Edgar Brau
EL PRISIONERO
(Relato completo)
La puerta se abrió chirriando y entraron dos guardianes conduciendo a un prisionero. Luego de ordenarle al prisionero que se desvistiera y que se acostara sobre una mesa de madera, lo sujetaron allí con correas y se retiraron. El prisionero, un hombre de mediana edad, con profundas entradas a cada lado de la frente, no parecía golpeado; miraba hacia el techo y hacia los costados con ojos sorprendidos, como si acabara de despertarse en un lugar extraño. De pronto, en la penumbra de un rincón se alzó la silueta de un hombre vestido con un delantal gris, cuya presencia no había advertido el prisionero. Este giró la cabeza para verlo. Entonces el hombre volvió a sentarse en el mismo lugar. Permaneció ahí unos segundos; luego extrajo de uno de los bolsillos del delantal un trapo arrugado, lo extendió enérgicamente, se acercó a la mesa y lo amordazó al prisionero, que solo vio la mancha oscura de un bigote agitarse un instante encima de su cabeza y desaparecer después rumbo al sitio en sombras. Una vez allí, el hombre se sentó, encendió un cigarrillo y se puso a lanzar grandes bocanadas de humo hacia el prisionero.
Cuando terminó de fumar, aplastó la colilla contra el piso y cruzó las manos detrás de la cabeza. El prisionero creyó oír que silbaba. Luego oyó los pasos del hombre, que se dirigía hacia él. Se volvió para mirarlo; el hombre portaba ahora un maletín negro y su cabeza aparecía cubierta con una capucha también negra. Parece de terciopelo, pensó el prisionero sin apartar la vista de la capucha. El hombre apoyó el maletín en el suelo y lo abrió. Tras revolver brevemente en su interior, se incorporó con un instrumento similar a una pinza, de cuyo mango colgaba un largo cable prolijamente enrollado. Permaneció inmóvil por un momento, mirando pensativamente al prisionero. Por la cara de este rodaban gruesas gotas de sudor que iban a hundirse en las hendiduras que la mordaza formaba en los costados de su boca. El hombre desenrolló el cable y lo conectó a un toma que había junto a la puerta; de la pinza surgió un chirrido que pronto se hizo imperceptible. Volvió otra vez al lado de la mesa y apoyó el instrumento en el pecho del prisionero; un olor acre, a vello quemado, impregnó la celda. El prisionero se estremeció y contuvo la respiración; un cosquilleo intenso le recorría el pecho. De repente sintió que algo lo pinchaba en el vientre y gimió, sorprendido. Un nuevo pinchazo, ahora en una pierna, lo volvió a sacudir. Enseguida le siguió otro, y otro y aún otro, en una sucesión vertiginosa que fue perforando aquí y allá la sensación de hormigueo hasta reemplazarla finalmente con una llaga quemante cuyo fuego abrazó en segundos la totalidad de su cuerpo. Sobreponiéndose al dolor, el prisionero abrió los ojos; igual a un abejorro, el hombre se tendía sobre su cuerpo con un zumbido intolerable. Volvió a cerrarlos, tironeado por un remolino de sensaciones opuestas. Trató de gritar, de reír, de golpear y de golpearse, pensó que había ingresado en una eternidad insoportable y candente, creyó caer a un vacío, arrastrado por anzuelos que se enganchaban en su carne, no percibió más su cuerpo, su cabeza pareció estallar… Se había desmayado.
Al despertar estaba en el camastro de su celda, vestido. Procuró incorporarse, pero le dolía todo el cuerpo y apenas si podía moverse. La sed lo ahogaba; con un grito ronco pidió agua. Un rato después entró en la celda un guardián desarmado portando una bandeja. Dejó en el suelo un plato de lata con una especie de guiso adentro y un vaso de plástico con agua. Despacio con el agua, le dijo y se marchó. El prisionero bajó del camastro, se abalanzó sobre el vaso y bebió el agua de un sorbo; un ruido semejante a brasas que se apagan con un líquido salió de su boca. Sintió más sed que antes. Pensó entonces en el mar, en la lluvia, en el agua mugrienta que corre junto a las veredas. Trató de gritar otra vez, pero se desmayó antes de conseguirlo. Al volver en sí era de noche. Por debajo de la puerta se filtraba un poco de luz del pasillo; el plato y el vaso habían sido retirados. Se trepó al camastro y se acomodó de cara a la pared. Sentía dolor y cansancio. Cuando la luz del pasillo se apagó, ya estaba dormido.
