Edgar Brau

PEQUEÑO DIARIO AMERICANO

(Octubre – Noviembre 2000)

(Fragmentos)

Buenos Aires,  16 de octubre de 2000

Soñaba que el avión que debía tomar estaba ya carreteando pero con sus puertas abiertas, pues faltaba que yo mismo me embarcara en él. Yo llegaba y de inmediato comenzaba a explicar las razones de mi retraso, aunque nadie allí me atendía; las azafatas se limitaban a sonreírme y a indicarme la puerta de acceso. Entonces, antes de introducirme en el avión yo les avisaba con un grito que algo extraordinario acababa de suceder: un faisán de larga cola y colores espléndidos se había posado en la proa del avión, acompañado por seis o siete crías igualmente maravillosas. Algunos tripulantes y pasajeros se asomaban entonces por las puertas y comentaban la aparición con  murmullos de asombro. Luego, por fin, yo entraba en el aparato, las puertas se cerraban y desde mi ubicación podía enseguida ver cómo el faisán y sus crías volaban junto al avión, que ya había partido. Cuando la nave logró una altura considerable, las aves aumentaron la velocidad hasta perderse de vista en el cielo. Entonces, con fastidio pero al mismo tiempo con una alegría elemental, temblorosa, supe que debía despertarme.

A las cinco de la tarde hacia Ezeiza, con Erzsébet. Tras despachar el equipaje, nos sentamos a esperar el momento de la partida en un café. Luego la despedida ante la puerta de embarque — ese momento del que resulta una especie de impotencia, pues quisiéramos ver a todos quienes nos acompañan embarcarse con nosotros.

Al iniciar la nave el carreteo comienza a llover con una cierta violencia; pero parece solamente una broma esa agua y esas nubes: sin que se sepa muy bien cómo sucede, después de un tiempo que no dura más que un  instante ya tiene uno frente a sí la combada inmensidad del cielo, en este caso un cielo estrellado. Y de inmediato, además, el sentimiento de estar como entre el plumaje de un ave gigantesca, de habernos convertido un poco en el personaje de Selma Lagerlöf, ese Nils Holgersson al que unos gansos transportaron en sus lomos.

Saint Helena, 17 de octubre de 2000

Apenas si pude dormir algo durante la noche, en el avión; un horizonte de nubes y de relámpagos me obligaba, absurdamente, a estar alerta. Al pasar por sobre las Bahamas, el cielo (el suelo, habría que decir) se había despejado y me fue posible observar los contornos de las islas dibujados por las luces — y sentir algo así como envidia por quienes podían en ese momento pisar allá abajo tierra firme.

Arribamos a Miami poco antes de que amaneciera; un esplendor luminoso se extendía debajo del avión, que parecía en esos instantes descender de modo vertical, como una nave interplanetaria. Allí debí recoger el equipaje, pasar por el puesto de inmigración, por la aduana y luego despacharlo nuevamente hacia San Francisco.

Luego de aguardar casi dos horas, que la charla con una mujer que se dirigía por negocios a la China acortó un poco, el embarque en el otro avión. Al despegar era ya de día; la nave bordeó por unos momentos la costa, que aparecía cubierta de una niebla semejante a un sembradío de algodón, y luego enfiló hacia el oeste.

A media mañana, la llegada al aeropuerto de San Francisco. Fui recibido por Donald y por Sarah, quienes luego de un capuccino en el bar del aeropuerto me llevaron en coche hasta uno de los extremos del Golden Gate, donde bajamos un momento para disfrutar de la vista que desde ahí se tiene de la bahía. En la rotonda algunas personas ofrecían en unos puestos improvisados recuerdos del lugar; pero los visitantes apenas si se molestaban en echarles un vistazo rápido, fascinados como se hallaban con el panorama que se extendía frente a ellos. Era un mediodía de sol, típico del Indian Summer que ocurre por estas fechas; unos días que vienen a introducir su luz y su calor en el otoño ya avanzado. El mar se hamacaba con pereza, como bajo el peso amable de los listados en distintos tonos de azul que lo rayaban y sobre los que la silueta blanco tiza de Alcatraz no parecía más que un decorado que habría de ser recogido al atardecer. Allí nos despedimos de Sarah y yo emprendí con Donald el camino hacia Saint Helena, en Napa Valley, donde él y Joanne viven.

En un punto del camino Donald tomó un desvío para hacerme conocer una de las bodegas más importantes de la región —Viansa, Winery and Italian Marketplace—. Cerca de la casa, de estilo italiano y color sepia, con su bandera norteamericana flameando en lo alto, se extienden con un suave declive los viñedos que proveen de uvas a esa bodega; en las parras, numerosos racimos que no habían sido recogidos invitaban a los tordos y a otros pájaros a darse un festín. Debajo de una enramada en cuya cabecera aparecía una fuente con un gran surtidor, unos veinte o treinta turistas daban cuenta de algunos de los fiambres italianos que se venden allí y que según los comentarios y los gestos resultaban de lo más apropiado para acompañar los vinos de esa casa — pues en estos sitios el vino es el señor; él no acompaña, sino que todo debe acompañarlo a él.

 Finalmente Saint Helena, ese famoso 555 Cañon Park Dr. con el que tanta correspondencia he intercambiado. Una amplia y cómoda casa edificada en el inicio de una colina cubierta de árboles. Profusión de bibliotecas en los distintos ambientes y de ventanales con vista al bosque que circunda la propiedad. Junto al living, las ardillas bajan en pos de sus bellotas y algún pájaro está siempre cruzando alguna ventana. El reencuentro con Joanne, un poco más tarde, pues ella tenía cita con el médico. Cálida y gentil como de costumbre, ya había percibido yo su mano en la atmósfera tan acogedora que me aguardaba en la habitación que me había preparado. Después soy presentado a Polly y a Bonnie Bell, las perras de la casa, una golden retriever y una pastora escocesa enana, a las que de inmediato me aficiono. Polly ha sido entrenada para colaborar con una organización que creó Joanne junto con otras personas para ayudar a ancianos y a gente impedida; Bonnie tiene en cambio una historia más triste: fue comprada cuando era una cachorra por una nuera de Donald a un vagabundo que al parecer había robado el animal a alguien; acaso por ello, cuando se enfrenta con desconocidos la expresión de la perra es de desconfianza.

Luego de caminar un poco por el jardín para estirar las piernas y conocer también el vecindario más inmediato, la cena, que aun cuando parezca tempranera, la diferencia de horario con Buenos Aires (cuatro horas menos) la convierte en realidad en una cena atrasada.

