En los tableros del dinosaurio

A Isabel Jánosi

Quizá no esté mal recordar, en esas como pausas de duelo

en que nos hundimos cuando un acontecer desintegra el amparo

de alguna de las concordancias tipo Platón-Bach-Shakespeare

y el mundo se nos aparece como una guerra junto a la ventana,

o cuando ante tal o cual ronda de zoológica crueldad el grito

de nuestra interrogadora mirada girante acaba, como siempre,

extinguiéndose en los ojos de plomo de la realidad convivida,

quizá no esté mal recordar que nadie nunca borroneó, en el silencio

de tiempo que hendió la historia tras los zumbidos del asteroide,

las líneas bien precisas de esos ubicuos tableros diseñados para contener

y regular los juegos de supervivencia de la criatura (unos juegos,

quién lo ignora, que horadaban las cortezas y ofrecían luego

la sanguinolencia de las frentes al aire secador de los aleteos en desbande).

Recordar que nadie nunca derogó los reglamentos regidores de tales lidias

ni alivió aquel como peso de ley que había ido hundiéndose cada vez más

en las rectas bifurcaciones inmisericordes que fijaban, tras siempre arrancar

desde unas aperturas repetidas, recias raíces de muerte en el retemblar

de los suelos cuadriculados. Que nadie tampoco pronunció, o apuntó,

alguna señal de mudanza como mano mecedora para la futura cuna humana,

que apenas consciente instaló después su deambular y su construir,

sus abrazos generadores y la configuración de su hogar y de su templo

y de su escuela y de la entidad bancaria y de la torre sin pausas y de la nave

 que esquiva esta hurgadora constancia de acero y cristal, instaló también

el pergamino con su admonitoria letra de mansedumbre y virtud, y la talla

 sacra con sus fugas de compasión en la mirada, instaló todo ello en la senda

y en el orden donde la vida se devoraba en ecos sin piedad y como bajo

el peso de unos cielos a cuyos coágulos de color, ahítos de distracción,

el refulgir agonizante de las pupilas le prestaba una decoración

de figuradas estrellas…

Recordar esto, distinguir el aciago fundamento de nuestro acaecer,

ese imperecedero peso de pasado que petulante rompe la frágil

capa de hielo de nuestras fechas para, maelström aplanado, atraernos

a sus bullidores espacios siempre en fermento, donde, camuflados

de lenguaje y protocolo, el obnubilado Bien reparte cheques con fondos

imaginarios y el Mal respira abierto el olor de su viejo hogar; donde

se restauran ciertos baldosones de los viejos casilleros engastando,

en concordancias que rehacen, nombres del tipo Gulag-Auschwitz-Camboya;

donde los azules meridianos acuosos y la savia de los ramajes y de las hierbas

devienen en hiel por el tiempo sin tiempo del matar, matar, matar,

trillada percusión con que se construye una ilusión de polifonía

el deglutir siempre en su hora — esa aspiración vital que se devora

a sí misma hasta convertirse en una errante bola de nada…

Sí; en esas como pausas de duelo en que nos hundimos a veces, quizá no esté

mal recordar un poco; trasponer, como los muertos, cualquier apariencia.

Percatarse de dónde se está, otear los cuadrados moldes del campamento natal,

eso es, en tales momentos, de algún modo, ampliar la distancia de respiración

para que el corazón hasta allí atónito pueda orientarse y dar luego su paso más cierto.

De En los tableros del dinosaurio – Poemas (Septiembre – Noviembre 2021)

Inédito