Al día siguiente fue llevado nuevamente a la misma sala. Pero en esta ocasión no se desmayó y hasta le pareció incluso que la sesión terminaba antes. El hombre desconectó la pinza, la guardó cuidadosamente en el maletín y se marchó. Un momento después aparecieron los guardianes y lo soltaron. El prisionero intentó vestirse solo, pero no podía doblar uno de los brazos; debieron sujetarlo por las axilas para conducirlo a la celda. Cuando le trajeron el alimento y el agua, bebió con moderación y nada más que como para acompañar la comida. Luego permaneció acostado de espaldas. Se durmió casi sin querer.
Los guardianes, al otro día, lo encontraron de pie. Aunque trabajosamente, logró desplazarse sin ayuda. Se desvistió y se acostó en la mesa. Los guardianes intercambiaron una sonrisa, lo ataron con las correas y se fueron. El prisionero trató entonces de relajarse, pues en la sala no había nadie. Cerró los ojos, se reacomodó en la mesa y se dispuso a esperar así preparado la llegada del hombre, que juzgaba inminente. Transcurrió sin embargo un buen rato y nadie apareció en la celda. Una nueva forma de tortura, pensó el prisionero, a quien la espera comenzaba a angustiar. Pero de inmediato se oyeron pasos en el corredor y luego de abrirse la puerta entraron los guardianes. Empezaron a desatarlo. Uno lo ayudó a bajar de la mesa y el otro le alcanzó la ropa. En ese momento volvieron a oírse pasos afuera; el prisionero detuvo sus movimientos. Los pasos se aceleraron y enseguida apareció en la puerta un hombre vestido a medias con un delantal gris y la cabeza cubierta con una capucha como de terciopelo. Entró agitado y resuelto; el maletín venía abierto. Insinuó una disculpa a los guardianes, pero estos ya ubicaban de nuevo al prisionero en la mesa y no lo atendieron. Cuando se marcharon, el hombre, que se hallaba ya más calmado, giró hacia la pared, se quitó la capucha y encendió un cigarrillo. Pero repentinamente, tras unas breves pitadas, arrojó el cigarrillo, se colocó la capucha y conectó el instrumento. Al prisionero le pareció que el zumbido era más fuerte que en las dos primeras ocasiones. Tampoco, y acaso por saber que era dolor lo que debía sentir, se repitió el cosquilleo de las veces anteriores, sino que apenas el hombre apoyó la pinza en su hombro, exhaló un gemido que la mordaza amortiguó un poco; el olor a carne quemada, por su parte, le produjo seguidamente contracciones en la boca del estómago. El hombre se dio cuenta y agitó la mano varias veces sobre la cara del prisionero. Gracias, pensó inadvertidamente este antes que el dolor desvaneciera sus pensamientos.
Al concluir, el hombre mismo desató las correas y lo ayudó a bajar. Los guardianes aparecieron un momento después, y cuando cruzaban la puerta con el prisionero en medio, este se volvió hacia el rincón en penumbras; allí, el hombre fumaba.
Transcurrieron dos días en los que el prisionero no fue sacado de su celda. Pero en el inicio de la noche del tercer día se presentaron en su celda los guardianes habituales. Al abandonar la celda, uno de ellos hizo un comentario jocoso acerca del inevitable fin de todo lo bueno. Su compañero se asoció al festejo del chiste, y en el rostro del prisionero se insinuó una mueca, casi una sonrisa de conformidad.
La sesión se repitió sin variantes y durante su transcurso el prisionero se desmayó dos veces. Al final fue sobresaltado por los golpes que daban los guardianes a la puerta; querían saber si faltaba mucho. El hombre les hizo una seña para que entraran y les explicó que se había distraído; por eso no había notado la hora. El prisionero oyó las disculpas como en sueños; estaba mareado y sentía ganas de vomitar. Tendrá problemas; tal vez la familia, fue lo último que pensó antes de desmayarse entre los guardianes.
Despertó en su camastro, dolorido y sediento. La oscuridad era absoluta. Se deslizó hasta el piso y tanteó en busca del vaso de agua. No encontró el vaso ni el plato. Se tendió de espaldas en el piso y apoyó las palmas de la mano y los pies desnudos en el suelo húmedo. El frío que penetró en su carne le procuró un alivio engañoso en la sed que sentía. Pensó en quitarse la chaqueta, pero el temor de enfermarse lo contuvo. Allí mismo se durmió.