Como a las nueve, la retirada a mi cuarto. Sensación entonces, al apagar la luz y volverme hacia la ventana, donde se encuadraba un escalonamiento de árboles y de plantas, de entregarme con toda confianza a los brazos de una potencia vegetal  primigenia. La casa  parecía  no existir  ya; el árbol único en que convierte al bosque la noche comenzaba a abrir su sombra más secreta como para que se radicara en ella la simiente de un dormir regio.

    San Francisco, 18 de octubre de 2000

 A las once de la mañana partida hacia San Francisco, para asistir al congreso de la American Literary Translators Association. Una pausa, antes de abandonar los límites de Saint Helena, para desayunar informalmente en Dean & Deluca, una especie de pequeño mercado de artículos finos que se halla en una de las calles principales del pueblo. Café con leche y unos croissants gigantescos que compartimos con las perras y con los tordos, que parecen estar por todas partes. (La vista de esas aves, lo reluciente de su plumaje y particularmente la actitud de confianza que exhiben todo el tiempo, me transmitieron un sentimiento de sosiego; ninguna de ellas se encuentra al parecer amenazada por algún peligro inminente ((un peligro humano, o, para mejor decir, humanoide)), como sí se me ocurre que están, por ejemplo, todas las aves en Buenos Aires. Son los hermosos pájaros de la infancia a los que nada malo les sucederá — invulnerables como los habitantes de un libro de estampas.)

Desde allí nos trasladamos hasta la casa de un conocido de la familia para dejar a las perras. Tristeza de los amos que la fama de la buena mano de ese hombre para tratar a los animales debilita luego un poco.

Al aproximarnos más tarde a San Francisco, se nos aparece un panorama con las trazas de una composición pictórica: jirones de niebla dejándose traspasar por las romas cimas de los promontorios erguidos como horquillas; nubes sujetadas por los espejos quemados del mar; y entrevisto como el despojo fósil de algún monstruo imposible de soñar, el coralino puente y su apartada altura honrando por siempre el tránsito del barco y de la ondina — un puente que parece aguardar a algún futuro cortejo fabuloso; el paso de autos y de personas es solamente un ensayo.

Al llegar a la ciudad nos alojamos en el King George Hotel, un establecimiento de estilo inglés ubicado en Union Square. Luego de desempacar, unas vueltas por los alrededores. Incitados por Donald, entramos después en un local de Faos, la cadena de jugueterías más grande del país, cuya vereda era recorrida por un hombre vestido con un uniforme de soldado de juguete; para atraer a los clientes golpeaba un pequeño tambor. La concurrencia estaba en su mayor parte formada por adultos — para quienes seguramente la compra de un juguete destinado a un niño era nada más que el pretexto de su visita allí. Tras recorrer los cinco pisos de que consta la juguetería, compré para mi madre (que siente mucha simpatía por esos… congéneres humanos, sí), en el sector de animales de trapo, un mono cuya expresión de “el mono más listo de la selva” me conquistó de inmediato.

Cuando regresamos al hotel se nos agregó Dale Carter, director del Departamento de Español de la Universidad de Los Ángeles, un conocedor de la literatura argentina; ha escrito, entre otras cosas, algunos ensayos sobre Cortázar y sobre Anderson Imbert. Él será el moderador en el panel de Joanne durante la primera jornada de la A.L.T.A.

Al anochecer, nos dirigimos los cuatro al hotel Holiday Inn (está ubicado frente a una de las esquinas donde comienza el Barrio Chino) para echarle un vistazo al sitio en el que se desarrollarán las conferencias. No sé cuánto brillo habrán de presentar después los expositores, pero el nombre de los salones parece anticipar ya unas buenas jornadas: Jade Room y Pearl Room.

La cena, luego, en un restaurante italiano de bastante categoría pero con una concurrencia demasiado ruidosa; esa alegría que no está muy bien separada de la histeria y que viene siempre a ocultar el temor de estar solo — risotadas semejantes a las que podrían arrancarle las pesadillas a un Crusoe en su isla solitaria. Pero lo delicioso de la comida atenúa de inmediato cualquier principio de mal humor.

Antes de dormir, charla con Carter acerca de literatura y de sus funciones en la universidad. Piensa retirarse pronto, de ahí quizá esa falta de entusiasmo que se advierte en sus comentarios sobre los escritores y sobre la literatura en general. Un poco asombrado por la escasa estima que me produce la literatura hispanoamericana (en la que, entre otras cosas, falta pensamiento y sobran monos, colibríes y chocolate, según le digo), me pide una opinión sobre Cortázar. Por las dudas, para no ofenderlo, ya que es evidente que él aprecia la obra del autor argentino, y un poco al modo de una curiosidad, le comento que de todos los estudiantes americanos que conocí en la Argentina, quienes preferían a ese autor eran aquellos que presentaban un nivel de español más elemental — algo, por supuesto, como le aclaro enseguida, que bien podía deberse a una mera coincidencia, como dice la frase. Esto (y los hechos fortuitos típicos de un hotel) lo distraen lo suficiente como para librarme de tener que dar más explicaciones, de tener que explicarme, como decían antes. 

El profesor de literatura que no es también un creador de ficciones: una ventaja a la vez que un riesgo; lo meramente académico se herrumbra siempre con más facilidad. Aun así, es esta una disyuntiva que tal vez solo pueda resolver el mayor o menor genio de los estudiantes. (“Y que el público tenga genio”: frase con que un dramaturgo francés solía dirigirse a tal o cual director para desearle un buen estreno.)

San Francisco, 19 de octubre de 2000  

Por la mañana al Holiday Inn para la primera sesión de la A.L.T.A. Desayuno en el salón de la planta baja, donde deambulaban unas cien personas, todas integrantes de la Asociación, a juzgar por las tarjetas que portaban. Muy pocos se conocían allí, y como se trataba de un desayuno informal, uno se guiaba de alguna manera por una suerte de afinidad secreta para elegir a sus compañeros de mesa. Sin pensarlo me encontré así muy pronto ubicado junto a quienes compartirían con Joanne la mesa de conferencias: el famoso traductor Peter Bush, de Inglaterra, un hombre alto y corpulento, de andar oscilante y rostro wildeano (“Uno de esos rostros típicamente ingleses que, vistos una vez, nunca más se recuerdan”), que parece pasear su gloria con una cierta incomodidad, y Nelson Rojas, un profesor chileno de la Universidad de Nevada en Reno, cuya calidez y simpatía, unidas a unos modos suaves y a una risa muy recurrente y muy contagiosa, logran enseguida que sus acompañantes se sientan a sus anchas y “rindan lo mejor de sí”. Charlamos en un aparte acerca de algunos autores chilenos. Encuentra excesiva la importancia que se le da en algunos ambientes de EE.UU. a la obra de Nicanor Parra; concordamos en que se trata de un poeta menor al que la astucia mercantilista de darle un nombre de movimiento a su poesía (o de permitir tal cosa) le asegura la atención de los snobs y también la atención estadística de los diccionarios de literatura — algo así como lo que ocurre, entre otros, con aquel charlatán italiano de antaño, Marinetti, y su Futurismo (André Gide y Paul Claudelretrataron muy adecuadamente la insignificancia de este personaje). A falta de talento, pues, se recomienda la creación de una escuela.

