuya vista, doy fe, las estatuas que yo sostenía temblaron. Era preciso hacer algo, pero antes de que yo pudiera gritar ya el viejo había descargado el primer golpe, y acompañada del rugido de los presentes la cabeza de la diosa fue a estrellarse contra una pared. A continuación fueron fragmentos de brazos y de piernas los que se esparcieron hacia los costados; luego el torso también fue a parar al suelo. Las otras figuras tuvieron un fin idéntico. Aterrado por esa furia destructora que nada parecía calmar, creí que inclusive yo mismo sería golpeado por el viejo. Pero no ocurrió nada de ello, sino que una vez destruidas las estatuas se amontonaron los restos a mis pies, como una ofrenda.

Yo casi no me atrevía a mirar, avergonzado por el amontonamiento soez en el que yacían aquellos magníficos escombros, de los cuales surgía no obstante aquí y allá una como sonrisa de asentimiento hacia la hecatombe sufrida. Finalmente, parecían decir con su serenidad burlona, finalmente se trata de hombres…

Sentí una gran tristeza. Ya no presté atención a lo que hacían o decían esas personas. Incuestionablemente algo pasaba en el mundo para que se atrevieran a proceder así. Dejadez, distracción, hastío… Algo de eso habría allá afuera.

Permanecí en ese lugar otra vez por un largo tiempo. Las ceremonias de adoración y de destrucción se repetían con frecuencia, y recuerdo también que fue por esa época cuando empecé a oír que los hombres se dirigían a mí llamándome Dios. En ese entonces yo no conocía todo el alcance que tiene esta palabra, pero como las oraciones y los ruegos se hacían en voz alta y el término Dios resonaba en la caverna como un goteo interminable, no tardé en percibir su magnitud — que antaño como ahora es una causa de sonrojo para mí.

Los agasajos, entretanto, se volvieron cada vez más fastuosos: la madera y el cobre de las ofrendas fueron reemplazados por la plata, el oro y las piedras preciosas. También la apariencia de los fieles se modificó; ya casi no había esclavos entre ellos, y los pocos que todavía quedaban, debo decirlo, no eran muy bien vistos.

Más adelante comenzaron a llegar a la caverna peregrinos de las regiones más diversas y lejanas. La mayor parte de ellos prorrumpían, al verme, en exclamaciones de agradecimiento; otros, en cambio, permanecían inmóviles con la mirada vidriosa fija en mis vetas. Esto me inquietó por un tiempo, pues yo imaginaba que en cualquier momento uno de esos peregrinos de mirada escrutadora se levantaría para gritar que todo era una equivocación y yo un impostor aprovechado. Pero finalmente me convencí de que no se trataba de sospecha sino de la más profunda adoración.

No faltaron aun así contratiempos: reyes que no aceptaban (que no toleraban) mi existencia, tiranos que juraban destruirme. Pero, y aunque a mi alrededor varias veces se habló de un posible traslado, pasó sin embargo el tiempo y aquellas habladurías y aquellas resistencias solamente consiguieron, antes de esfumarse, que mi prestigio creciera todavía más. Por ello, cuando se produjo el último y definitivo viaje hasta mi residencia actual, las condiciones fueron bien distintas. Ni trapos ni heno para ocultarme: estandartes, trompetas y timbales, palmas e incienso, carruajes de un lujo inaudito, júbilo y protocolo… Tal era lo que me esperaba al abandonar mi tosco refugio.

Fue una mañana de primavera, cuando ya los campos se asemejaban a un paisaje de tapicería. El sol era resplandeciente y las nubes, como cúpulas de plata, se  ahuecaban hacia lo alto. La muchedumbre enronquecida llegaba hasta el horizonte. Y allí me esperaba un rey.

Tardamos casi toda la jornada en llegar hasta él. Me recibió hincado en el polvo y con la cabeza descubierta. Lo rodeaban sacerdotes y cortesanos, quienes disimulaban penosamente la emoción que sentían. Un sacerdote ayudó a incorporarse al rey. Entonces se llegaron hasta mi carruaje y me dieron la bienvenida con palabras entrecortadas. No puedo recordar los términos que se utilizaron esa tarde, pero sí me acuerdo de una prerrogativa desmesurada: se me hacía dueño y señor del mundo y de sus criaturas hasta el final de los tiempos. Cuando los discursos concluyeron fui trasladado a palacio, donde permanecí dos o tres días, impaciente por conocer el destino final de mi viaje, que ciertas palabras sueltas pronunciadas por ahí situaban en una importante e imprecisa ciudad.

Acaso por esa impaciencia la marcha hacia ella me resultó interminable. Además, como para aumentar todavía otro poco el fastidio que yo sentía, debíamos detenernos en cada ciudad y en cada pueblo con el fin de visitar los templos donde se me adoraba. La existencia de esos templos, su cantidad, me aterró. Significaba que las dimensiones que ingenuamente yo le había atribuido a mi poder, allá en la caverna, eran insignificantes comparado con lo que en verdad sucedía.