En los días que siguieron se produjo una pausa en la rutina de las sesiones; solamente era llevado cada mañana a un patio para que durante un rato tomara un poco de sol. Varios prisioneros deambulaban por el lugar, pero les estaba prohibido conversar entre ellos. Algunos parecían extranjeros. Un silbato les indicaba el momento de volver a las celdas.
Una mañana vinieron a buscarlo los guardianes. Al verlo, el que gustaba de hacer chistes lo saludó con un gesto, como diciendo: Y, qué le vamos a hacer. Los tres sonrieron.
El prisionero los precedía por los corredores; recordaba perfectamente el camino, que era circular. Cuando llegaron a la sala, el prisionero mismo abrió la puerta. Los guardianes no entraron, sino que uno de ellos se asomó e hizo una seña interrogativa; al recibir la respuesta se alejaron. El prisionero ingresó lentamente. Todo allí estaba como siempre, incluyendo al hombre en el rincón. Se detuvo junto a la mesa. No sabía muy bien qué hacer. Le parecía que debía saludar, o decir algo, pero no atinaba a hacerlo. En el rincón ardía la brasita del cigarrillo. Al apagarse, una oscura silueta se adelantó; la negra capucha le trajo al prisionero el recuerdo de las figuras inquisitoriales vistas alguna vez en un libro. El hombre vestía un traje marrón y debajo llevaba una camisa escocesa y un pulóver celeste; el delantal estaba colgado de un clavo, frente a la cabecera de la mesa. Por un momento el prisionero pensó en alcanzárcelo, pero ya el hombre se dirigía hacia el lugar, de modo que finalmente no se movió de su sitio; se limitó nada más que a observar cómo el hombre abotonaba su delantal. Cuando el último botón estuvo entrelazado al respectivo ojal, el prisionero le preguntó al hombre si debía desvestirse. ¿Y qué le parece?, fue la respuesta.
Entretanto colocaba su uniforme en una silla, el prisionero se acordó de la primera visita que hiciera al médico sin su madre. Tenía catorce años y, como ahora, también entonces se tendió de espaldas y tal como ahora un hombre se inclinó hacia su cuerpo con un instrumento en la mano y…
Unos golpes en la cara lo volvieron en sí. Todavía estaba amarrado a la mesa, pero ahora un hombre vestido de blanco, como a los catorce años, le apoyaba en el pecho el pequeño y clásico aparato cuyos extremos se introducen en las orejas. Miró a su alrededor; frente a la puerta estaban los guardianes; el hombre al parecer ya se había marchado. Tras examinarlo esmeradamente, el médico guardó el instrumento en un portafolios y, sin decir una palabra, abandonó la sala. Los guardianes desataron las correas y lo urgieron a vestirse. Les preguntó qué había ocurrido. Se desmayó, le contestó uno de los guardianes. El otro, el chistoso, no pudo contenerse y agregó: Pero había resultado flojo el amigo, eh.
Durante esa jornada, varias veces apareció en la mirilla de su celda la silueta de una cabeza; el prisionero lo notó y comprendió el motivo. Entonces fingió grandes dolores, puso los ojos en blanco, gimió y trató de babearse. Evidentemente no le creyeron, porque al otro día los guardianes se presentaron en la celda. Al disponerse a acompañarlos, el prisionero advirtió que un joven de cabello rojo y rostro inexpresivo reemplazaba al chistoso. Por el camino interrogó al guardián que conocía sobre la causa de ese cambio. Hablaba demasiado, fue la respuesta que obtuvo. El prisionero sonrió para sus adentros y no dejó de alegrarse un poco por la suerte del otro.
El hombre lo esperaba en la puerta de la sala; tenía puesta la capucha. Antes de entrar lo llevó al prisionero frente a un ventanal, le pidió que mirara hacia arriba y le revisó los ojos cuidadosamente. Después le preguntó si había vuelto a desmayarse. No, le respondió el guardián. El prisionero lo miró, sorprendido; sin duda lo vigilaban mejor de lo que creía. De inmediato el hombre despidió a los guardianes y le señaló la puerta de la sala.