Durante la sesión (“Translation as Rhetorical Process: Integrating Translation into the English Curriculum” era el tema), Dale Carter expuso acerca de las razones éticas y económicas que llevan a realizar una traducción como parte del currículum. Peter Bush habló por su parte de la ética de la traducción en el contexto de la globalización; sus consideraciones, demasiado insustanciales para mi gusto, fueron recibidas con ese tipo de aprobación previa que se procura casi siempre la fama. El profesor Rojas presentó después sus comentarios a dos traducciones (al inglés y al español) de poemas de Cavafy; y para una mejor comprensión repartió entre los asistentes unas hojas donde figuraban esos textos. Por último, Joanne Yates: “Adding to and Taking away” (The “truth” and consequences of translation from Aristotle’s rhetorical view of language) fue el tema elegido. La exposición más intelectual del panel, que por lo mismo, por el uso de un lenguaje más “técnico”, no logré seguir en todo su desarrollo. Aun así me pareció que se trataba de algo a lo que se le debía dedicar más tiempo.

Para el almuerzo (qué palabra más fea; propiamente parece identificar un eventual plato chino: Escuerzo en salmuera) a John’s Grill, un restaurante cuya barra ya visitamos ayer en la tarde para unos martinis, y que es también un museo dedicado a celebrar el recuerdo de Dashiell Hammet, cliente habitual del lugar durante sus tiempos de más fama como escritor. En el primer piso aparecen fotografías de las distintas películas basadas en sus obras, y la silueta del Halcón Maltés figura además, como logotipo, en las servilletas y en los manteles. Por suerte en el lugar se conserva todavía algo de esa atmósfera que uno supone debió de tener en aquellos años — y para completarla acaso solo faltaría que los hombres llevasen sombreros y que las mujeres alargaran un poco sus faldas.

Al anochecer, de nuevo al Holiday Inn para participar de la cena de recepción. Joanne nos ha abandonado en la tarde, pues debía regresar a Saint Helena; Dale Carter hizo lo propio con rumbo a Los Ángeles. En el hotel se nos agregó Sarah, que debido a su experiencia tuvo el encargo de elegirme los platillos más confiables de la mesa donde se acumulaban toda clase de exquisiteces chinas. Nos instalamos con Donald, Nelson y otros conocidos en una mesa redonda ubicada frente al estrado desde donde pronto se dio la señal para que comenzara la celebración. Irrumpió entonces una compañía de bailarines y músicos chinos portando varios enormes dragones para ejecutar entre las mesas, al ritmo de unos platillos y de unos tambores verdaderamente infernales, toda una complicada coreografía. Cuando ese animoso cortejo se alejó por el fondo del salón, empezaron las presentaciones de los invitados extranjeros. Todavía un poco aturdido, apenas si entendí que se me nombraba; pero ya Donald y Sarah estaban indicándome con un gesto que debía ponerme de pie. Cuando las presentaciones concluyeron, se arrimaron a nuestra mesa algunas personas para entregarme sus tarjetas y para consultarme un poco acerca de la Argentina. Charla con Birgitta Vance, de la Universidad de Michigan, cuya elegancia audaz nadie podía dejar de examinar ni tampoco de aprobarla luego (el lema “No rendirse jamás” podría convenirle perfectamente a su escudo), y con Suzanne Jill Levine, de la Universidad de California en Santa Barbara, quien con Rabassa y el propio Donald conforma el trío de traductores de español más famoso de EE.UU.; acaba de publicar un libro sobre Manuel Puig y me consulta sobre dos traductores argentinos que aparecen como candidatos para trasladar esa obra al español.

En el ínterin se fueron agregando a nuestro alrededor varios profesores y traductores, y cuando la mesa terminó por constituirse en algo así como una gran mesa de bar donde se conversa sobre cuestiones literarias, alguien me preguntó qué pensaba de Borges, de su obra. Se hizo un silencio y yo respondí que era el único autor argentino contemporáneo que me gustaba leer y releer; y que ello ocurría no por el contenido de su obra sino por la forma, por la retórica que utilizaba. El tema, el asunto de cualquiera de sus historias —agregué para que todo quedara más claro y sin dejar también de resaltar que no era la imaginación el atributo más destacado del autor de Ficciones— relatado por un escritor argentino típico, es decir por cualquier escritor argentino, resultaría en una historia más, en un cuento de tantos, en algún caso bueno o hasta muy bueno, pero que no se apartaría mucho de lo conocido hasta ahí. Relatado por Borges, cincelado por Borges con golpes de adjetivos, de hipálages, de contrastes (una edición de Las mil y una noches de Weil en un almacén de campo, por ejemplo), con detalles rebosantes de asociaciones, el resultado seguramente (y este adverbio, que pronuncié con lentitud, fue festejado) sería muy distinto. Por eso —dije para terminar, mientras los semblantes se animaban con aprobación en algunos casos y en otros estimulados por la posibilidad de un debate inminente— por eso Borges me parecía un Fabergé de la literatura. El silencio continuó todavía unos segundos y después comenzaron las reacciones. Curiosamente, el ánimo general era de concordancia. Se dieron tales o cuales ejemplos, se habló de que mi opinión acerca de relatar una trama borgesiana a la manera de cada cual daba pie para un ensayo con los alumnos (“Y con los profesores”, añadí y todos sonrieron), y al final se llegó, con algo de humor e ironía, a la conclusión de que esa condición “fabergiana” constituía, a la vez que un cielo para el autor argentino, también un infierno, puesto que no solamente no existían ya zares para quienes cincelar primorosos huevos de Pascua, sino que la cantidad de aquellos que podían tener algún interés en contactarse con esas obras decrecía cada vez más. Tras un asentimiento pensativo de los participantes, la charla se fue encauzando hacia cuestiones académicas, cuestiones relacionadas con presupuestos y otros detalles por el estilo — y dejo sin asentar aquí las múltiples, interesantes y sorprendidas reacciones surgidas cuando algo dicho al pasar por uno de los presentes me llevó a comentar que El Aleph es casi una copia del cuento El ramito de romero de Eduarda Mansilla (obra publicada en Buenos Aires en la década de 1880), y que Borges debería haber incluido en su relato, como aclaración, que lo que hizo fue recrear la obra de Mansilla.

