EL SUEÑO DE TIRESIAS

…Y entonces, recién despertado, le confiará
el Adivino al poeta aquello que soñó en su muerte.
THOMAS DE QUINCEY, Writings, III

Apenas presentada por el poeta la trayectoria de Tiresias en siete poemas breves, el célebre adivino tebano “despierta” de su sueño de milenios y corresponde a su inesperado visitante con diez meditaciones acerca de Dios, del infinito, de la muerte, del amor, de la mujer, de la religión, del futuro…

(Hijo de Everes y de la ninfa Cariclo, Tiresias aparece como el adivino más prominente de las sagas tebanas. Un día salió al desierto y fue atacado por unas serpientes que estaban apareándose. Tiresias mató a la hembra y se convirtió en mujer. A los siete años se repitió el incidente, mató al macho y recuperó su condición masculina. Pudo así intervenir en una reyerta entre Zeus y su esposa Hera acerca del placer y dictaminar que la mujer disfruta nueve veces más que el hombre, lo cual enfureció a la diosa, quien lo cegó. Zeus, en cambio, lo recompensó con el don de la profecía, el arte de la ornitomancia y una vida extensa. Otra versión atribuye su ceguera al castigo de Atenea por haberla visto desnuda.

Tiresias predijo el destino de Edipo, la muerte de los Siete contra Tebas, y cuando esta ciudad fue atacada por los Epígonos (hijos de los Siete), les aconsejó a sus habitantes que la abandonaran. Él también huyó y al beber el agua de la fuente Tilfusa enfermó de fiebres y murió.)


Agregado para esta página web a propósito del texto (y del tema) que se reproduce: Quizá las elegías se entonen para algo que no está enclavado en la realidad sino en la reidealidad. De ser así, bendito sea entonces el motivo que propicia tales adosamientos.

IV

Mediodía… Inexistente el dibujo de

cualquier sombra. ¡Sombras: he aquí

la hora en que sin grietas la unión,

adquirís de cada cosa vuestra conciencia!

Tan hormiga como la hormiga

es en este instante su sombra…

Hormigas… hormiga… el polvo que

me enlaza explora tu voluntad; ella inscribe

la gesta de tu especie sobre este yacer al que

asisten los fastos de la premura:

decir debo mi hecho, y acrecerlo

como con labios de vejez…

Sonrío: ser paciente es serlo todo.

Con paciencia accede ineludible

la langosta a su verde,

alcanza con paciencia el niño

la promesa hecha a todo hombre.

Paciencia y un mismo latido

dilatan el umbral del nacimiento;

un año junta en su ojo la serpiente

hasta asignarle a la felicidad

su ataque y la presa…

Siete años de mujer soñaron

en mis flancos satélites

su secreto mediodía…

Paciente traspuso el espectro

su esencia al vaso abandonado

de masculinidad, paciente se posó,

dueño de los instantes sumados,

con el goteo afanoso que

custodia lo que antes se levantó

y lo que habrá siempre de

levantarse, la forma (nuestra forma)

que orgullosamente la nada

yergue ante los ojos de la Nada…

Me inclino: ser mujer es serlo todo.

Insegura la heredad y deshechos

los pergaminos de la imploración,

apoya siempre sus espaldas

el desconcierto en la que

se tiende de extremo en extremo,

en una mano el relieve rústico

de los comienzos que anonadan,

en la otra la aldaba de una puerta

que será, en el futuro más afanoso,

abierta si conforme está ella…

Vasta es la piedad suya y nutricia;

indulgencias para su futuro desmán

halla el hombre en el seno feraz,

en la primera leche magnánima

cuyo dulzor es ya un perdón.

Y ser hombre… ¿no es en verdad

ser de algún modo, antes, mujer?…

Porque recogidas y en insensible intimidad,

como los frutos en montón

de unas cosechas espaciadas,

están las múltiples faces de la

masculina fuente en el odre donde resguarda

su economía grandiosa la mujer.