Como la vez anterior, el hombre volvió a distraerse, y solo se detuvo cuando oyó los golpes de los guardianes en la puerta. El prisionero, que había soportado bastante bien la sesión, una vez liberado de las amarras se sentó en la mesa y se puso a observar el instrumento, que el hombre había apoyado en un extremo. Los guardianes le hicieron una seña para que se apresurara y con otro gesto le dieron a entender que no soportaban el olor a carne quemada que había allí dentro. El prisionero sonrió con suficiencia, y al regresar a la celda y como si lo impulsara esa muestra de debilidad exhibida por sus custodios, su paso aventajaba largamente al de estos en marcialidad y compostura.
Un día, al entrar el prisionero en la sala y apenas se marcharon los guardianes, el hombre, que permanecía de pie junto a la mesa, se volvió sin cubrirse la cara. El prisionero, al verlo, se conmovió; oscuramente siempre había sentido que bajo la capucha debía de ocultarse un rostro terrible, acaso monstruoso, y por eso ahora que tenía ante sí una cara de lo más común, en la que apenas si sobresalía el negro bigote, su sorpresa era enorme. El hombre lo miraba igualmente sorprendido, pero en su caso por el azoramiento del prisionero. Este había empezado a sonreír y sus manos se movían nerviosamente, como si estuviera a punto de estrechar entre los brazos a un amigo que se reencuentra luego de un distanciamiento. El hombre encendió un cigarrillo y fue a sentarse en su rincón. La capucha permanecía sobre la mesa. La mirada del prisionero se posó en ella y después en el hombre. Este le hizo un gesto y luego, mientras el prisionero tomaba el negro bonete, le explicó: La fabricó mi señora. El prisionero asintió y sus dedos recorrieron la tela con el cuidado con que se palpa una reliquia. De improviso se cubrió la cabeza con ella y giró hacia el hombre. Ambos rieron, y la risa del prisionero aumentó cuando el hombre le dijo: Parece un monje.
El hombre trabajó con la cabeza descubierta y el delantal desabrochado. No obstante, el prisionero notó que al acercarse los guardianes se ponía rápidamente la capucha. Cuando se retiró de la sala, se despidió del hombre con una sonrisa de complicidad.
A partir de entonces el hombre no se cubrió más la cabeza durante las sesiones. Y aunque al principio el prisionero se alegró por esa especie de confianza, luego empezó a inquietarse. Tal vez signifique que van a matarme —se dijo—, y por eso no le interesa que pueda reconocerlo. Algo lo tranquilizó, sin embargo: cuando estaban los guardianes, el hombre no se dejaba ver con la cabeza descubierta; e incluso mientras trabajaba, ya sin la capucha, se volvía de tanto en tanto hacia la puerta y trataba de oír si venía alguien. Es evidente que lo hace por su cuenta y riesgo, pensó finalmente el prisionero. Para asegurarse le preguntó al hombre sobre ello. Una mueca de disgusto, en la que el bigote casi se une a una oreja, fue la respuesta que recibió. Pero a mitad de sesión el hombre parecía haber olvidado el incidente, porque le preguntó al prisionero: ¿Vio el partido, anoche? Aunque enseguida se corrigió: Ah, me había olvidado que ustedes no miran televisión. Luego hizo silencio y ya no volvió a hablar. Habló por varios días, pensó el prisionero y miró al hombre con curiosidad.
Más adelante las sesiones se redujeron a tres veces por semana. Los guardianes, en tanto, se redujeron de dos a uno; el joven de cabello rojo había sido dado de baja al cumplir el período de conscripción que le correspondía y no fue reemplazado. El prisionero, en realidad, no necesitaba ningún guardián. Y así parecieron entenderlo también las autoridades del lugar, ya que un buen día el prisionero oyó que alguien abría la puerta de su celda y luego se alejaba. Esperó un momento, pero no apareció nadie. El prisionero se sorprendió, pues era día de sesión. Un rato después, al ver que el guardián no venía en su busca, salió al corredor, que estaba vacío. Se quedó frente a la puerta, pensando. Al final se decidió; con pasos medidos, ni rápidos ni lentos, se dirigió a la sala. Entró resueltamente; allí estaba el hombre, aguardándolo. Desde ese día el trayecto de ida y de vuelta lo hizo solo. Al regresar a la celda, alguien cerraba la puerta y corría el cerrojo. El prisionero se echaba entonces en el camastro y sonreía, complacido.