Luego Donald propuso visitar el Embarcadero, que terminaba de ser habilitado al público después de algunas refacciones, pero nuestro grupo, compuesto por Sarah, Nelson y yo, debió afrontar algunos inconvenientes (de estacionamiento, por caso) y no pudo entonces encontrarse con el grupo de él, de manera que terminamos la noche en un pub irlandés con un muy buen surtido de cervezas internacionales y una concurrencia muy vivaz — una vivacidad que en el sector que ocupábamos nosotros se fue concentrando en las miradas masculinas, a las que la magnífica figura y el muy bello rostro de Sarah parecían orientar, por así decir, señalarles un punto único de visión.

San Francisco, 20 de octubre de 2000

Por la mañana nuestra participación en el salón Jade. Se trataba de una sesión especial dedicada al español de la Argentina. Tras una introducción del moderador acerca de mi trayectoria, leí mi cuento El calendario. Luego Donald leyó, con mucho dominio de las circunstancias, su traducción del mismo relato; al concluir con su lectura exhibió el manuscrito de esa obra (al que acompaña una desmañada ilustración en colores que alguna vez me atreví a dibujar), que le regalé hace unos años, y enseguida además un calendario de los años cincuenta con una mujer rubia y desnuda, semejante al que aparece en el relato, que le fue también enviado desde Buenos Aires.

A continuación, Joan Lindgren habló sobre el poeta Miguel A. Bustos, y Mary Crow, de la Universidad de Colorado, leyó algunas de sus traducciones de poemas de Alfonsina Storni. En el final, el escritor Robert Mezey recitó en inglés y de modo magnífico algunos poemas de Borges, que forman parte de la traducción de la poesía completa del escritor argentino que él realizó con la colaboración de Dick Barnes, ya fallecido. Según Donald, esa traducción es de un gran mérito, pese a lo cual nunca será publicada; no sé qué interdicción de tipo comercial interpuesta por la viuda semijaponesa de Borges lo impide — las viudas (y los viudos, que los hay, y en la mayoría de los casos sin ninguna connotación sexual) de los hombres famosos: esas arpías, esos vampiros que, entre otros vandalismos, intentan también ofrecerle al mundo esta sangre falsa: hacerle creer que el suyo fue el último gran hombre de la historia.

Cuando el coordinador dio por terminada la sesión, se acercaron varias personas para comunicarme la buena impresión que les había causado nuestra lectura. Allí estaban, entre otros, Birgitta Vance, Sergio Waisman (sus padres emigraron de la Argentina cuando él tenía diez años), Jill Levine (comentamos la nota que en el New York Times le dedicó Vargas Llosa a su libro sobre Manuel Puig, que podría resumirse así: en cuanto autor, Puig no tiene la importancia suficiente como para que se le dedique una obra semejante — quizá, le dije a Levine, le falte a Puig la condición de mercader que tanto colabora en la condición de importante que el autor peruano seguramente se adjudica a sí mismo) y la doctora Andrea Labinger, de la Universidad de La Verne, en Los Angeles, una mujer con una voz y unos modos muy femeninos, discípula de Anderson Imbert en Harvard y traductora de un par de autores argentinos.

Para el almuerzo nuevamente a John’s Grill, que se ha convertido en uno de mis sitios preferidos en la ciudad. Donald, Mezey, Jill Levine, Nelson, Sarah, Sergio Waizman, un par de hombres desconocidos para mí y yo mismo formamos una mesa bastante animada. Un momento después ingresa en el restaurante una mujer sola, muy bella y absolutamente distinguida; la conducen a una mesa ubicada en un rincón, frente a la que ocupamos nosotros, de modo que la tengo entonces ante mi vista. Es rubia, de unos cuarenta años, muy blanca y con maneras tan cuidadas que resulta una voluptuosidad de ello; con alguien así sería de lo más fácil experimentar en uno la masculinidad más extrema. Una belleza, por lo demás, que no hubiera desentonado como compañera de Bogart en algunas de sus películas. Para mi sorpresa empieza a responder a las miradas que yo le envío; a veces inclusive soy yo el que aparta primero la vista. Comienzo a entusiasmarme, aunque con límites; no estoy solo y el inglés que acaso necesitaría para una ocasión así no es precisamente mi inglés. (Hablar fue siempre mi recurso favorito en estos trances, entendido también en ello el buen silencio.) Cuando un rato después le sirven a ella la entrada, nosotros terminamos nuestra comida y la mesa se levanta; algunos salen a la calle y otros nos dirigimos al primer piso para ver un poco el museo dedicado a Hammet. Pero el recuerdo de esa mujer sola, allá en su mesa, no me da tregua. Sé que hoy es un imposible, pero así y todo algo tengo que hacer. Bajo entonces, me dirijo hasta su mesa y le digo con un tono muy intencionado: “Excuse me, madam. I don’t speak English; otherwise… Thank you”, y retrocedo los ojos fijos en la mirada intensa que ella, tras asimilar el mensaje, me dedica mientras sus labios dibujan un “Thank you” casi inaudible. Antes de salir me vuelvo hacia su mesa y tengo todavía tiempo para percibir una última mirada y un último “Thank you” de su parte, un “Thank you” tan bien modulado y sostenido, que servía para unirnos a ambos en una misma protesta melancólica: la de tener que decirle adiós a toda una posible historia.

Para el café nos dirigimos con Sarah y con Nelson al Café Niebaum-Coppola, que pertenece al director de El padrino. Sarah me explicó la historia de ese tal Niebaum que aparece acompañándolo, pero solamente me acuerdo de que se dedicaba, al menos en un principio, al tráfico de pieles (de “pelajes”, dijo Sarah con mucha gracia), es decir, y más allá de tiempos y de contextos, que se trataba de alguien despreciable — tal vez el roce directo o indirecto con tanto mafioso, la callosidad espiritual que esto con seguridad produce, haya sido lo que llevó a Coppola a elegirlo como compañero de fórmula cafeteril; tal vez. Luego de estar un rato ahí sentados en unas sillas de mimbre dispuestas en la vereda, regresamos al Holiday Inn para la sesión de la tarde.