Un atardecer, por fin, avistamos la famosa ciudad. El camino que subía hasta ella se encontraba cubierto de personas que agitaban sus manos y gemían; algunas desafiaban las picas de los guardianes y se acercaban para intentar tocarme, así fuera un instante. Con los ojos cerrados, yo trataba de ignorar esas muestras de un afecto ingenuo, pues no me interesaba sino llegar y, tal vez con suerte, quedarme a solas. Pero ya había transcurrido una buena parte de la noche cuando logramos traspasar la puerta principal.

Fui una vez más recibido por un rey, aun cuando en esta ocasión no parecía tal, ya que los mantos veteados con hilos de oro, las gemas que encandilaban, y más que nada la actitud de opulenta satisfacción que exhibían los sacerdotes que aguardaban a su lado para hacerse cargo de mi custodia, opacaban bastante su majestuosidad. Semejante boato me hizo recordar con un poco de tristeza al esclavo que se había fijado en mí aquella ya lejana tarde de verano. Sin embargo, no había ahí tiempo para rememorar otras épocas: la hora de mi consagración había llegado.

La apoteosis que me aguardaba no admite descripción y no seré yo quien intente hacerlo; algunos artistas la han inmortalizado después en sus obras, y, en lo que respecta a aquellas que decoran la sala donde me encuentro, puedo asegurar que fue realmente así. Al tercer día, una vez finalizadas las celebraciones que se habían dispuesto a modo de homenaje, se me trasladó a mi asentamiento definitivo, un lujoso edificio construido sobre una especie de promontorio, en el centro de la ciudad.

El sol casi se ocultaba cuando llegamos a sus puertas. La guardia que me precedía se alineó en las escalinatas y un toque de trompeta anunció el instante solemne. Ingresamos lentamente, al tiempo que estallaban los cánticos. Y aunque era mi intención fijarlo todo, aturdido por la voces de los asistentes, que bien pronto interrumpieron sus cantos para simplemente vivarme, y cegado por el humo de los incensarios, no pude sin embargo  percibir los detalles de mi entrada en ese magnífico recinto. Quiero decir que de pronto, como en un acto de magia, me vi ubicado sobre una base de mármol blanco, cuyas salientes retenían las flores que habían arrojado a mi paso y que ahora se escurrían de mi superficie. Después alguien agitó una campanilla y los discursos comenzaron.                   

No sé cuánto tiempo duraron ni lo que se dijo en ellos. Medio atontado por ese júbilo que nada parecía acallar, y acaso por creer que nada nuevo se diría allí, yo me distraje observando el esplendor de la sala, toda ella cruzada de arcos y sostenes y coronada, por encima de mí, con una cúpula de cristales pintados. A derecha e izquierda, apoyados en arcadas de bronce, unos pequeños balcones ornamentales sostenían imágenes en mármol de hombres y de mujeres, cuyos rostros, triunfantes de la muerte, estaban dirigidos hacia los sepulcros enrejados que en uniforme sucesión y ocupando todo el largo del recinto, se extendían al nivel del piso. La iluminación, proveniente de gigantescos candelabros cargados de cirios, era por momentos brillante y rasgada y por momentos tenue y compacta, ya que si los presentes levantaban sus manos para unirse en la salmodia de algún texto, las vacilantes llamas de los cirios se estiraban hasta el dorado de las colgaduras, que asaltadas por ese roce refulgente parecían entonces deshilacharse y entretejer en el aire, con sus hebras de luz, un tembloroso dosel de oro. Las nubes de incienso, por su parte, se elevaban hasta el artesonado de los techos y luego se derramaban como una niebla por las paredes de mármol, cuyas veteaduras verdosas semejaban las aguas separadas de un océano tranquilo.

Un silencio repentino me sustrajo, al cabo, del entresueño en el que comenzaba a sumirme la contemplación de ese lujo narcotizante. La ceremonia había concluido sin darme yo cuenta y el lugar ya se hallaba vacío, aunque todavía era posible oír un murmullo de colmena que se escurría hacia afuera. De repente, mientras mi cabeza se despejaba, la gran puerta de bronce se cerró con el estrépito de un derrumbe y el recinto quedó a oscuras. Entonces, recuperadas por una conciencia que volvía a ser lúcida, en mis oídos resonaron, tardías y terribles, las palabras que alguien, la mano enjoyada apuntando hacia mí y como si leyera en una lápida imperial, había pronunciado al concluir el último de los discursos: …Y el mundo se teñirá, como un ocaso, con el púrpura de sus vetas inmortales.

Después, en la acritud de esas tinieblas que me ahogaban y como si me asomara a un futuro semejante a un abismo, mi cuerpo vaciló y en mi interior, elemental e incontenible, estalló un largo sollozo, cuya resonancia se fue luego transformando en una corriente de olvido que acogió, una a una, las percepciones que mi conciencia empezaba otra vez a abandonar…

Lo que siguió a ese día es por todos conocido.

De El Proyecto Golem

METZENGERSTEIN, Buenos Aires, 2023