También el hombre se mostraba satisfecho con el prisionero. A pedido de este no lo amordazaba más, de modo que si el dolor no era insoportable, podían dialogar sobre distintas cuestiones. A veces, antes de comenzar, el prisionero bromeaba con el hombre acerca de la condición de cada uno de ellos, y si aquel se hallaba de humor, tomaba una de las pinzas y lo amenazaba; el hombre primero sonreía y después simulaba sentir mucho miedo.
Una vez el hombre apareció con un ventilador pequeño. El prisionero preguntó y preguntó, pero debió esperar a que el hombre lo sujetara a la mesa para enterarse de qué se trataba. Atención de la casa, dijo el hombre al conectar el ventilador. El prisionero celebró la ocurrencia con un grito de aprobación: el olor a carne quemada era casi lo único a lo que no se había acostumbrado. Basta de narices arrugadas, agregó el hombre asociándose al festejo del prisionero.
De ese modo pasaron los días y las semanas. Ahora el prisionero sabía casi tanto como el hombre sobre la familia de este, y a través de ciertas anécdotas aprendió a tenerle aprecio. En ocasiones el hombre llevaba el cuaderno de su hija para que el prisionero corrigiera ciertos trabajos que la niña debía presentar en la escuela. En otras, era algún postre preparado por la mujer del hombre lo que recibía el prisionero. Más adelante este le pidió al hombre que llevara a la niña y a la esposa al centro de detención, para conocerlas. El hombre le explicó que tal cosa era imposible, que las ordenanzas al respecto eran muy estrictas, lo cual sirvió para abatir el ánimo del prisionero por unas cuantas jornadas.
Un día ocurrió algo notable. El prisionero aguardaba a que le abrieran la puerta para dirigirse a la sala; sin embargo, pasó el tiempo, llegó el mediodía y nadie apareció en la celda. El prisionero estaba cada vez más inquieto. De pronto oyó pasos. Se abalanzó a la puerta y trató de ver por la mirilla; era un guardián que le traía la comida. Le preguntó, excitado, por qué no habían venido a buscarlo en la mañana; pero el guardián no lo sabía. Decepcionado, el prisionero apenas probó la comida.
Casi al atardecer oyó nuevamente pasos. Esperó en el camastro. Dos guardianes que no conocía entraron en su celda. Uno de ellos llevaba un paquete en la mano; el otro le comunicó la noticia. El hombre había muerto la noche anterior; entre sus cosas se había encontrado un papel, en el que aparecían, escritos con su letra, ciertos deseos para ser cumplidos en caso de que le pasara algo. Uno de esos deseos era, justamente, el de dejarle al prisionero, en calidad de obsequio y recuerdo, el paquete que portaba su compañero; eso era todo lo que debían y podían decirle. El prisionero recibió el paquete en silencio. Los guardianes se marcharon dejando la puerta abierta.
El prisionero aguardó un momento; desgarró luego el papel del envoltorio y el obsequio quedó ante su vista. Era el maletín. Después de observarlo con una expresión indefinible, lo apoyó en un extremo del camastro, se sentó junto a él y lo abrió. La negra capucha (como de terciopelo) cubría el instrumental. El prisionero extrajo las pinzas y sus manos las recorrieron largamente. El borde niquelado de una de ellas le devolvió la imagen fragmentada de su rostro, y por un instante se imaginó con bigotes. Luego volvió a guardar todo y lo cubrió con la capucha. Entonces advirtió que la puerta de la celda estaba abierta. Salió al corredor; no había nadie. Regresó a la celda y tomó el maletín. Salió otra vez al pasillo y comenzó a caminar rumbo a la sala. En una mano llevaba el maletín, y gracias a lo seguro de sus pasos tranquilamente se lo hubiera tomado por alguien del personal.
La puerta de la sala se hallaba abierta. Entró con la sensación de ser observado. Dejó el maletín en la mesa y fue a sentarse un momento en el rincón penumbroso. Después retornó junto a la mesa, abrió el portafolio y extrajo la capucha y una de las pinzas. Tras conectarla la apoyó arriba de la mesa, juntamente con la capucha. Empezó a desvestirse. Una vez desnudo, se trepó a la mesa y sujetó sus pies con las correas. Antes de hacer lo mismo con la mano izquierda, se cubrió la boca con la mordaza; luego se colocó la capucha y empuñó el instrumento, que zumbaba imperceptiblemente. Cuando estuvo bien acostado, levantó la mano que empuñaba la pinza y, con lentitud, eligiendo el lugar preciso, la apoyó en el hombro.
De La bendición del presidente
METZENGERSTEIN, Buenos Aires, 2023