Esta vez el tema era “Translating Argentines” y Donald estaba encargado de presidir una mesa compuesta por Jill Levine, Robert Mezey y Sergio Waiszmann. Bastante público, parte del cual había asistido ya a la sesión anterior, según me enteré por el programa que portaban. De ese encuentro previo, dedicado al tema “Retranslation, When and Why”, debió de haber sido muy interesante la ponencia de John Woods, quien se halla traduciendo las obras más importantes de Thomas Mann. “The Dirty Secret: It All Needs to Be Retranslated” era el título de su conferencia, cuyo tema parecía luego reafirmar la siguiente expositora, Marian Schwartz (que traduce a Tolstoy) con el título de la suya propia: “Anna Karenin…a” — y digo reafirmar porque supongo que con ese detalle tipográfico se procuró señalar una mala tarea anterior: el absurdo de feminizar en inglés el apellido ruso Karenin o cualquier otro terminado en consonante cuando no se trata ni de una actriz ni de una bailarina. A este respecto cuenta Nabokov, en sus Lecciones de Literatura Rusa, que ciertos traductores, al haber optado por el uso de Karenina, se hallaron después obligados a escribir Mr. Karenina para referirse al marido de la protagonista, algo tan inapropiado como llamar Lord Mary al marido de Lady Mary. Pero por encima de estas cuestiones de purismo se halla para mí el hecho de que esa simple a usurpadora le comunica a ese título una amplitud y una resonancia mágicas; ella recoge esa desabrida consonante última y la envuelve con el encaje de su repercusión magnífica y blanca. El cortejo de toscas consonantes que aprisionaba hasta ahí a esas vocales —semejantes en su candidez a una nieve amable— es así de improviso capturado para el encanto por esa seda final en la que susurra una amplitud recogida, cautivadora. Karenina entonces debe ser y no Karenin, para la paz de la poesía.

La posibilidad que se frustra y nuestra debilidad que asiente: ya vendrán otras… Pero esto es como admitir que es lo mismo lo uno y lo otro, es creer que lo importante es seguir, de cualquier modo. Job perdió todos sus bienes, perdió a sus hijos; luego tuvo otros y fue feliz… Nunca entendí esta “metafísica” de la sustitución; uno quería a esos hijos, uno deseaba a esa mujer; ¿cómo aceptar entonces, sin desesperación, lo que no es más que un reemplazo?

Job rechazando todo aquello con que Dios pretende sustituir lo que antes le ha quitado: un tema para Shakespeare, seguramente. Él solo quizá para simular con su genio que tal cosa era posible, para ilusionarnos durante dos horas con el antagonismo y el rechazo del aporreado hombre. Y digo simular y hablo de ilusión porque se debe admitir que, ya al tomar la pluma, su experiencia no dejaría de advertirle al poeta (y a su personaje) lo adecuado de una cierta resignación, puesto que cada individuo es en sí la prueba de que desde el inicio el asunto consiste siempre en reemplazar a alguien. Julio César y Alejandro y Dante (y Shakespeare y Job) sustituyeron al nacer la posibilidad de un hermano tonto, de una hermana con aptitudes para el canto, de otro cuya ambición tal vez no hubiera sido más que convertirse en un decente maestro de escuela…Y después, además, ahí están los días reemplazando a los días, la piel a la piel. La vida mejor suplantada por la vida posible; el sueño por la realidad. El fracaso sin vueltas de “lo uno y lo otro”, en suma. Un hecho, por ello, el reemplazo. Pero en el intento de no aceptarlo habite acaso mucho más que la mera rebelión: quizá sea la poesía de la libertad — y  algo en mí vuelve entonces a insistir: me hubiera gustado ver a un Job enconado y, por su propia decisión, con las manos vacías hasta el final. Un Job destructor del reemplazo — y el que este no sea en el fondo más que una mala intención (nada reemplaza a nada, “Ninguno es como otro aunque quisiera imitar al otro durante mil años”, como dice el de Cusa) es un asunto muy distinto y en el que no quiero detenerme ahora: ya casi había empezado a olvidar a la maravillosa desconocida… (Aunque no tanto: unos días después, en Palo Alto, la reconocí en algo que pasaban en la televisión. Toda una celebridad, aunque por no sé por qué razón yo prácticamente no había visto ninguna de sus películas, o si había visto alguna, apenas la recordaba.)

  Sausalito, 21 de octubre de 2000

 En Saint Helena, por la mañana, con Donald, Joanne y las perras al pueblo, para el desfile anual de animales. Todo  el que tenía una mascota se encontraba al parecer allí, dispuesto a participar de la fiesta. A veces eran familias enteras las que desfilaban con sus animales, vistiendo en algunos casos unos disfraces alusivos al tipo de mascota que les pertenecía y que un jurado evaluaba, pues al final los conjuntos más originales son premiados. También había solamente presentaciones; así Joanne y sus compañeros de grupo: su paso y el de los perros que trabajan con ellos servían para informar a los presentes de sus actividades.

A eso de las tres de la tarde me recogió Sarah con su auto, para pasar el fin de semana en su casa de Sausalito. Pero antes una recorrida por algunas bodegas ubicadas en el Napa Valley, que ella conoce muy bien por haber trabajado en una de las más importantes.

 Visitamos primero la bodega Cuvaison, donde nos recibió el encargado, un mexicano conocido de Sarah, que al enterarse de que yo era argentino llamó a un muchacho que estaba cerca y que resultó ser un compatriota mío; su padre tiene una bodega pequeña en Mendoza y él se encuentra en California para perfeccionarse. Nos llevó a Sarah y a mí hasta el interior de la bodega y con la mejor voluntad comenzó a darnos una lección acerca de la preparación del vino, algo que a mí en realidad no me interesaba mucho, al menos en ese momento. Y aunque el paseo didáctico duró más de lo que yo hubiera deseado, el vino que al final nos ofreció directamente de uno de los toneles compensó un poco el fastidio.

Desde allí nos trasladamos hasta la finca con viñedos que en esa zona posee el director de cine Coppola, una construcción bastante grande rodeada de unos sembradíos de vid a los que el otoño había vuelto ya rojos. Es posible que la posesión de un lugar así indique un destino personal bastante afortunado; a mí, en cambio, no me gustaría vivir allí; me produjo la misma sensación de desamparo cósmico, por decirlo así, que me produce la vista de una solitaria casa cualquiera en la desmantelada pampa argentina.

