La profecía la hará Merlín
(A propósito de cierta pandemia)
Bastarían, tal vez, esos cien mil años de hombres malditos
escritos en piel abusada de animal, ese texto que insiste,
inalterable, en depositar en nuestro día las tupidas líneas
de sus títulos: siempre somos reyes devotos en el mediodía
de las matanzas (Mirad, estoy en mi culto: matar es la oración
y eucaristía devorar la presa); siempre somos pontífices
en el atar cinturas de bosque para la hoguera y el hacha;
siempre somos alquimistas de leyenda en el acumular
pestilencias de humo en las zanjas de nubes y en el arrojar
plomos fracasados a esos mares donde antaño solía llamar
la sirena…
Bastaría acaso con releer esto para entender con todo juicio
que los escalones de infracción eran ya suficientes
como para que una tragedia culminante bajara por ellos.
Aun así, no es ella, sin embargo, la que surgió de esas migajas
como caídas de una mesa de peste que se esparcieron
tiempo atrás en la aldehuela oriental con su alcalde bribón.
No es ella ni recurrirá, seguramente, al mudarse a nuestro suelo
y tal lo que haría una colega de menor rango, a los auxilios
de un rufián de aquellos, de alguien que con impasible mueca
borra a diario la frase de ética y empuja la escalera
con la que el infeliz procura llegar a las ventanas de la justicia,
de alguien diestro en mantener empañados los vidrios
de los cubículos donde, con atuendo de fantasma, su siervo-sabio
inserta el calculado germen en el pellejo siempre infantil
y siempre ofrecido del animal, buscando constituir alguna novedad
de muerte capaz de llegar, solapada en salpicaduras de voz,
hasta tal o cual umbral antagónico.
Su refinamiento avisado esconderá, por el contrario, en su caballo
de madera corpulentos con sobrenombres de titán y huesos tirantes
de obediencia, y su arte de matar (en el que se abrazarán nuestra
inspiración y nuestra mano) tendrá desarrollos y pinceladas
que parecerán algo mucho tiempo ensayado…
Por eso es desatino proclamar ahora cuánto dolor hay en la estampa
y aun medir la pesadumbre acumulada en las terrazas del mundo;
gritar que a tierra de invierno sabe el tiempo y no sabemos por qué
la luz de este tiempo empieza a volverse desconocida y el miedo,
como siempre, nos refugia en respiros de letargo
o en necios regresos de risa.
Es desatino y es precipitación. Porque si bien en los espejos
aparece hoy nuestra silueta caída de los asientos, no se trata
de quien, tras desmoronarse bajo una arcilla chorreante que seca
después el sol, queda atrapado en una obturada alfarería de avispa.
Nos incorporaremos, sacudiremos como cowboys el polvo
adherido a nuestro traje, apartaremos otra vez la vista
de aquellos deplorables titulares de la fama que nos concierne y,
satisfechos como una lluvia que se duerme en su ruido de lluvia,
regresaremos a los galpones donde los telares de la vigilia
y el sueño tejen el paño embotado de nuestras vidas.
Entonces ahí sí, un día… Pero no: esta profecía, como solía decirse,
la hará Merlín.