Cada fortaleza, cada habilidad,

cada acción de orgullo, cada destreza

de gloria, de allí nos viene,

y la ventura más tarde de todo ello

no es sino remedo: en la mujer quedan,

suspendidos como unos auxilios subalternos

a los que el desdén no invocará,

todos esos ímpetus con que pisamos

el mundo y que antes de abandonarla,

a ella, a la que sabe y distribuye,

reciben aun de su mano

la palmada complaciente…

La mujer es el preludio que le da su esplendor

al galopante concierto.

Y sólo en el mapa de su fracción

la nota se conserva pura…  

V

Hojas en la caravana de la obrera

golpean el estorbo de las estrías

en la senda… Estriada es toda la tierra

a mis pies, ninguna losa donde untar

el púrpura de los soles declinantes…

¿Y estriado es, oh poeta, el placer del compañero,

según dijiste antes en el listado de mi aventura?…

Ah, visitante… no a sabiendas

acrecen esas tus palabras la demolición

de una justicia: el abundante

acogimiento de la leyenda te ciega.

¿Estriado, el placer que recobra

para tu alma el bien, cuando

extenuados parecen los júbilos

que congenian con tus días, la clemencia

que mantiene tus duelos a raya?…

¡Cómo es de superficial el sorbo

cuando la sed no está cercana! —sorbo

para difamar los fondos alcanzados

de la saciedad…

Escucha: joven era yo entonces

para llegar hasta la duración

de la palabra. Recubierta fue

mi experiencia con el tornasol

siempre acudido del más o menos;

y de la diosa la ira se colocó

entonces al instante en la

grávida soledad del arbitrio.

¡Ah, juventud… oscilante pulpa a la

que todavía ninguna cáscara

afirmó en su identidad! ¡Vacío que

no titubea en adelantarse!…

Porque esto quise yo decir:

que atolondrada es la disipación

del macho e incapaz su corazón

de retener las ternezas de la

prueba que repone para su

mano los climas del cielo.

Grosero es el tumulto donde

él mancilla el pulso que

unirlo quiere a la estela

viva de luz, a la huella

que busca remontarse hasta

los nichos donde lo adverso

se quema…

¡Un fuego sin crédito ante

la brisa del contiguo momento

es todo su crédito!

Esto quise explicar, y que en

oposición proyecta la mujer

su conjuro gentil: hendido

está siempre el raso de su ser

para ofrecerle duración y promesa

al breve paso con que tomamos

un instante el aire de lo infinito.

Repone ella como con manos

rebosantes de especias el latir

aromado y cálido que en su

primer momento respira lo nacido;

alza los ojos en el abrazo

y dueña es de la subsistencia

que le presenta al mundo el

contrato de unos niveles nunca

declinantes: extendido será el

milagro y balanceado entre bordes

de lo mejor el derrotero. Porque

abrazo es sólo el abrazo de la

mujer. Y besos son sus besos:

el punto en cenit de luz de un

más allá domesticado por el

arcano alfabeto de la lengua

enamorada…

Y atiende: sólo es amor el amor de la

mujer. Callado, porque callada

es siempre de la mujer su hecatombe.

Al silencio abandona la niña su

primera sangre púber, y tardía de

quejas, insonora en verdad es

la masculina hora acordada a las

vírgenes. Tambores de agua

(tambores de bronce representarían la

misma hora si hombre fuera el factor)

quedos redoblan junto al escamel de la

comadrona, como divisa justa

para el temple de esa terrible hora,

y coloración para su tez halla el esposo

en la sonrisa donde la nueva madre acuesta

a su niño… Fortaleza y saber:

red con que apresa la mujer al mundo.

Y convenida está siempre (convenida

en campañas de hombre) la preeminencia

de su entrada en el pesar: brasa que

sostener debe hasta consumirla

en sueño y honor…

Eso quise yo decir. Eso y esto, por fin:

que de mujer es la perfecta, neta penetración

en los espacios donde el estío

del misterio ofrece su alianza

al traficado anhelo humano.

Y solamente ella regresa siempre de allí

con la ofrenda de la abundancia.

Mujer: como decir: lo que más tiene.

Mujer: como decir: lo que más siente.

De El sueño de Tiresias
METZENGERSTEIN, 2001, 2014