Luego a no sé qué otra bodega, cuyo dueño, un multimillonario holandés, está casado con una japonesa. La entrada al lugar es monumental: una avenida flanqueada por pinos y cipreses en la que aparecen esculturas de importantes artistas internacionales; algo entre el museo y un cementerio de lujo. Allí Sarah consiguió que nos permitieran degustar gratis los vinos de la casa, todos ellos muy buenos. Antes de irnos, Sarah me retrató junto a una de las enormes columnas por entre las que se accede al patio central.

Por último a Schramsberg, una bodega dedicada a producir champán, a la que se llega luego de atravesar un bosque de pinos bastante extenso. Fue establecida en ese lugar en el año 1862 por el emigrado alemán Jacob Schram y su esposa, a quienes ayudaron cientos de peones chinos para excavar las cuevas en la roca volcánica de la colina donde se halla. En un costado aparece la casa de estilo victoriano donde vivió el matrimonio y a la que el escritor Robert L. Stevenson le dedicó un capítulo en su Silverado Squatters luego de visitarla en 1880. Tras tomar algunas fotos de la casa y que Sarah me hiciera posar para otra fotografía en el banco que solía usar Stevenson durante sus meditaciones, el encargado del lugar abrió una botella de champán para nosotros y nos permitió enseguida recorrer las cuevas donde se almacenan por millares las botellas con el champán producido allí. Se trata de un verdadero laberinto cuyo silencio y quietud nada turba; los techos son muy bajos y aparecen recubiertos por una capa bastante gruesa de un moho esponjoso y ceniciento, un moho como un plumaje de lava. Caminamos con nuestras copas en las manos imaginando el clamor de los miserables chinos de antaño, con sus coletas y su miseria, y la exultación de los futuros bebedores despojados de sus desconsuelos por el elixir que duerme en esas botellas. Al terminar nuestra recorrida, el encargado, a quien entretanto habían achispado las copas bebidas junto a algunos turistas que visitaban la bodega, me regaló como recuerdo una remera de color verde con el nombre de la casa impreso en un costado.

Llegamos a Sausalito después del anochecer; un departamento muy amplio ubicado en un segundo piso con vista a la bahía Richardson, frente a la isla Belvedere. El panorama es magnífico desde cualquier punto de la casa, que Sarah, por otro lado, ha decorado con muy buen gusto. A modo de bienvenida mis libros se hallaban sobre una mesa ubicada en el centro del living; una talla pequeña de piedra blanca reposaba encima de ellos. Tras acomodar mis cosas, salida para San Francisco, ya que Sarah había reservado una mesa en un restaurante inaugurado hace poco y que está al parecer de moda.

Pero cuando ocupamos luego en ese establecimiento nuestros sitios, que resultaron ser un sector de unas largas mesas iluminadas con velas y que se comparten con otras personas (algo como las mesas que tras una asamblea se levantan en una fábrica para el asado de los obreros), el ruido que allí había nos decidió a abandonar aquel restaurante y buscar algún lugar más tranquilo. Después de mucho recorrer y cuando ya comenzaba yo a extrañar la abundancia de restaurantes que hay en Buenos Aires, Sarah me convenció de quedarnos en un lugar llamado Enrico’s, cuya concurrencia demasiado numerosa me había espantado en un principio. Ahí nos quedamos, entonces, en una mesa ubicada casi en la vereda, lo que resultó al final algo positivo, pues me permitió ver un poco el movimiento que hay en esa zona un sábado a la noche.

Luego, al volver caminando en busca del auto, sensación de participar de un sueño; un extrañamiento que los retazos de conversaciones en inglés que recogía durante la caminata acentuaban todavía más; por momentos me parecía incluso como si hubiera perdido mis fuerzas, como si cualquier empujón casual pudiera derribarme. Esto duró hasta que nos introdujimos en el auto y hablamos en español; ahí volví a “despertar” — y es posible que esto le ocurra a quien ha visto anteriormente muchas películas en donde aparece ese ambiente que ahora visita; este no ha abandonado en nuestra conciencia todavía del todo su condición de decorado y uno mismo es entonces como un personaje cuya presencia aparece de pronto agregada a una ficción que se “filma” en ese instante.

Sausalito, 22 de octubre de 2000 

Mañana de domingo que comienza, después de una ojeada al New York Times que recibe Sarah, con una caminata solitaria por algunas calles del vecindario, cuyas casas de no más de uno o dos pisos se hallan escalonadas en el flanco de una colina. Ahí, al detenerme en el medio de una calle cualquiera y enfrentarme a todo ese panorama de ventanales, me imaginé a sus ocupantes la mayor parte del tiempo con los rostros contra los cristales, disfrutando de la vista, pero en una contemplación aislada, recluida; porque nadie se da en ese barrio con nadie ni transita tampoco por sus calles. Al parecer se trata nada más que de atravesar la puerta, subirse al auto y largarse. Algo así como una isla que estuviera habitada por una muchedumbre de personas invisibles — un ensayo, también, para cuando todo (el amor, las bodas, los nacimientos…) ocurra por Internet.

 Luego de un rato regresé otra vez a la casa para recoger a Sarah, con quien nos dirigimos entonces a Fred’s Coffee, un café de la zona donde sirven los típicos desayunos americanos y donde también se comparten las mesas. Para ofrecerme un retazo de auténtico sabor local, Sarah agregó a mi pedido de una hamburguesa dos pancakes, eggs y hashed browns scrambled, todo lo cual al cabo de unos momentos ya no me pareció tan desatinado ni tan imposible de consumir: había terminado por asimilar la manera de comer, propia de unos dinosaurios acabados de resucitar, de quienes se hallaban ahí. Al final yo también, los pómulos un poco rojos, sonreía con satisfacción a todos aquellos que se cruzaban conmigo.

Desde ese momento y hasta las cinco de la tarde, en que visitamos la Universidad de Stanford (donde estudia su hermana), Sarah se dedicó animosamente a mostrarme San Francisco: la zona de la Marina, con sus residencias tan características y tan caras; el barrio donde comenzó el hippismo; la zona de The Mission; el barrio gay… ningún sitio con algún interés quedó sin recorrer. Tras una comida rápida en un shopping céntrico (yo debía comprar algo), Sarah convirtió en realidad una fantasía que un par de años antes le había confiado en Buenos Aires: imitar el recorrido que en pos de Kim Novak, de su personaje, hace en automóvil por ciertas calles de esa ciudad James Stewart, en el film Vértigo, de Hitchcock; y hacerlo escuchando la maravillosa banda sonora creada por Bernard Herrmann. No sé si transitamos exactamente por las mismas calles que aparecen en las respectivas escenas del film (seguramente sí; Sarah no suele improvisar, y era evidente además que había preparado ese generoso obsequio a conciencia), pero la música, la arquitectura, los pocos transeúntes que se cruzaban, el remedo por parte de Sarah del modo tranquilo de conducir del protagonista, las imágenes de la película que aparecían en mi cabeza, todo eso convertía la experiencia en una mixtura de realidad y ficción que parecía amparar y dar abrigo. Al detenernos después en el sitio junto al Golden Gate donde Kim Novak se arroja al mar y comentarme entonces Sarah que allí terminaba nuestra encantadora (y encantada) ficción, yo asentí sin demasiada conciencia: me sentía, en realidad, como si acabara de despertar de un sueño grato y con detalles apenas distintos de lo real, un sueño sin extravagancias ni convergencias ilógicas, uno de esos sueños en los que suelen animarse deseos que durante la vigilia nos circundan con recónditas persistencias de espectro.  

Luego la Universidad de Stanford, que con sus grandes parques, su césped bien cuidado, sus pabellones donde viven los estudiantes y las obras de Rodin que adornan la entrada de uno de ellos, volvió a sugerirme la idea de hallarme en un museo instalado muy liberalmente entre los límites de un cementerio para millonarios. Dimos unas vueltas por entre las esculturas de Rodin (aparecía también allí esa Puerta del Infierno en la que, según Rilke, el escultor francés redimió ciertas figuras soñadas por Dante) y después emprendimos el camino a Palo Alto, donde viven los padres de Sarah.

Cuando llegamos, y antes de dirigirnos al hogar de aquellos, Sarah me llevó a conocer un garaje famoso que hay en una casa de esa ciudad. Una placa ubicada en el frente indica no sé qué comienzo y no recuerdo ya tampoco qué nombre, si Hewlett, Jobs o Bill Gates; encontré más interesante una hermosa y enorme magnolia que se alzaba frente a la casa y cuyas flores parecían embalsamar con su perfume todo el largo de la cuadra — y ante una arriesgada consulta de Sarah al respecto, hube de confiarle que para compartir una charla me resultará siempre más interesante un homeless cualquiera que un personaje del tipo de Bill Gates; es la predilección por la madera antes que por el plástico o el acero.  

Los padres de Sarah, unas personas muy cordiales a quienes ya había conocido en Buenos Aires hace unos tres años. Charla antes de la cena con Sam, el padre, acerca de mi Ahab, que Sarah había llevado para mostrárselos. El matrimonio tiene unos parientes en Nantucket que visitan casi todos los años, de modo que pudieron hablarme un poco sobre el antiguo puerto de balleneros — un sitio que me gustaría mucho conocer; quizá todavía en sus muelles alguien a quien consultamos por su nombre nos conteste, como el personaje del relator en Moby Dick: “Llamadme Ismael”.

 El apellido de la madre de Sarah es Mayo (Anderson el del padre) y es de origen portugués, pero ella lo transformó en May, ya que según me contó Sarah durante el viaje de vuelta, su madre evita todo aquello que se relacione con lo latino…

 Encarar una discusión acerca de estas cuestiones, fijar por comparación alguna preeminencia: algo del todo inútil. Por lo alto las razones, las “pruebas”, se anulan unas a otras o se integran — Plutarco amplificado por Shakespeare; Galileo y Newton recogiendo cada uno su gajo de laurel para intercambiarlo luego, con una sonrisa, por encima de la palanca única que sus manos aferran y con cuya acción tutto si muove. Por lo bajo, en cambio, es la discordia más grosera lo único que al cabo de gritarnos por sobre la cerca nos queda en las manos; es un trasbordo de lo malo a lo peor. Además, si de despreciar se trata, nadie permanece demasiado en el escalón más alto; la escalera es circular y giratoria.

Aun así, me resulta imposible no apuntar aquí mi impresión de percibir a lo latino (palabra que por ignorancia o intención sirve en este país para designar prácticamente cualquier cosa y que se halla a un paso del insulto) y a lo anglosajón como un oriente y un occidente atrayéndose y repeliéndose. El oriente latino, esa imaginación genial pero todavía humana — aquella que condujo a Leonardo (un mero latino, por lo demás) a figurarse los aviones como unos aparatos útiles para recoger durante los veranos nieve de las montañas y arrojarla sobre las ciudades abrasadas… La concepción gentil en oposición al utilitarismo bélico de los polifemos de la técnica. El soñador de ojos grandes y entrecerrados y el imaginativo de ojos pequeños y abiertos. Pero ambos como ingredientes en el caldero de la historia, que prosigue cocinando sus pócimas.

Muy tarde y a mi pedido, Sarah, que estudió literatura alemana en Dartmouth College y luego en Berlín, me gratifica recitando en alemán unos poemas de Rilke.

Saint Helena, 23 de octubre de 2000

Desayuno con Sarah ante el ventanal de su casa que da a la bahía; profusión de barcos de vela en el puerto que está justo enfrente. Luego acomodamos mis cosas en el auto pues debía estar en Saint Helena a la tarde y todavía teníamos que visitar Stinson Beach, una de las playas más importantes de California — y que mi memoria no dejará seguramente nunca de asociar con el carmesí sedoso de los labia minora de la actriz Sharon Stone en el filme Bajos instintos, algo que todos, menos yo, dicen haber visto en la escena respectiva — ni tampoco con la gran Janis Joplin, cuyas cenizas fueron esparcidas allí.

Para ello atravesamos varias colinas con unos bosques muy intrincados; los árboles (mayormente pinos) son en esa zona gigantescos y se escalonan en unos precipicios que obligan a los conductores a manejar con mucha prudencia. Cuando llegamos a la cima de una de las colinas más elevadas, nos bajamos del auto para contemplar un poco el Pacífico, que aparecía calmo y con una tonalidad cercana al turquesa; unas pocas manchas de un color verde jade flotaban soñolientas aquí y allá, como los restos desflecados de alguna alfombra sustraída del palacio de Neptuno por unos tiburones atrevidos.

La playa, de arenas bastante blancas, estaba desierta, a pesar del día soleado y de la temperatura, propios de un día de verano. Me descalcé y a modo de baño ritual dejé que el agua (helada, por lo demás) mojara mis pies. Después caminamos hasta un sector de la playa donde se hallaba una pequeña foca. El comportamiento del animal era confiado y alegre, como si se tratara de alguna atracción del balneario; una mujer y su hija de pocos años se habían detenido enfrente y le arrojaban algunas migas de pan que las olas enseguida arrastraban. Tras tomar la obligada foto y como soplaba un viento muy fuerte, fuimos a buscar refugio en un bar que había ahí cerca. Nos instalamos en el patio trasero, ubicado de cara a la ladera de una colina con muchas casas en ella y en el que flameaba una pequeña bandera sueca, bebimos un café con leche y después nos retiramos.

En Saint Helena, al atardecer, con Joanne y con Donald a una bodega cercana, propiedad de una mujer argentina llamada Delia Viader. Como ella no se encontraba en la casa, fuimos conducidos por el enólogo de la bodega hasta un amplio salón del primer piso, donde enseguida pudimos apreciar la calidad del vino que produce ese establecimiento. Luego la llegada de la dueña de casa. Una mujer joven y muy atractiva, de ojos azules, cuerpo menudo y maneras tranquilas. Tras observarla un poco pensé en un durazno; una corteza amable y suave con un centro muy sólido y fuerte; varios deben de haberse equivocado y roto los dientes. Se me ocurrió además, al verla tan distendida en su asiento cerca del hombre con quien había llegado, que ya habría recibido su cuota diaria de emociones, por así decir, y que acaso lo mejor sería dejarla tranquila. Pero entonces ella fue hasta un anaquel, extrajo dos o tres botellas de otros vinos con su marca y, luego de descorcharlas, las depositó frente a nosotros para que pudiéramos servirnos a nuestro gusto y comparar. Al despedirnos, como una hora después, le entrego un par de libros y le agradezco su hospitalidad “argentina”. (Algunos de cuyos matices se dilatarían todavía más y precisarían un par de años después, al vivir yo en Reno y visitar Napa Valley semana por medio — Agregado agosto 2023.

El mundo latino y el mundo anglosajón: la mejor concordia entre estos dos mundos, el arreglo más sabio lo porta consigo y como para todos los tiempos el idioma inglés.

Lake Tahoe, 24 de octubre de 2000

  A las diez de la mañana partida con Donald y con Joanne hacia el Lago Tahoe, en el límite entre California y Nevada, donde pasaremos tres días. Esta vez las perras viajaron con nosotros, pero su comportamiento fue desde el comienzo tan ejemplar que las pobres parecían haberse quedado en la casa; me asombra siempre y conmueve Bonnie, con su cara inseparable del vidrio de la ventanilla y su expresión enigmática; parece observar todo el tiempo un mismo y no muy grato suceso.

Al mediodía nos desviamos de la ruta 50 una milla hacia el norte por la Bedford Ave. para visitar la Gold Bug Mine, una mina de oro que experimentó su apogeo allá por el mil ochocientos ochenta y pico y que ahora es un museo. La construcción que alberga los distintos elementos utilizados antaño por los mineros tiene dos pisos y es de madera. En los costados aparecen unos rústicos conductos de madera por los que se conducía el agua del arroyo que pasa frente a la casa y que ahora estaba seco; cuando hay agua es posible alquilar en el museo unos cernidores para probar suerte y ver si queda en sus mallas alguna pepita dorada.

Tras comer en ese lugar unos sándwiches retomamos el camino hacia Nevada, que no tardó mucho en ofrecer una profusión de curvas ascendentes; nos hallábamos ya en una zona plenamente montañosa. Los grandes bosques que flanqueaban el camino presentaban en ciertos sitios algunos claros: el resultado de los incendios durante el verano. Junto al camino corre un arroyo bastante extenso que a veces se desborda y causa inundaciones y estragos en las casas de madera que se levantan a su vera, entre los pinos. También hay carteles que previenen sobre la aparición en la ruta de ciervos y de osos. Y en el cielo, entretanto, una abundancia de estelas blancas, residuos de los aviones militares que todo el tiempo ejecutan en las alturas sus prácticas — sus juegos. Arriba (y arriba es también el cielo ruso, el inglés, el chino…) ellos juegan a la guerra; abajo, los demás enfrentan la guerra de todos los días para solventar con sus impuestos aquellos juegos. Pero nadie dice una palabra, al menos en voz alta; confusamente, además, se tiene el sentimiento “patriótico” de que acaso no es malo que esas jaurías se ejerciten en lo alto, que adquieran la excelencia capaz de asegurar por siempre (e imponer, ultra auroram et Gangen) ese “sueño” que erróneamente se supone todavía nacional, propio, y que no es en cambio ya nada más (tampoco fue alguna vez algo muy distinto) que el interés de la empresa sin patria. Cambiando apenas la frase de Dewey y aplicándola a todos los cielos, podría decirse que esos aviones (él dice la política) son la sombra de los grandes negocios sobre la sociedad  — en primerísimo lugar el del petróleo, dada la funesta dependencia absoluta del automóvil en este país, y dada también esa comodidad tan humana de creer que todo está resuelto con la existencia de la estación de servicio y del combustible. Resulta asombroso comprobar la naturalidad ignorante con que el conductor se lanza aquí a consumir millas sin reparar ni una vez en cuánto colaboran él y sus camaradas de autopista en la obtención de su país del récord de contaminación planetaria. Asombrosa, también, la docilidad con que tantos millones aceptan esa dictadura de los venenosos peces gordos del petróleo, que nada quieren saber de formas de energía más limpias y más económicas. ¿Estupidez, cobardía, optimismo infantil sostenido con slogans patrocinados por las compañías petroleras?… Demasiada grandeza demuestra sin embargo este país en tantos distintos aspectos como para que resulte sencillo despachar el tema con unas suposiciones de este estilo. El recuerdo de Emerson o de Thoreau, para citar solamente a dos americanos de estatura y que no son excepciones sino como la cristalización de un móvil sustrato general, está aquí por demás presente como para pensar en la abdicación de un cierto espíritu característico. ¿Entonces? Entonces que haya quizá que refrescar la índole soñadora del pionero; ello disiparía de la política el smog. Y la tierra comenzaría (primero en inglés, luego en…) a llamarse Patria.

Llegamos a eso de las cinco de la tarde. Una cabaña de madera de dos plantas y con todas las comodidades nos da la bienvenida. Por encima de las camas los ventanales ofrecen la vista de un abigarrado bosque de pinos; entre los árboles más próximos se hundía, muy azul y muy persistente, una estela de humo proveniente del fuego encendido en la cabaña vecina. Después de ordenar mis cosas me reuní con Donald y con Joanne en el salón de arriba. Bromeamos acerca de la presencia de osos en los alrededores de la casa, lo que en el fondo no me causaba mucha gracia; pero al final Donald nos aseguró que esos animales ya se habían retirado a lo alto de las montañas.  

De Pequeño diario americano (Octubre – Noviembre 2000)

METZENGERSTEIN, Buenos Aires, 2023